lunes 20 de mayo de 2024
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Vientos de guerra en la cultura argentina hoy

Entre el último período presidencial del kirchnerismo y el que actualmente corre bajo la insignia libertaria, los signos de parentesco son abundantes y las coincidencias, poco recomendables para una sociedad que no ha dejado de aspirar al progreso espiritual ni ha renunciado a regresar a las fuentes ideológicas del liberalismo genuino sobre cuya base se formó lo mejor de nuestra historia moral e institucional.

El concepto de “batalla cultural” es uno de los peores rasgos de tales convergencias. Pocos lugares comunes han de haber sido y son más nefastos para el presente y el futuro de la nación argentina. Cada vez que las sociedades, tanto las ajenas como la propia, han incorporado al lenguaje cotidiano esa expresión u otras que se le parecen mucho, la paz y la prosperidad del futuro se han puesto en riesgo serio de crisis, cuando no de verdadera catástrofe histórica.

El advenimiento de Javier Milei y de La Libertad Avanza al poder no sólo retoma el clima de las “batallas culturales” sino que ha empleado con cierta fruición el vocabulario y los lugares comunes tomados del lenguaje militar aplicado a la vida política. Esta perduración e insistencia, de una hegemonía política a otra aparentemente de signo contrario, no augura nada bueno en términos de una paz social necesaria para la recuperación material y espiritual del país.

Nuestra panoplia histórica es muy rica en cuanto a las hegemonías de tales aberraciones: la dictadura rosista, las masacres de poblaciones nativas durante la “conquista de las 15000 leguas”, la ley de residencia, el aplastamiento de las huelgas en la Patagonia, la infiltración del fascismo desde mediados de los ‘30, el acogimiento de los prófugos nazis en la primera presidencia de Perón, la persecución del justicialismo después de 1955, hasta llegar a esa suerte de broche de oro de la crueldad que fue la tiranía militar de 1976, luego las falacias y autocensuras impuestas por la vulgata kirchnerista entre 2008 y 2023 y, ahora, el delirio tan aplaudido de las groserías desgranadas, cotidianamente, por el primer magistrado de la República.

En muchas ocasiones, recordémoslo, las organizaciones guerrilleras de los 60 y 70 esgrimieron la noción tomándola de procesos políticos de lucha abierta por la emancipación contra las crueldades de los regímenes coloniales de África y Asia, aun cuando a partir de un análisis sincero y estricto de las realidades latinaomericanas de aquellas décadas, parecieran ser evidentes las diferencias, no sólo de grado sino estructurales, entre las sociedades sojuzgadas por los imperialismos europeos de los siglos XIX y XX y los regímenes dictatoriales o directamente tiránicos que, durante más de un siglo y medio, dominaron el panorama político de las naciones de nuestro continente.

Gobiernos feroces de América Latina hicieron suyo el concepto y lo adobaron con sus propios giros lingüísticos dignos de los disparates cómicos del personaje de Ubu Reysi no hubieran trascendido de las esferas del discurso a las de la acción política, con sus secuelas de persecuciones y masacres. ¿Quién podría olvidar las campañas culturales contra las subversiones “apátridas” que blandieron las dictaduras de Argentina, Uruguay, Chile y Brasil en los años 70? Combates en los que quienes no comulgábamos con las crueldades oficiales llegamos a ser asimilados a infecciones bacterianas o virales. Esas “batallas culturales” se sublimaban a modo de enfrentamientos entre cuerpos sanos e invasiones epidémicas.

Por fortuna y gracias a espíritus nobles como el de Raúl Alfonsín, o dominados por un pragmatismo, a la postre bienhechor, como el de Carlos Menem, durante casi veinte años nos vimos libres de ser convocados a ninguna guerra cultural. Sólo la crisis de 2008, que enfrentó a las fuerzas políticas formadas en el horizonte de los trabajos e industrias rurales con el gobierno kirchnerista, volvió a colocar en el ruedo de los debates sociales argentinos los conceptos de “batallas y guerra cultural”.

La crispación del agón político no hizo sino aumentar a partir de entonces (salvo tal vez –digámoslo con sinceridad– en buena parte del período macrista cuando se rehuyó sistemáticamente la exacerbación verbal).

Claro que la historia argentina también engendró sus proyectos de auto-sanación y esperanza: la Constitución de Alberdi, Mitre, Sarmiento y Avellaneda, la ley Sáenz Peña, las reformas laborales de los años 40, las administraciones patrióticas de Frondizi e Illia, la restauración democrática de Alfonsín, única en el mundo y continuada en parte por Carlos Menem cuando desarticuló el poder militar mediante la abolición del servicio obligatorio y procuró sanear la moneda. De todas maneras, la deriva de los acontecimientos hacia la construcción discursiva de las “batallas culturales” no permite augurar nada bueno.

Enumeradas ya las calamidades desencadenadas por el uso reiterado del lugar común en los últimos ochenta años de la historia nacional, podría recordar también las catástrofes mundiales a las que ha contribuido la circulación de conceptos equivalentes en otros lugares de la Tierra en la historia contemporánea, verbigracia: la Kulturkampf de los tiempos del canciller Bismarck, los combates “heroicos y viriles” del fascismo militante invocados por el filósofo Giovanni Gentile en sus proclamas, las batallas culturales del estalinismo satirizadas por George Orwell, las monstruosidades de la revolución cultural china (si se quiere tener una idea aproximada de cuanto aquello representó, recomiendo ver los primeros diez minutos de la serie El problema de los tres cuerpos que actualmente pasa la red Netflix), la masacre perpetrada por el Khmer Rojo en Camboya, los combates culturales predicados por el presidente de Rusia Vladimir Putin. Los etcéteras nos atragantarían.

En síntesis, no emponzoñemos con palabras y giros bélicos o castrenses los debates culturales, que deberían ser intercambios abiertos y generosos por antonomasia, no los acompañemos con el son de ningún tambor o instrumento de guerra. En nuestro caso argentino, estamos al borde de multiplicar esos recursos deleznables de la discusión política. Nada bueno puede esperarse de tales exabruptos y desvaríos.

Publicado en Ñ el 15 de abril de 2024.

Link https://www.clarin.com/revista-n/vientos-guerra-cultura-argentina-hoy_0_PnvrTayZlm.html

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