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26 05 2021

Voten por mamá


Autor: Julio César Spota









San Pedro siempre estuvo cerca

El frío invernal helaba el entorno natural y, con severidad inclemente, congelaba las expectativas del postrado. Reducido a la mendicidad, el poderoso y a la vez despojado solicitante soportó la nieve, el hambre y la sed por tres días. Con ánimo de incrementar su calvario, no se permitió siquiera el confort del fuego tan necesario en el invierno montañoso. El emperador Enrique IV decidió hacer penitencia a la entrada del castillo de Canossa en lo más crudo de 1077 para revertir una situación política al borde del estallido. Pesaba sobre él la excomunión de Gregorio VII quien, mirándolo congelarse desde la comodidad de sus aposentos, recordaba el choque político internacional que luego sería conocido como “La querella de las investiduras”.

El diferendo sobre quién ostentaba la potestad de nombrar obispos llevó al Señor de La Santa Iglesia Católica a anatemizar al Señor del Sacro Imperio Romano, generándole el mayor de los desaguisados políticos medievales: los señores feudales obligados por vínculos de vasallaje de tenor religioso amenazaban con desatar la rebelión abierta ante un emperador caído por fuera de la gracia. Con bastante solemnidad, y no poca sorna, Gregorio perdonó al peregrino y Enrique pudo restablecer el orden al norte de los Alpes, para luego traicionar a quien le granjeó la absolución. ¿De qué nos sirve la anécdota donde convergen las contradicciones político-religiosas, una crisis interna en estado de eclosión y la auto-humillación en el plano externo como recurso de estabilización doméstica? De mucho, si hemos de aprender algo de Kissinger: “La historia enseña por analogía, arrojando luz sobre las posibles consecuencias de situaciones similares.”

La reciente gira política exterior emprendida por el presidente testimonial con objeto de paliar el sobregiro financiero interior reproduce en lo foráneo el patológico intento de enmascaramiento doméstico. El tema puede parecer historia antigua en el frenesí argento de novedades por ráfagas y confinamientos penitenciarios revitalizados como suicidio colectivo. Pero el punto en cuestión alude a problemas de fondo mucho más graves que nuestros problemas con el Fondo y diagnostica trastornos adheridos hasta el caracú en nuestra tramposa “política criolla” (como la calificó Juan B. Justo). Al igual que quienes huyen del maltrato conyugal inventando compromisos laborales inexistentes, el Capitán Beto escapó del suplicio al que lo somete su compañera de fórmula enhebrando una agenda internacional plagada de desaciertos. Pero el problema con las evasiones remite a la irónica condena a llevar consigo exactamente aquello que se quería dejar detrás. Mochila kármica agravada por la elección de compañeros de ruta que sólo ayudan a perder el rumbo.

Durante la fuga maquillada de periplo, el canciller que no sabe hablar inglés brilló una vez más con sus genialidades geopolíticas cuando en un único movimiento jaqueó dos veces la política exterior argentina. Nuestro Kissinger a la menos uno, denostó a sus inminentes anfitriones hispánicos jibarizando la estatura política del Gobierno ibérico, sin desaprovechar la oportunidad de despreciar a sus anteriores hospedadores portugueses. “España es mucho más importante [que Portugal, país por donde recién había pasado la comitiva argentina], pero está débil. No es la España de hace un año, por la derrota en Madrid y porque se rompió la coalición”. Globalizando la escala de los pifies de una diplomacia practicada con impronta de Unidad Básica, Cancillería se solidarizó con Hamas mientras el mundo asistía a la imagen televisiva de la lluvia de misiles terroristas lanzados sobre Israel.

Para no ser menos que su subordinado, nuestro jefe de Estado en permanente estado de simulacro ejecutivo coronó los derrapes en materia exterior cuando comentó: “Poco a poco el problema de los derechos humanos en Venezuela fue desapareciendo”. Con tacto digno de proctólogo con guantes de box, el Capitán Beto se enredó con su propia lengua al aseverar que los asesinatos, secuestros y torturas cometidos por el régimen caribeño constituyen un temita que se desvanece. Pero el entuerto más grave de su mentira a favor de una dictadura homicida fue apelar al gerundio “desapareciendo”, sin reparar en su autoevidente relación lexical, política y simbólica con el participio pasado “desaparecido”. Chapucería oratoria simplemente inigualable.

