| Septiembre 11, 2017, 3 38pm

Bibi Netanyahu: Saliendo del closet de la paz

A propósito de la visita del Primer Ministro israelí.

Autor: Angeles Salvador


A Benjamin Netanyahu lo detestan mundialmente. Eso es un síntoma interesante para el electorado israelí, consciente de que el país y su dirigencia pagan altísimos costos de imagen internacional cuando defienden con rigor los derechos del Estado Judío vilipendiado por una opinión pública mundial proclive a castigar, en general, las reacciones israelíes frente al acoso y las amenazas de sus vecinos árabes.
Bibi tiene 65 años. Es un poco redondo, pero antes era un soldado esmirriado, muy hebraico y heroico, según sus compatriotas. Increíblemente guapo como un actor de Hollywood. A Netanyahu le dicen Bibi, fue el Primer Ministro más joven de Israel en su primer mandato, de 1996 a 1999, y de nuevo en el cargo desde 2009, hasta ahora, cuando visita la Argentina convulsionada y dispuesta siempre a las marchas hostiles hacia los líderes occidentalistas que nos visitan.
Israel es un pequeño país de Medio Oriente, habitado por judíos desde hace cinco mil años, y también por árabes. Desde su creación en 1948 vive en guerra. Ningún gran político allí ignora lo que es el campo de batalla. Bibi es nieto de un rabino e hijo de un historiador sionista, también ex combatiente de élite. El sionismo no es una mala palabra en Israel, por supuesto. Es un movimiento de liberación nacional, que arraiga en la creencia de que el Estado Judío tiene derecho a existir. Bibi venció a un gigante, Shimon Peres, histórico jefe de los israelíes, Premio Nobel de la Paz, uno de los padres de esa patria mítica y real. Fue una sorpresa mundial. La derecha que representa Netanyahu doblegaba al laborismo histórico, en general hegemónico en Israel, encarnado entonces por el inmenso Peres.
¿Por que venció Netanyahu? Porque su política de mano dura resultaba más atractiva y probablemente más eficiente para contener el sempiterno acoso en todas las fronteras de la “Tierra Prometida”.
Israel es el país que tiene la mayor cantidad de Start Ups (empresas de punta High Tech) del mundo en relación a su cantidad de habitantes. El desierto allá es fecundo, y el sistema democrático existe. De hecho, los árabes tienen en Israel representación parlamentaria, los gays no son perseguidos, ni las mujeres postergadas, excepto tal vez entre la minoría ultraortodoxa, que sigue considerando que es el hombre quien puede convertirse en maestro, rabbi y ellas no. Están reducidas al hogar y a la crianza de los hijos que en esos grupos siempre son muchos. Los ultraortodoxos prefieren a Bibi o en general a la derecha de la coalición oficialista, antes que a los demás. Netanyahu debe negociar cada una de sus decisiones con esos grupos intensos y en muchos aspectos paleolíticos.
La mayor amenaza para Netanayhu es Irán. No solo Irán en rigor, también Hamas, el grupo ultra extremista palestino, o Al Quaeda, o Hezbollah, o el ISIS por supuesto. Pero Irán tiene poderío nuclear y ha pretendido explícitamente la destrucción de Israel. Es abiertamente y beligerantemente antisionista.
Con los palestinos la relación es disímil, racional, podría decirse, con el líder Mahmud Abbas, e imposible con Hamás. Abbas tiene preponderancia en Cisjordania y Hamás en la Franja de Gaza, porque Palestina está dividida en esa dos áreas entre medio de las cuales hay territorio israelí. Es un conflicto de resolución imposible.
Hace décadas que Netanyahu cumple el papel preponderante de paginar la vida de Israel. Fue militar de un comando de élite, herido en combate en un hombro durante la guerra de Yon Kipur, y marcado fuego por la muerte heroica de su carismático hermano Yonatan en 1976 en una mitológica operación de rescate de israelíes secuestrados en Uganda por un comando propalestino. Fue el “Rescate en Entebbe”, un acción relampagueante, exitosa y celebrada en Israel como una hazaña inigualable.
Bibi, es abogado. Fue embajador y además de Primer Ministro más joven de la historia de Israel, también el primero en ser nativo del territorio del Estado de Israel (Tel Aviv, 1949). Se crió y educó en Jerusalén, su formación superior la realizó en Estados Unidos, donde su padre trabajaba como profesor. Su padre fue la influencia más determinante. Es el líder que es, en buena medida por mandato paterna. Por su padre tuvo la idea del “Gran Israel”, la conversión de esa Tierra Prometida bíblica pero abstracta en un Estado liberal y real. Por su padre adquirió la herramienta política que más beneficios le trajo: su estupendo inglés.
