miércoles 28 de febrero de 2024
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Un peronismo sin la más mínima unidad básica

La hora, “referí”

Sometidos al desgarramiento de lo irreconciliable decidieron apelar a la medida extrema. Aquella vedada aún para las emergencias más dramáticas aparecía como la salida sensata ante la encerrona existencial. A juicio de la conducción, la precipitación de los acontecimientos forzó el tenor insólito de la respuesta. De cara a la disyuntiva entre arrojar las enseñas al abismo del realismo desencantado o lanzar el pragmatismo al pozo de la ideología irracional, eligieron preservar el capital simbólico a costa de la responsabilidad política. Clásico recurso de autopreservación facciosa apuntalado en principismos falaces: si todo está perdido al menos mantengamos las banderas en alto para que en el desbande los propios sepan donde referenciarse. Así como la pelota, el emblema no se mancha. A menos que convenga. Lógico. Detrás de la proclama de resistencia numantina asomaba el irónico cariz de la supervivencia a costa del resto. Heroísmo con sangre ajena. Preservar la representatividad de un segmento radicalizado como apuesta proyectada al horizonte salvaguarda el intangible que mueve montañas: la devoción por una causa. El enemigo imperialista siempre depara un blanco conveniente al cual cargarle las cuitas del trastorno doméstico. Alguien apretó el botón… Y los misiles iraníes salieron disparados contra la base norteamericana en el Kurdistán iraquí.

Contraviniendo las precauciones legales plasmadas en los créditos de las películas, en este caso cualquier parecido con personajes o situaciones de la realidad criolla es por completo acertado. El acercamiento de Washington a Teherán en búsqueda de sustituir el flujo energético ruso con petróleo persa venía acompañado con el alivio de las sanciones económicas pesantes sobre Irán. Habitual contorsión geopolítica en momentos de reconfiguraciones estratégicas apresuradas, quienes ayer despotricaban entre sí de repente descubren virtudes en el interlocutor. EE.UU. recurre a sus adversarios confesos ―Irán y Venezuela― con ánimo de sortear el estrangulamiento energético europeo derivado del conflicto desatado por su sangriento competidor neozarista. Si bien los puristas podrán aducir claudicaciones de parte del Tío Sam y señalar las aristas roñosas de semejante disposición, el verdadero costo político recae en los autoproclamados actores “antimperialistas”. El riesgo de devenir entreguistas palpita en cada negociación ―y en cada negociado― por su potencial interpretación en clave cipaya. Porque si bien la necesidad tiene cara de herejes, los fanáticos suelen quemarlos en la hoguera.

¿Cómo enrostrar a sus incondicionales si la solución del problema nacional implica contemporizar con el “El Gran Satán” (como le dicen los iraníes a EE.UU. desde 1979)? Con la misma dureza de cara con que el presidente testimonial condenó la dependencia argentina de EE.UU. y el FMI junto a Putin, luego de postrarse de hinojos con EE.UU. y el FMI, y sin solución de continuidad tener que condenar a Putin por la invasión a Ucrania a cambio de no caer en el default. ¿Quién disparó los misiles contra la base norteamericana en contra del acercamiento con Washington? La Guardia Revolucionaria iraní. Cuerpo militar ultra-ideologizado cuya misión consiste en proteger la revolución teocrática que gobierna a sangre y fuego desde 1979 y salvaguardar con fanatismo la pureza religiosa del país contra el pernicioso influjo racionalista. ¿Quién votó de forma unánime en contra del acuerdo con el FMI gestionado por los norteamericanos? La Cámpora. Cuerpo militante ultra-ideologizado cuya misión rentada consiste en proteger una lucrativa revolución imaginaria que gobierna sin ton ni son desde 2003, salvo los cuatro años de la supuesta “tierra arrasada”, y salvaguardar la pureza doctrinaria de las bases fanatizadas contra la perniciosa influencia del raciocinio. Allí no acaban los tristes paralelismos. Sólo comienzan.

Con la fina ironía de lo indefectible, ambas agrupaciones no responden al presidente de la República. La Guardia Revolucionaria tiene dependencia funcional y orgánica con el Líder Supremo de la Revolución Islámica. Ayer le tributaba su ciega lealtad al ayatolá Ruhollah Jomeini. Hoy a Alí Jamenei y mañana a su sucesor. Huelga decir a quien responden los “pibes para la liberación”. En ambos casos obedecen a una autoridad dotada de densa carga simbólica como fuente de sus atribuciones y transgresiones. Pero en ninguno al titular del gobierno elegido por voto popular (lo que sea que eso signifique en La Matanza, Formosa y los suburbios de Teherán). La respectiva autonomía del poder real respecto del formal funda las bases de los trastornos de gestión al más alto nivel. Mientras el presidente iraní intenta desesperadamente acordar con EE.UU. a costa de devaluar la retórica antioccidental y los tutores de la revolución envían explosivos mensajes reprobatorios a una base norteamericana, la votación camporista en contra del acuerdo promovido por su propio gobierno exhibe una idéntica voluntad por el sabotaje en momentos en que se acelera la devaluación del peso.