El capítulo más relevante de la romería internacional emprendida con lógica de cabotaje consistió en delegar en un tercero tareas para las cuales en teoría designó a un segundo. Con la habitualidad de lo familiar, la inexorable zozobra política de “sarasa” Guzmán motivó la nueva subrogancia. No a favor del subsecretario de Energía que no pueden echar. Ese manda sin asomo de duda en Hacienda y define como se le cante (a la jefa) la política tarifaria. La identidad del reemplazo connota esmeros de concordia político-religiosa porque, por enésima vez, los “compañeros” están a un paso de los balazos. Ocurre que la bancada peronista del Senado nacional le plantó al presidente de la Nación, que también preside el partido peronista a nivel nacional, una declaración sobre la determinación partidaria de usar del dinero del FMI para tareas de proselitismo peronista de cara a las elecciones de medio término.

Ínterin del desplante, el ministro de Economía, calladito como monaguillo en misa, hizo como si la cosa no tuviera la más mínima relación con él, mientras su jefe le confiaba al Papa el último intento de evitar el default que el senado peronista proclamó como obituario de su torpe itinerario europeo. Nada más esperable que acudir al Santo Padre para que “el ministro de la Deuda” se tome un café con Kristalina Georgieva en los aposentos del Vaticano. El pedido de auxilio pontificio no es más que un natural reflejo de regreso al origen, toda vez que el proceso de formación del FDT principió en San Pedro. Recreando parábolas bíblicas muy apropiadas para la ocasión, en la desesperación de haber dilapidado hasta el último morlaco de capital político recibido en las urnas, el hijo pródigo en situación de calle vuelve al hogar familiar en procura de lobby con los funcionarios católicos del FMI.

Como te ven te tratan. Y si te ven mal, te maltratan. Y como en casa lo maltratan, porque digamos que bien no lo ven ni lo propios, quien vino a “poner a Argentina de pie” peregrinó de rodillas al Vaticano clamando comprensión económica y, de ser posible, expiación política. No por haber fracturado el pacto entre justicialismo e Iglesia con la sanción de la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Eso sólo le granjeó una fugaz mirada reprobatoria del Sumo Pontífice. No iba a ser de otra manera. Al presidente y al Papa los une algo mucho más fuerte que las ocasionales fricciones entre el Congreso argentino y el clero. Ambos estadistas participan en un mismo grupo donde todo está perdonado de antemano, ya que “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”. Del Obispo de Roma, el segundo al mando de nuestro país pretendía algo mucho más empinado que el perdón. En lugar de absolución, rogaba por protección. Innecesario aclarar de quien.

Todos los frentes internos como interna del Frente de Todos

Para no bajarse del tren de payasadas mediáticas (con el perdón de Filomena), al volver al país donde gobierna otra persona, el primer mandatario en funciones suspendidas enriqueció el saber económico al pontificar (con el perdón del Pontífice) una enigmática declaración. “La inflación es inexplicable. No hay ninguna razón más que el aumento del consumo para explicar esos aumentos que se dieron en marzo y abril”. Inquietante dualidad de comprensión e ignorancia conciliada en la estabilidad mental de quien le gritó “imbéciles” a los miembros de la oposición. El fenómeno económico que corroe a velocidad de rayo los bolsillos argentinos cae por fuera de su intelección y a la vez, de un plumazo, queda descifrado por su sapiencia voluntarista. No entiende de qué se trata (cierto) y a la vez el hecho responde a un auspicioso incremento en el gasto de una sociedad empobrecida (verso). ¿El tsunami de emisión monetaria de 2020 tendrá algo que ver con el aumento generalizado de precios que en menos de un año transformó las remuneraciones en amagues de estipendios?

Siempre solícitos con el peronista de turno en Balcarce 50, los “Gordos” de la CGT defendieron los intereses de los trabajadores acordando aumentos de sueldo muy por debajo de la inflación. Se ve que la ortodoxia doctrinaria de la “columna vertebral del movimiento” los insta a convalidar empíricamente la vigencia de las palabras de su líder histórico: “Los salarios suben por la escalera y los precios por el ascensor”. Nostálgica resignación remunerativa de prosapia setentista sazonada en 2021 con una piromaníaca ocurrencia de modernidad cuarenténica. Incapaz de impugnar la metáfora del tirano prófugo enunciada en versión de administrador de consorcio (ocupación que refleja bastante bien su concepción de la gestión de los asuntos públicos), el cuarto gobierno K decidió ratificarlo hasta las últimas consecuencias e incendió el edificio social con las brasas del confinamiento eterno. ¿Para qué? Para que las llamas del infierno económico igualen las condiciones materiales de vida argentinas en el equitativo nivel de las cenizas de la pobreza general.

