sábado 22 de junio de 2024
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Una libertad del carajo

Con el escrutinio de las PASO fuimos muchos los que frente a lo sorpresivo del resultado quedamos sumidos en la reflexión.

Mi preocupación se centró en establecer si el concepto de libertad rugido por el candidato más votado aquel 13 de agosto tenía mucho o poco en común con la libertad que yo aprendí a venerar de chico como uno de los valores cardinales de la política democrática.

Para despejar esa interrogante recurrí a uno de los filósofos políticos que más admiro, Norberto Bobbio, quien me proporcionó un par de definiciones clarificadoras.

Según la primera gozamos de una cierta forma de libertad si con nuestras acciones podemos alcanzar el placer y satisfacer nuestros deseos; eso implica que podremos incluso usar fuerza o poder para superar a otras personas que se interponen como obstáculos.

Tal libertad supone la desigualdad y, vaya la ironía, el déspota es por antonomasia el más libre de todos.

En cambio, la segunda versión de la libertad postula que no ejercemos nuestras acciones por medio de la espontaneidad sino que podemos adquirirla gracias a un orden racional en el que debemos involucrarnos como seres humanos.

El instinto es el medio natural para la libertad en el primer sentido mientras que, con el segundo alcance, es el conocimiento de sí mismo, el autocontrol de los impulsos el conducto a través del cual cada persona puede ser libre.

La sociedad y el Estado debieran, gracias a un funcionamiento eficiente, ser los ámbitos de realización de la libertad humana, toda vez que los egoísmos particulares se reconcilian en la voluntad general o en el bien común.

Por lo tanto, la convivencia de la ciudadanía es la que, por vía de la ética, ofrece oportunidad a la emancipación de los individuos para escoger y discernir entre diversos valores morales y políticos.

Los hechos vandálicos de estos días en varias ciudades, con epicentro en el Gran Buenos Aires, comenzaron con una profusa comunicación en redes convocando y difundiendo ese método “piraña” de acción directa.

En seguida, el viejo activista social Raúl Castells, jactándose de una influencia que por cierto no tiene, nos hizo saber qué natural resulta para su (in)cultura política que los jóvenes de las barriadas pobres saqueen comercios, según él, para alimentarse.

Me pareció que buscar la pista de ese clima generado por medio de las redes sociales y su secuela de violencia urbana, que llevaba a la licencia para saquear era, en buena parte, una resultante del desgobierno reinante pero también se debía a un cierto éxito de la prédica a favor de la libertad anárquica o, en otras palabras, de arreglarnos los unos contra los otros.

Pensé entonces que los jóvenes desempleados, desesperanzados y desesperados de nuestras ciudades estaban anticipando en la práctica la moraleja extraíble de las PASO: un estado mínimo, que se abstiene frente a las necesidades colectivas y convalida en consecuencia que cada quien vaya a satisfacerlas de cualquier modo.

Anomia es el concepto sociológico con el cual se explican esos fenómenos frenéticos que ocurren en medio de las crisis, cuando todos los frenos inhibitorios son superados como alambre caído por el deseo de alcanzar lo que se quiere.

Los jóvenes desocupados, en su mayoría sumidos en la extrema pobreza, son la carne de cañón de esa patología social para la cual su principal formulador, Emile Durkheim, recomendaba el orden moderno, basado en la educación, la división del trabajo y el estado de derecho.

Es de esperar que de la sospecha vehemente sobre esta conexión entre el discurso anarco capitalista, la inepcia oficialista y la violencia ejercida por contingentes numerosos de la juventud, se extraigan en el debate público algunas conclusiones esclarecedoras.

Ese tipo de libertad del carajo acentuara la desigualdad de los jóvenes pobres, privándolos de toda ruta hacia una progresiva justicia social y haciéndolos, antes o después, objeto del accionar policial y judicial, todo lo cual empeorará su situación y alejará de nuestra vida urbana la anhelada seguridad.

Ojalá sepamos hacer que el grueso de la ciudadanía aprecie, defienda y promueva la libertad del derecho, el orden genuino de nuestra civilización. Sepamos hacer llegar su significado mediante propuestas de avance nacional e integración social a todos los estratos de la sociedad, incluidos quienes sufren las necesidades más imperiosas.

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