jueves 22 de febrero de 2024
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¿Una nueva guerra civil en los EE.UU.?

El allanamiento a la casa de Donald Trump en Florida ha desatado la ira de sus seguidores y de su propio líder. El cateo, como parte del juicio que se le sigue por los hechos del 6 de enero de 2021, contribuye a la extendida idea: la sociedad estadounidense va hacia una guerra civil.

Para hacer un parangón con la que es considerada la primera guerra total desatada en la historia de la humanidad – la Guerra Civil estadounidense de 1861 a 1865 – habría que abstraerse de las indudables diferencias de época, pero podríamos encontrar algunas regularidades. Por ejemplo, la cuestión racial. La presencia de símbolos de la Confederación en espacios públicos de numerosas ciudades del sur divide a la sociedad en forma tajante y, muchas veces, violenta.

Los supremacistas blancos y el avivamiento del Ku Klux Klan en el sur son una evidencia de que el racismo sigue siendo una cuestión sin resolver. El asesinato de George Floyd a manos de un policía blanco agitó al país y al mundo durante 2020 y los tiroteos masivos en escuelas y negocios siempre tienen a la población no WASP como víctimas y a un blanco como victimario. Por lo tanto, podemos ver que sigue operando un esquema de superioridad racial que el aumento de la población no WASP sólo ha exacerbado.

La desigualdad también era parte del panorama del siglo XIX. Mientras entonces en el sur secesionista el esclavismo era la regla –en el norte también había esclavos– el norte tenía un sistema de trabajo asalariado de altísima explotación: los trabajadores del norte no vivían mejor que los esclavos. Hoy, la pobreza y la desigualdad –que afecta principalmente a esos sectores no WASP– son un factor de desesperanza para millones que depositan su frustración y sus esperanzas en líderes populistas que proponen soluciones mágicas, tales como la recuperación de un esplendor del que serán beneficiados.

Por último, el tierno sistema político de 1900 no pudo evitar la guerra, pero al final del camino pudo tener a la unidad nacional como logro, principal objetivo de Abraham Lincoln. Hoy, un sistema político, en algún sentido poco democrático, o de democracia restringida está tendiendo a la ruptura de esa unidad en la que estados rojos y azules parecen países diferentes. Asuntos como el aborto, la identidad de género, el cambio climático y los cambios en el trabajo productos del cambio tecnológico, dividen las aguas en forma irreconciliable.

La pandemia, ha dejado, además, un panorama sombrío acerca de la salud mental de la población, junto con el incremento constante del uso de estupefacientes, antidepresivos y drogas, tales como el fentanilo, han movilizado a huestes de conspiranoicos poblando los espacios públicos, los medios y las redes sociales con igual intensidad.

El caso del intento de secuestro de la gobernadora demócrata de Míchigan, en 2020, Gretchen Whitmer, ilustra el caso de desquicio mental. Planeaban apresarla, juzgarla y ejecutarla por haber decretado los confinamientos durante la pandemia. Stewart Rhodes, el jefe de la banda desbaratada había dicho a The Atlantic, dos meses antes del evento: “No jodamos. Ya estamos en una guerra civil”.

La minoría WASP que gobierna los EE.UU. desde su fundación está jaqueada, además, porque son los timoneles de la potencia que se tornó hegemónica luego de la caída del muro de Berlín y se siente amenazada por el crecimiento de China y el amanecer de un mundo multipolar.

¿Esto significa que van hacia la guerra civil? No necesariamente, pero con muchas menos condiciones han estallado conflictos bélicos en el pasado.

El clima de época, dominado por la guerra ruso ucraniana que tiene un involucramiento multinacional en la que diferentes líderes se han expresado dispuestos a utilizar armas nucleares -al coro se acaba de sumar la candidata a primer ministro del Reino Unido, Liz Truss–, o el provocador viaje de Nancy Pelosi a Taiwan, junto con la caída de la consideración de las personas acerca del funcionamiento de la democracia, no son un telón de fondo auspicioso. 

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