Pasando de los dichos a los hechos, léase “de la pavada hablada a la practicada”, el peronismo optó por cerrar las exportaciones de carne con la expectativa de bajar los precios en el mercado local. Y por supuesto consiguió exactamente lo contrario. Algo bastante similar a las disposiciones adoptadas y resultados alcanzados en política sanitaria. La semejanza entre Economía y Salud replica la coincidencia especular entre el negativo de una foto y la foto revelada. O sea, realidades iguales pero invertidas (más o menos como Kissinger y Solá). El Gobierno que pretende generar dólares prohibiendo las exportaciones es el mismo que ansía prevenir contagios rechazando las vacunas Pfizer.

En las redes circula un titular donde se anuncia que en el Zoo de San Diego vacunaron a los primates. El contraste no podría ser más dramático. Allá inoculan hasta a los monos. Aquí no lo hacen con las personas. Mucho menos si son gorilas. Para peor, el FDT no sólo impidió la llegada masiva de inoculaciones con ánimo de cuidar la salud de los argentinos. Saltando de la negligencia a la criminalidad, en vez de vacunar al personal de salud y a los adultos mayores, el peronismo distribuyó por izquierda las pocas dosis que consiguió. Así, la única solución ingeniada para paliar el COVID fue el escándalo del COVIP (con P).

La crónica improvisación jazzera del “vamos viendo” como estrategia articulada en los albores de la pandemia parió una dicotomía primordial: “Salud o Economía”. El planteo sobre un problema tan frondoso como el virus obtuvo tratamiento de bonsái, con la confección de una oposición indiferente a la condición inescindible de aspectos sociales imbricados hasta la interdependencia. Sancionar un divorcio entre campos co-constitutivos, o peor, promover la inmolación de uno en el altar de otro, luego apadrinó la más incómoda disyuntiva “Salud o Educación”.

Maniqueísmo antifederal enarbolado en el marco del avance nacional contra la autonomía de CABA. La Corte invalidó la asonada inconstitucional con un fallo que el profesor de Derecho e hijo de un juez no tomó tan en serio, pues manifestó con ínfulas antirrepublicanas que seguiría en su empeño “por más que se escriban muchas hojas de sentencias”, dado que las mismas nacían en un momento de “decrepitud del derecho”. Vuelve a resonar Kissinger. “Lo ilegal lo hacemos inmediatamente. Lo inconstitucional nos lleva un poco más”.

Como corolario “anti”, mientras Argentina registra exorbitantes cifras diarias de muertos a causa del virus que no iba a llegar (Ginés dixit) el FDT impulsa cambios en la ley del Ministerio Público. ¿Cuál es la novedad principal de la iniciativa? La idea consiste en reducir el volumen de representatividad política requerida para el nombramiento del jefe de los fiscales. ¿De qué manera? Pasando de la necesidad de contar con la anuencia de dos tercios del Parlamento a una mayoría simple. En otras palabras, saltando de la duradera sobriedad del consenso democrático a la transitoria embriaguez de la imposición coyuntural.

En momentos en que los ciudadanos mueren a escala industrial (ni salud) y el país quiebra (ni economía), la prioridad oficialista se resume en asegurarse fiscales adictos para que los corruptos no vayan presos, que los corruptos presos salgan libres y, en especial, que la corrupta arquetípica no termine presa. Si un rapto de malicia acusatoria lleva por fonética y filología a conectar el adjetivo “arquetípica” con el sustantivo común “arquitecta”, bastará sumar el gentilicio “egipcia” en la asociación de ideas, para redondear la semblanza de una multiprocesada cuya única defensa legal viable consiste en destruir la independencia de la justicia.

En días de desazón nacional el nivel de desquicio oficialista trepa hasta la órbita de la falta de respeto por la inteligencia ciudadana. Mientras Carlos Bianco, jefe de asesores de la provincia de Buenos Aires, declara que “en la pelea con el virus, los medios estuvieron del lado del virus” y el abanderado del campo Nac&Pop, Brancatelli, justifica su internación en una de las clínicas privadas más caras del país en motivos altruistas: “Que la prepaga se haga cargo. No quería sacarle la cama a alguien de la sociedad”, en C5N fulgura un titular tan inverosímil que podría haberlo escrito Kicillof: “No cae el Bitcoin. Se aprecia el peso”. Entre tanto, Scioli le pegó en la línea de flotación al potencial autor de la anterior sandez, cuando calibró la dimensión de la derrota de Vidal en alusión a la poca probidad del contrincante. Según su lucidez motonátutica, el dramatismo de la diferencia en los sufragios se vio agravada porque Mariu “no perdió con Churchill, perdió con Axel”. En otras palabras, cayó contra un palurdo tal que la diminuta talla político-intelectual del adversario agiganta lo aciago del desenlace.

