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| Agosto 02, 2017, 7 15pm

Por qué Cristina está ganando y el PJ puede seguirla

Un escenario posible se va disipando durante el último tramo de la campaña

Autor: Oscar Muiño


Las encuestas van convergiendo. Cristina está ganando. Faltan semanas, muchos votantes se deciden al final, los sondeos yerran, puede haber sorpresas. Todo eso es cierto. Pero hoy, está ganando.
Se amontonan motivos y sinrazones. Pero quiero concentrarme –reconociendo que es sólo una pequeña parte del fenómeno– en un error: ¿cómo no la vieron venir?
El análisis es la madre de la política. Luego la decisión, la acción, la capacidad de unir masa crítica, conseguir aliados y dividir al adversario ayudan al éxito o al fracaso.             
El análisis decía: Cristina Fernández tiene un techo. No llega al cuarenta por ciento en primera vuelta y perderá cualquier ballotage. Ese techo le impide volver a ser presidente. Por lo tanto, el peronismo se alejará de ella. Parecía una conclusión irrebatible. Error.
Primero, la política no es lo que era. Permitió el triunfo de dos corrientes que, siendo políticas y diversas en muchos campos, comparten una visión anti-partidos.
Sus diferencias son claras. El cristinismo abomina del debate y excluye de su universo a los rivales. Ya no ataca a la oligarquía gorila vendepatria ni al imperialismo sino sus sucesores, los defensores de las corporaciones empresarias concentradas y el poder mediático. El cristinismo no cree en la República, en la convivencia y la alternancia. Esas demasías le costaron el poder.
El macrismo, en cambio, ha insuflado tolerancia (no es lo mismo que promover el pluralismo, pero es bastante), no avanza sobre los otros poderes del Estado y respeta razonablemente las normas republicanas y la libertad de prensa.
En cambio, descree de los bienes inmateriales, las reuniones ideológicas, la formación de cuadros, el debate con ida y vuelta. Se desentiende de la dimensión simbólica y el debate histórico de los comités, las células, las unidades básicas ni los centros cívicos. Una parte del periodismo se solaza con este ninguneo. Pero si los partidos se vacían de contenido, ¿quiénes harán la política? Un espacio estupendo para las formas más inequitativas del capitalismo. Y, a largo plazo, una bandera perfecta para volver a engrosar los regimientos populistas.     
Macristas y cristinistas comparten –desde atalayas diferentes– ese prejuicio anti-partido. Creen que el estatalismo reemplaza todo. Los que timbrean son simples agentes, vendedores que escuchan clientes y trasmiten sus quejan y anhelos para que una maquinaria estatal vaya solucionando esas cuestiones. No está mal, por ciento. ¡Pero es tan insuficiente!
El PRO y el FPV tienden a la concentración del poder. Si el macrismo fuera más amplio, le preguntaría a los que atesoran experiencia. Ya vimos una fatal instrumentación contra los que –con o sin motivo– cobran beneficios por discapacidad. Este es el primer gobierno que tiene en su cúspide no uno, sino dos altísimos funcionarios en silla de ruedas. Los desaprovecharon. Ni Gabriela Michetti ni Jorge Triacca fueron consultados sobre un tema que, se supone, dominarán mejor que los iluminados que decidieron avanzar con los bulldozers. Menciono el episodio porque desde entonces las encuestas no dejaron de empeorar para los candidatos oficialistas en la decisiva provincia de Buenos Aires. En toda familia suele haber alguien con discapacidad. Y todos saben el esfuerzo extra que supone para quienes no pueden pagar atención privada permanente.
Igual que Cristina, Mauricio creyó inventar la llave de la victoria. Al construir a CFK como su rival principal, los chicos del PRO conjeturaron que jamás podrían ser vencidos. Curiosamente, el mismo análisis que vino haciendo la propia Cristina antes de 2015 sobre Mauricio. Ella estaba convencida que un candidato de centroderecha nunca lograría la mitad más uno de los votos. A Cristina la ilusión le duró un tiempo pero su mirada terminó siendo suicida. A Mauricio puede durarle menos.