Benzion Netanyahu había nacido en Varsovia en 1910, cuando Polonia era parte del Imperio Ruso, fue un sionista revisionista, una línea de la Organización Sionista Mundial, que exigía crear por la fuerza un Estado judío.
El ideólogo de los revisionistas fue Zeev Jabotinsky, quien propuso en 1923 levantar un muro de hierro (metáfora de armamento) entre el Estado judío y los árabes. El padre de Bibi fue la mano derecha de Jabotinsky en Estados Unidos cuando buscaban adhesiones para la creación de un Estado Judío. En Europa se respiraba antisemitismo. Y todavía faltaba el Holocausto. De los revisionistas nació el grupo paramilitar Irgun (un comando terrorista según sus enemigos). Luego surgió el partido Herut (Libertad) que fue precursor del Likud, el partido de Bibi.
Jabotinsky y Benzion rechazaron la división de Palestina entre judíos y palestinos, y exigían crear la capital en Jerusalén; y de paso, una parte de Jordania. Netanyahu padre, declaraba en 2009 (vivió hasta los 102 años) que los árabes eran el enemigo, y que solo entendían el uso de la fuerza.
En 1992 subió al poder el laborista arquetípico; Isaac Rabin, quien negoció en secreto con Arafat hasta alcanzar los Acuerdos de Paz de Oslo. Era el inicio de un sentido, un intercambio de paz por territorios, con el anhelo de tener dos Estados para 1997. La intrepidez de la paz le costó caro a Rabin. Su asesino fue un estudiante de extrema derecha de la Universidad de Bar Ilan, en la que había hablado Bibi seis años antes. Luego de una serie de atentados suicidas, el Likud de Netanyahu ganó las elecciones. El mundo de los colonos estaba exultante, había ganado un enemigo de los Acuerdos de Oslo.
Pero Estados Unidos presionó y Netanyahu volvió a meter a Israel en el closet y comenzó a hablar de dos Estados para sorpresa de los ultras y de los colonos. Bibi decía lo que la “comunidad internacional” quería escuchar.
Las relaciones entre Bibi y Obama fueron pésimas. Obama presionó a Bibi para que negocie la paz con los palestinos, lo cual fue inútil. Bibi es un conservador. Bibi tiene mucho en juego. Estados Unidos, se puso entonces indiferente, diplomática y presencialmente y Hezbollah (el aliado libanés de Irán y Hamas) avanzó.
El plan de Obama y Kerry para lograr la paz fracasó en 2014. A Obama le reprochan el insuficiente esmero por lograr la paz cuando el clima internacional lo permitía. Obama (las relaciones y las culpas siempre son de los dos, dice el lugar común de los justos), permitió que Netanyahu lo provoque una y otra vez, como lo hizo en su discurso autocomplaciente frente al Congreso de Estados Unidos en 2015. Obama se abstuvo de votar contra las colonias ante la ONU.
Donald Trump se acercó a Netanyahu y Bibi se acercó a Trump. La política exterior de los Estados Unidos, tras Obama, giró hacia Jerusalén, e Israel volvió a amigarse con Washington. “Es un gran aliado” dijo Bibi del inefable Trump.
Aunque esa cercanía no es excluyente. Hay otros actores que Netanyahu no descarta en ese ajedrez fatal que es el Medio Oriente: “París sería un entorno maravilloso para firmar un acuerdo de paz. Se llamaría la iniciativa francesa. Yo solo estaría sentado cara a cara con el presidente Abbas. Lo haríamos en el Elíseo o donde les plazca. Sobre la mesa todos los temas difíciles: el reconocimiento mutuo, la incitación a la violencia, las fronteras, los refugiados y también las colonias. Todo", declaró Bibi, como un director de cine que ensueña la puesta en escena del cénit emotivo de una película, cuando hace unos días Macron le ofreció interceder para acordar por la paz.
Sin embargo, ese acuerdo es una utopía. No lo quieren los palestinos, ni tampoco los israelíes en general. No al menos por ahora. Prevalece la intransigencia, y ese colosal enfrentamiento entre árabes y judíos que viene desde el Éxodo, ahondado por las vendettas religiosas, el fanatismo y la locura que no abandonan nunca esa tierra ensangrentada y santa.