Estado Maternal, Alberto Mamita y proselitismo edípico

La deformación populista de la legitimidad democrática estriba en la transformación del voto en un arma apuntada contra la institucionalidad republicana. En la mentalidad K las victorias orondas, y su recíproca, las derrotas por paliza, autorizan respectivos envalentonamientos anticonstitucionales y empalamientos para todos y todas. El despliegue de histeria mediática posterior al fallo de la Corte sobre la presencialidad en CABA desveló incontinencias totalitarias de amplio espectro. Pero sobre todo transparentó la forma púber de tramitar las frustraciones que tienen quienes viven en el fervor por la prepotencia. El gobernador de la provincia de Buenos Aires da voz al sentir grupal con su previsible síndrome de Tourette ideológico: “Cuando un presidente electo en primera vuelta toma las decisiones que tiene que tomar van a la justicia e intentan parar medidas sanitarias de cuidado de la gente”.

En la mentalidad del peronismo caraqueño la magnitud de la cosecha de sufragios funda juridicidades diferenciales. Ganar por mucho faculta al Ejecutivo al cesarismo de demoler el Estado de derecho (“Vamos por todo”). Prevalecer por poco limita la legitimidad gubernamental por mor de la invalidez pírrica (“Macri basura, vos sos la dictadura”). Los contrapesos republicanos y los principios federales palidecen frente a una democracia experimentada en clave plebiscitaria. Como instancia de ejercicio del poder sin limitaciones “burguesas”, la representación política “a la Chávez” equivale a un programa de delegación. Trastorno de auto-enajenación instalado en todos los niveles de la genética del FDT.

Delegación extorsiva de “ese” en “Ella” en el nivel de la gestión y delegación servil de “todos” a “Ella” en el plano eleccionario. Asimismo, al interior del Estado populista el poder judicial y legislativo deben delegar sus competencias en el ejecutivo. Premisa que explica las trasnochadas acusaciones peronistas sobre un supuesto golpe de estado de la Corte por fallar a favor de la Constitución, y de la obsesión justicialista porque el Parlamento autorice permanentes poderes de emergencia al PEN. El oxímoron dictatorial de excepcionalidad eterna corre parejo con la instauración de una economía totalitaria donde el mercado delegue sus decisiones en el Estado. Y si no te gusta te cierro las exportaciones. ¿Por qué? Porque lo manda Ella que, al fin y al cabo, habla por todos (y todas).

La deificación ideológica de la figura vicepresidencial como viga maestra de un Gobierno solapado con el Estado, replica en la sublimación afectiva de su condición sobrenatural en términos filiales. Como clave de bóveda del edificio autocrático, Ella concentra las delegaciones generalizadas que la sociedad le tributa al estado. Estado a su vez transmutado en el Gobierno de una facción que se resume en el parecer de la persona que lo dirige. Y bajo su conducción gubernamental de cachetazos y caricias, la sociedad se infantiliza y el Estado se maternaliza.

Pola Oloixarac bosquejó el croquis del actual delirio edípico en una columna de reciente aparición. “Rita Segato ponderaba el Estado Maternal de Alberto Fernández, que había dictado la cuarentena temprana en marzo y puesto el cuidado de las familias como prioridad”. Cáustica como siempre, la autora resignificó la insensatez de Segato en una ironía memorable al hablar de un “Alberto Mamita que te quiere y te cuida”. Pero la suya es una tutela boba que en lugar de “distinguir al imbécil que hace una fiesta clandestina del comerciante que quiere sobrevivir con su comercio”, como bien sostuvo Marcelo D´alessandro, nos pone en penitencia a todos por 400 días (y contando) porque su Gobierno de científicos detonó cualquier expectativa vacunatoria demográficamente significativa.

De cara al gélido invierno electoral, el oficialismo brega por tapar con propaganda la desnudez de la gestión. Hurgando en el arcón de los recuerdos, y con las apropiadas dosis de olvidos tácticos en materia de panquequeadas, los comunicadores del Gobierno descubrirían una conveniente estrategia publicitaria esgrimida por Massa cuando se domiciliaba en la “avenida del medio”. En 2015 el gran malabarista moral contrató ―con caudales de origen misterioso― a la empresa de publicidad Savaglio como usina creativa detrás de su fallida carrera presidencial. El resultado marketinero consistió en reducir el apellido del candidato a una representación minimalista rodeada por un aura auspiciosa. Así, en los carteles, volantes y avisos televisivos, Massa pasó a ser +A.