Las condiciones argentinas, además, parecen pedir a gritos una tercera vía. Las gentes están enojadas con el gobierno y no desean volver a CFK. Pero Sergio Massa, aspirante natural a ese espacio, no parece despertar la confianza y adhesiones indispensables. Sus socios se quejan. Margarita Stolbizer acaba de decir que “el cristinismo estaba para la autopsia y Macri lo resucitó”. Julio Bárbaro repite: “crearon un Frankenstein y perdieron el control remoto”. Cierto. Pero también es verdad que Massa no ha logrado romper la pinza que lo encierra por ambos lados.
Los gobernadores y los intendentes
Los muchachos del PRO no comprenden cómo tantos gobernadores –que los llenaron de flores al recibir una y otra partida para obras o gastos corrientes– han enmudecido y ahora esperan, pacientes, los resultados electorales para definirse.
La crisis del 2001 se llevó el sistema, devastó los partidos, empequeñeció los objetivos, potenció los egoísmos, ahuyentó a los ciudadanos. La política crujió. Las grietas y el moho avanzaron sobre ese edificio que se desmoronaba. Un sálvese quien pueda. Que sigue hoy.
Gobernadores e intendentes del peronismo –y muchos no peronistas, por qué no decirlo– comparten un propósito central: ser reelegidos en sus propios cargos. Prefieren, sin dudas, que algún conmilitón gane la presidencia de la República en 2019. Pero ese objetivo no los desvela. Lo que concentra su inmensa voluntad de poder es retener la mayoría en sus propios distritos.
Por lo tanto, un candidato presidencial que les arrime el treinta por ciento de los votos en primera vuelta puede ser la llave para retener su provincia o su municipio. Luego, se verá.
Si conversaran en cada provincia con las personas que ellos llaman círculo rojo, los oficialistas advertirían lo que no sale en las encuestas. A saber, que muchos gobernadores dejaron de criticar a Cristina hace un tiempo, y hoy sólo quieren saber si la ex presidenta habrá de serviles para renovar sus baronías y condados. El camino que inició el intendente de la muy populosa Lomas de Zamora. Martín Insaurralde había armado una cofradía de intendentes –el Grupo Esmeralda- que parecía el germen de un nuevo peronismo no K, por no decir anti-cristinista. Coqueteó con Florencio Randazzo y con Sergio Massa. El Grupo Esmeralda se fue conformando hace exactamente un año. Allí conversaban Gabriel Katopodis (San Martín), Juan Zabaleta (Hurlingham), Mariano Cascallares (Almirante Brown), Juan Pablo de Jesús (La Costa) y Eduardo Bucca (Bolivar). Pero nunca dejaron de ver encuestas ni de recorrer sus suburbios.
Katopodis, Zabaleta y Bucca se quedaron con Randazzo. Insaurralde, Cascallares y De Jesús se convencieron, con el perfecto pragmatismo de los jefes municipales peronistas, que la victoria sería más fácil volviendo a las filas de CFK.Y a Zabaleta le renunciaron cinco funcionarios y la primera candidata a concejal Natacha Ghergo; todos ellos con reivindicaciones al kirchnerismo.
El sentido se ve en las clarísimas expresiones de Domingo Peppo, gobernador del Chaco. Luego de haber bregado por una interna entre Randazzo y CFK (es decir, de apuntalar la propuesta Randazzo) Peppo anticipa que el rol futuro de Cristina “dependerá del resultado de las elecciones de Buenos Aires” (La Nación, domingo 30 de julio). El tucumano Juan Manzur, el puntano Alberto Rodríguez Saá son dos gobernadores que, alejados de Cristina durante 2016, parecen estar acercándose más y más. Sergio Uñac en San Juan y Gustavo Bortet en Entre Ríos preferirían no tener que arrimarse a CFK, pero no lo descartan. Hay que sumar, por supuesto, a los cristinistas militantes, como el formoseño Gildo Insfrán y Alicia Kirchner.
Hay provincias equilibristas para conseguir fondos del tesoro nacional sin dejar de corcovear. Votan algunas cosas, pero no todas. Ejemplo: Santiago del Estero o Misiones. También distritos que precisan el oxígeno federal hasta para pagar sueldos, como La Rioja y Catamarca. Puede mirarse, sin ir más lejos, el voto de sus legisladores en el affaire De Vido.
Era una alarma imposible de desoír. En la Casa Rosada no se la escuchó.
Hoy, sólo los gobernadores peronistas Juan Schiaretti, Juan Manuel Urtubey y Mario Das Neves, de Córdoba, de Salta y de Chubut saben que seguirán lejos de Cristina. Pero Córdoba, la más influyente, ya estaba en las antípodas del kirchnerismo en la elección de 2015.
Y todo esto antes de hablar de economía...