A riesgo de abusar del fárrago de coincidencias y con las mediaciones del caso, las respectivas explicaciones gubernamentales de los propios desmanes parecen calcadas. Mientras el ejecutivo iraní salió a proclamar su completa inocencia en relación al ataque y doce horas más tarde la Guardia Revolucionaria reivindicaba la autoría de los lanzamientos, el presidente testimonial peregrinó a todas las catedrales del capitalismo global murmurando plegarias en pro del mercado en tanto la vicepresidente (con “e”) torpedeaba el via crucis de su subalterno al denunciar en Managua la intromisión de los organismos internacionales como antesala del empobrecimiento nacional y de la instalación del narcotráfico. Valga la metáfora deportiva para representar la singularidad política de dos pueblos con análoga adicción al fútbol e incurable síndrome de Estocolmo con regímenes de vocación totalitaria. Los presidentes/arqueros del dúo de países en off-side económico sufren sendas patadas en la cañilla propinadas por los defensores más brutales del propio equipo en el preciso momento en que ruegan clemencia al árbitro para que detenga un partido que de proseguir los mandaría al descenso. Aislados en una cancha cerrada por ellos mismos, la rama ejecutiva del gobierno justicialista le pide a gritos la hora al referí (sic) mientras la runfla barrabrava del mismo oficialismo le tira piedras al juez desde la tribuna legislativa. Visto en perspectiva del encuentro bianual que el FDT ajustador jugará contra una economía detonada, parecería que algo anda muy mal en el vestuario peronista.

Matrimonios y algo más

Como la ignorancia cubre con su manto de dicha a quienes le rinden culto monoteísta, el peronismo persiste en copiar recetas malas para transformarlas en prescripciones peores. Si algo no funcionó (aislamiento internacional, estatizaciones, controles de precios, ley de alquileres, emisión descontrolada y siga el baile…), el PJ lo reitera con mayor ahínco ya que para los compañeros el fracaso de una medida adoptada por el movimiento siempre radica en la falta de tesón. Puesto que la vocación por el desastre representa el rasgo ludópata del Frente de Teherán (FDT) caemos en la cuenta de que no existe tal cosa como la autocrítica justicialista, sino que la reflexión populista limita su alcance a la práctica de la martingala. Planteada la política como una timba personal y no en cuanto responsabilidad pública, si pierdo duplico la apuesta y así ―en teoría― no sólo gano en la próxima vuelta, sino que recupero la que perdí en la anterior. Y si pierdo de nuevo, ¿qué me importa? Total, pagan otros. Que a veces forman parte del nosotros.

¿Cómo llegamos a esto? Insistiendo en el error de creer que quienes nos condenaron ayer vienen a salvarnos hoy. Si Hollywood ha demostrado que las segundas partes suelen ser malas, dimensionemos la catástrofe esperable de la cuarta entrega de la saga K. Al mejor estilo de Matrix, desde el principio de la primera ficción todo es un delirio hasta desembocar en un último bodrio tan insoportable que incluso los espectadores más fidelizados terminan revoleándole pochoclo a la pantalla. El problema de fondo con el argumento intragable del plomazo fílmico estriba en la indefinición del género. Detrás de una supuesta epopeya de liberación nacional asomó una película mafiosa de apropiación de lo público durante doce años. Saltando del horror pasado al ridículo presente, tras una espera de cuatro años comenzó una comedia dramática protagonizada por una pareja presidencial con cama afuera y en pendencia crónica que en lo doméstico se odia con indiferencia y puertas afuera se critica a los gritos.

La explosiva combinación de silencio despectivo como registro de gestión cotidiana y griterío histérico ante el escrutinio público habla de una familia partidaria profundamente disfuncional. Ya los esponsales desprendían el incómodo tufillo de lo forzado cuando la viuda acaudalada y de mal genio proverbial le declaró matrimonio político por Twitter a un simpático tarambana. La aventura de Tinder proselitista no tardó en dar frutos comiciales y el compromiso electoral de 280 caracteres condujo directo al atrio de las urnas. Las campanas nupciales redoblaron en las PASO de 2019 y mientras el dólar se disparaba por el resultado del escrutinio, quien antes denunciaba los desastres de la señora de luto pasó a confesar su amor por la novia de blanco. Eso sí, en atención a las modificaciones del nuevo código civil, el enlace contempló un acuerdo prematrimonial de separación de bienes políticos e innegociable castidad ideológica de la dama. En el enlace Ella ponía los votos y él la jeta. En caso de desacuerdo cada uno se retiraría con lo que trajo: Ella se quedaría con los sufragios y él dando la cara.

