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Opinión 01 04 2020

Una experiencia democrática única


Autor: Sabrina Ajmechet









A fines de siglo XIX y principios del siglo XX, el liberalismo político fue percibido como la mejor opción en gran parte de los países occidentales. Luego, las sociedades comenzaron a transformarse a una velocidad antes desconocida, se produjeron cambios demográficos, en las formas de trabajo y también en la organización familiar.

Muchos ciudadanos se percibieron a sí mismos como excluidos y comenzaron a demandar ser parte. Mediante sus acciones cuestionaron al liberalismo, tildaron a sus principios y a sus prácticas de insuficientes, ineficientes e, incluso, nocivas. 

Esto sucedió en la época de entreguerras -desde el final de la Primera Guerra hasta el comienzo de la Segunda- y también en nuestro pasado más reciente: el mundo pre Coronavirus. 

En ambos ciclos encontramos un rasgo común: muchos países occidentales de tradición liberal viraron hacia nuevos tipos de liderazgo y formas políticas. Mussolini y Hitler en el siglo XX, Trump y Johnson en el siglo XXI. Pese a las enormes diferencias entre unos y otros, todos ellos quebraron fuertes tradiciones nacionales. 

Al analizar la Primera Guerra Mundial, Francois Furet la definió como la primera guerra democrática de la historia. La adjetivó como “democrática” para explicar que fue un hecho que atravesó la vida cotidiana de todos los habitantes de los países que participaron del enfrentamiento. 

Nadie quedó exento de riesgos, sufrimientos y privaciones. Algunos lo hicieron en el frente y otros en sus hogares. Los hombres se fueron a las trincheras y las mujeres los reemplazaron en las fábricas. Las industrias modificaron su producción, los habitantes cambiaron su alimentación y sus rutinas. 

La Primera Guerra tuvo enormes consecuencias para todos aquellos que participaron y significó grandes pérdidas humanas y materiales. Lo que no tuvo fue claros ganadores. Esto creó un vacío profundo y una sensación de falta de sentido. ¿Para qué sirvieron tantos años de enfrentamiento? 

Esos ciudadanos, que tanto habían dado de sí, le reclamaron a sus Estados mayor inclusión y más derechos. En aquel escenario, con pocas respuestas satisfactorias, se convirtieron en mayoría quienes prefirieron un Poder Ejecutivo extraordinariamente fuerte. Esos líderes elegidos intentaron crear una sociedad unánime, en la que el conductor no solo representara sino también encarnara la voluntad general, que una y otra se confundieran. 

Se borraron libertades individuales, la división de poderes y la representación plural de la sociedad. El futuro era negro y solo se pronosticaba lo peor. Y llegó: Auschwitz se convirtió en uno de tantos campos de concentración y en metáfora del horror. 

Pero la guerra la ganaron los Aliados y a ese momento en donde todo fue tragedia le siguió un proceso de reconstrucción, la época dorada del capitalismo y de los estados de bienestar. 

En estos días de pandemia estamos preocupados por el virus, por la economía, por los lazos sociales y por los controles que los Estados terminarán llevando adelante sobre los individuos. 

Siguiendo a Furet, podríamos calificar lo que nos sucede como una experiencia democrática: la vida de todos ha cambiado y no importa si vivimos en oriente u occidente, sur o norte, megalópolis o pueblo. Todos estamos adentro de nuestras casas compartiendo la experiencia de una larga espera del fin de la pandemia, que no sabemos cómo ni cuándo llegará. 

Al leer a Harari tememos un futuro que se dirige hacia Estados que controlan nuestras vidas a partir de big data, biométricos y acceso no solo a nuestra temperatura corporal sino también al más profundo conocimiento de nuestras emociones. Escuchamos voces muy sensatas alertarnos sobre cómo los escenarios de crisis son ideales para que se tomen velozmente medidas restrictivas de la libertad que luego tardan años en desandarse. Todos estos pronósticos pueden ser lecturas correctas del presente y del futuro inmediato. Pero eso es todo lo que conocemos, lo que vendrá a continuación es una verdadera incógnita. 

El coronavirus y las respuestas estatales a la pandemia significan una enorme prueba, tanto para la ciudadanía como para los gobiernos. Las grietas locales aparecen enterradas frente a algo que empezamos a pensar como potencialmente peor: la unanimidad encolumnada tras una Causa. Pero eso también pasará. 

Los individuos seguimos construyendo un futuro y la historia en la larga duración nos anima a no adherir a pensamientos catastróficos. La contingencia y los actores construyen los acontecimientos. ¿Por qué no pensarlo como un ciclo, al que le sucederá otro distinto? 

Lo inmediato nos enfrenta a esta crisis sanitaria con consecuencias críticas para la economía, el tejido social y posiblemente también para las formas políticas. Pero, como no hay nada determinado de antemano, como la ansiedad de la incertidumbre no tiene por qué derivar necesariamente en la versión pesimista, también se puede entender a la crisis como oportunidad. Tal vez salimos mejor, más fuertes, más sensibles e inteligentes y buscando ampliar nuestra libertad y bienestar.

Publicado en Clarín el 31 de marzo de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/experiencia-democratica-unica_0_vsUYehu49.html