Ante la inminencia de la compulsa de medio término en momentos de malestar generalizado urgen prestidigitaciones de campaña. El doble mérito de habernos transformado en el cuarto país del mundo con más muertos por cada millón de habitantes (récord notable pero en última instancia subordinado a los otros tres que les fue todavía peor), habiendo sufrido la cuarentena más prolongada del planeta (distinción monopolizada con orgullo por nosotros), apisona las expectativas oficialistas bajo el peso de la creciente reprobación social. Pero donde la realidad falla podría prosperar el relato. Precepto de eficacia ficcional verificado en perlas de macaneo como “el ajuste no cierra sin represión”, “tierra arrasada” y “Macri Gato”. La efectividad de la cameleada militante quizás consiga dibujar con palabras y sentimientos un horizonte de potencial supervivencia política. A fuerza de persuasión narrativa, oportunas triquiñuelas y soja a 600 dólares la tonelada, en una de esas el FDT nos engatusa de nuevo para que los argentinos votemos una vez más en contra de la democracia.

Fenecida la cantinela de la “solidaridad” en el horror del COVIP (con P), naufragada la barcaza consensual del Capitán Beto (más parecido al Capitán Cobarde del Costa Concordia que al del Titanic) y aniquilado el sueño de recomponer la macroeconomía gracias a un subsecretario que impide el aumento de tarifas, todavía resta explorar la veta de originalidad publicitaria otrora incursionada por el tigrense. Dando casi por perdido 2021, o ganando de carambola por un inesperado rebote económico reforzado por vacunas caídas del cielo (todo puede pasar por estos pagos), le convendría al FDT abrir el juego a la instalación de candidatos para 2023. Las hipotéticas fórmulas no sólo necesitarán composición mixta y anclaje territorial. Su condición de posibilidad más delicada implica asociar las propuestas con consignas pegadizas, ofertas iconoclastas y pirotecnia sentimental. 

Para provincia podría asomar una opción joven: Máximo y Mayra. Ambos incondicionales de la jefa por motivos obvios, expresiones inmejorables de la “orga” camporista y afincados a más no poder en el aparato territorial del PJ. Para nación el FDT sorprendería a sus simpatizantes ofreciendo una candidatura más madura con Magario y Massa como candidatos. La exalcaldesa matancera devenida vicegobernadora en compañía del otrora intendente fluvial elevado a la dignidad de presidente de la cámara baja, emitirían un atractivo mensaje de mesura para el electorado independiente, e irresistible para el segmento ideológicamente konsolidado (sic). 

La competitividad de boletas donde figuren el jefe del peronismo bonaerense, la intendente (con E) de Quilmes y dos peronistas de excepcional inserción territorial como Massa y Magario, incluso habilitaría permutar candidatos y jurisdicciones para armar fórmulas alternativas: Máximo/Magario para nación (el hijo de mamá siempre adelante para que el burro no se espante) y Mayra/Massa para provincia (por las dudas a “ventajita” no lo ponen primero ni en una fila para caer a un pozo lleno de pirañas).

La estructura profunda del versátil esquema de campaña radica en una doble determinación político-sentimental. Cualquiera sea la alternativa, indefectiblemente la mandamás de Recoleta nombrará los mandatarios para mandonearlos desde el Instituto Patria. Y además de garantizar la perduración de la dependencia titiritera como partitura de gestión, las fórmulas interpelarían a los seguidores en una dimensión electoral intimista donde lo emocional marca el paso de lo racional. Impregnadas de encanto militante motorizado por cándidos estímulos proselitistas, las papeletas obrarán el portento de aniñar a una parte notable de la ciudadanía. Cuando los votantes tomen conocimiento de las postulaciones, en lo profundo de las psicologías nac&pop palpitará con fuerza galopante un hálito de familiaridad umbilical.

Boletas tan cargadas de densidad emotiva gatillarán reflejos de succión, olfativos y táctiles anclados en la más tierna infancia ideológica de la grey K. La pulsión partidaria de relieve lactante puede captarse en todo su vigor merced a la contracción publicitaria de Savaglio. Cuando Alberto Mamita le pida al electorado que para mantener el Estado Maternal vote por Máximo y Mayra o por Magario y Massa, los oídos de los interpelados escucharán los nombres completos de los candidatos. Pero el mensaje subyacente que hará vibrar la fibra íntima del sentir populista con la sílaba inaugural de cada término será discretamente ronroneado por la voz del heredero pingüinil. En la propuesta solapada, los corazones de los feligreses percibirán un subliminal llamado infantilizante de regreso al demagógico confort uterino: Voten por Mamá.