En pleno entendimiento de que los costos de cualquier medida impopulista (sic) correrían por cuenta del convidado de piedra a su propio gobierno, el peronismo retornó una vez más para curarnos de las heridas infligidas por el justicialismo. Jurándose la fidelidad esperable de un matrimonio laboral edificado sobre bienes divididos y sentimientos fingidos, el empleado se comprometía a cualquier clase de promiscuidad política en pos de preservar impoluta la honra simbólica de la jefa. Extraño esquema de proxenetismo consentido, el ensamble de conveniencia presagiaba desavenencias potenciales que a poco andar se mostraron como realidades inocultables. El proyecto de vida en común sin cohabitación cargaba con una patológica indefinición marital reñida con cualquier atisbo de felicidad hogareña: en los papeles decía que la autoridad pernoctaba en el lecho de Balcarce al 50 pero en la práctica el poder descansa en los aposentos de Juncal y Uruguay.

Como remate, la esposa iracunda y narcisista que duerme a solas en Recoleta y manda a todos en el conurbano desprecia sin disimulo al marido chambón y farabute que a la usanza del poliamor massista se va al sobre político con quien pinte sin mandar a nadie en ningún lado. En esta trama de enredos de sábanas blancas y ropa de cama más sucia que una papa, destaca cierto hijo malcriado proveniente de una pareja previa que para deleite de su Mamá suele arrojarle piedras legislativas a la casa (Rosada) de su padrastro. Hablando de rocas voladoras viene a la cabeza el reciente episodio de vandalismo interpretado por el kirchnerismo como un ataque con misiles a un orfanato (saludos a Putin). Tras los veinte cascotes que unos inadaptados le lanzaron al Parlamento, la sapiente persona que recomendaba en cadena nacional el consumo de cerdo como afrodisíaco arguyó una conspiración tramada por un FMI esquizofrénico, que quiere que le paguen, pero envía mercenarios a impedir la sanción del acuerdo, en colusión con el diabólico Larreta liberando la zona con la demora policial.

El coro de solidaridades obsecuentes no tardó en hacerse escuchar. La paranoia hipervicepresidencial fue reforzada por la protesta del “Cuervo” Larroque sobre “el silencio y la parsimonia del gobierno nacional frente al ataque”. La queja del dirigente oficialista ―esgrimida contra Alberto Fernández― fue luego bendecida por la sensibilidad bíblica de Aníbal Fernández con una exégesis sobre el empleo de pintura roja como medida de identificación del blanco de las piedras: “Las marcas rojas hasta nos traen reminiscencias de las marcas de las casas con sangre de cordero”. Si bien la alusión intenta asimilar a Cristina con las víctimas inocentes de la matanza de Herodes según lo narrado en el Nuevo Testamento (Mateo 2: 16-18), las marcas en cuestión corresponden al Viejo Testamento y no eran para señalar los domicilios donde causar daño, sino para indicarle a Dios en qué casas no matar primogénitos (Éxodo 12: 22-23). Allende a utilizar una cita de las Sagradas Escrituras en sentido exactamente contrario al pretendido, quizás la modalidad evangélica de un San La Morsa de todos los Burros acuda a exorcizar jaculatorias recientes. El malandado lapsus pastoral acaso purgue su muy poco cristiano “me importa un culo” pronunciado como descargo ético-filosófico por haber nombrado Director Nacional al adiestrador de Dylan.

Curiosidades nac&pop. El peronismo entendió las 20 toneladas de escombros lanzadas contra el Congreso en 2017 como una saludable muestra de consciencia cívica, pero leyó las 20 rocas revoleadas contra el mismo Congreso en 2022 como un atentado contra la patria. Clásica doble vara PJ que el docto Ministro Nacional de Seguridad sin duda interpretaría como los báculos de Aarón y Moisés, pero que para los legos en teología populista constituye la enésima fantochada de una pandilla de embaucadores de feria. Ínterin, con la clásica desubicación del tío copeteado que da las condolencias en un casamiento y felicita en un velorio, el presidente testimonial lanzó su proyecto de reelección en un momento donde la grieta nacional parece una tímida fisura ante la falla tectónica que parte por la mitad al justicialismo. Fracturado en lo político por una gestión bicéfala, dislocado territorialmente entre el Konurbano y el resto del interior, y pulverizado el control de la calle a manos de organizaciones sociales extorsivas que lo corren por izquierda, el gobierno le declara la guerra a la inflación cuando sólo atina a pelearse a muerte consigo mismo. En fin, desgarrado entre ensoñaciones de Teherán y nostalgias por Puerta de Hierro, el FDT que a cada paso se da un tiro en la pierna se condena a la torpe paradoja de ser un peronismo sin la más mínima unidad básica.   

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