lunes 15 de abril de 2024
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¿Un peronismo sin futuro?

En medio de la crisis desatada por la renuncia del ministro de Economíaun ministro que ya estaba condenado, a la espera de la ejecución – los argentinos nos preguntamos cuál será el próximo paso de este gobierno que no gobierna. El reiterado conflicto entre los deseos de la vicepresidenta que engendró a su delegado en el sitial de mando y un presidente que no interpreta bien el libreto que le asignó, paraliza todo. Los argentinos quedamos a la espera de un desenlace que nadie se atreve a vaticinar.

Al enojo y la decepción de una sociedad más empobrecida, se suma la incertidumbre sobre el día de mañana, sobre cómo la lucha de poder en los altos mandos seguirá minando las ya deterioradas condiciones de vida de todos los argentinos. Incertidumbre que no conoce la línea divisoria de la grieta.

Con la mitad de la población sumida en la pobreza, muchos se preguntan cómo hacer efectivos los derechos proclamados sin contar con los recursos necesarios; cómo llevar una vida digna con una inflación galopante que grava a los más desprotegidos y empobrece a todos. Mientras tanto, todos, sin excepción, somos espectadores del teatro de la ilusión montado por Cristina Kirchner.

En el discurso de inauguración de este segundo período de su mandato, Alberto Fernández prometió sostener el derecho a la esperanza. La esperanza significa proyectarse con la imagen de una nación en un futuro posible. La esperanza no llegó y el futuro es pura amenaza. El pesimismo domina en una sociedad que tiene motivos sobrados para no fiarse de la palabra presidencial. Transitamos el ciclo más largo de peronismo, que supera los años de Menen y de Perón en el poder. Pronto se cumplirán dos décadas y estamos en el pantano, sin avizorar soluciones y cada vez más hundidos.

El peronismo supo renovarse en sus diversas encarnaciones y ese fue su pasaporte a la perpetuidad. Supo reavivar la esperanza en un futuro promisorio, ya sea a través de reformas dolorosas como lo quiso el menemismo, o con la utopía regresiva fabricada por el kirchnerismo.

En ambas experiencias, la ilusión terminó enterrada por el desencanto. Antes de 1983, los gobiernos peronistas en crisis desembocaban en golpes militares. En 1955 y en 1976, fueron los militares los encargados de ponerles fin. Como en el poema de Cavafis, los bárbaros eran finalmente una solución… Con el retorno de la democracia, las respuestas a la crisis fueron político- institucionales: trasmisión adelantada del mando a Menem; salida parlamentaria a la crisis del gobierno de la Alianza. La democracia sobrevivió y la alternancia abrió nuevos ciclos.

Tras el mandato cumplido de Macri- un logro frustrado por décadas- el peronismo volvió al poder con el elegido de Cristina Kirchner. Un dirigente moderado y moderador proponía unidad y diálogo y aseguraba que con la democracia se come, se educa y se cura. Lo que Alfonsín no pudo, Alberto Fernández creyó poder. Y muchos argentinos le creyeron por encima de viejos clivajes. Esperanza renovada gracias otra gran trasmutación, esta vez bajo la forma de un presidencialismo bicéfalo destinada a combinar pasión y moderación.

En este segundo período presidencial se han agravado todos los males que arrastramos y nos hemos hundido en la desconfianza y el pesimismo. Ni la pandemia ni la reciente invasión de Putin a Ucrania dan cuenta del estado de situación en que nos encontramos.

La improvisación, la imprevisibilidad, la ineficiencia de esta gestión que malgasta los dineros públicos, están en la raíz del descalabro que ningún país vecino atraviesa a escala comparable.

La vicepresidenta no reconoce a este gobierno como suyo y busca cercarlo para imponer su voluntad, derrumbando e imponiendo ministros. Así estamos, sometidos a los cimbronazos de una lideresa que con el poder de fuego de sus palabras va consumiendo lo que resta de legitimidad a la investidura presidencial.

Acaso el peronismo ha gastado su capacidad de renovarse y devolver la esperanza. Todo gira en torno a la vicepresidente que disfraza de ideología una modalidad patológica de negociar para tomar distancia de la debacle que augura y atrapar un futuro libre de condenas.

Acaso esta versión del peronismo terminará liquidando la capacidad del movimiento de resistir el paso del tiempo, consumido por un liderazgo destructivo que no vacila en recrear crisis para preservar su poder. Mientras la incertidumbre se acreciente, las peleas de palacio ocupan el centro de la atención y condenan a la oposición a un rol de espectador impotente de un drama ajeno.

Cabe preguntarse si estamos en los albores de una reconfiguración del sistema de partidos, ordenado por décadas en la oposición entre peronistas y no peronistas. Chile vive el desafío de la reconfiguración de su sistema de partidos tras las protestas sociales de 2019.

Acaso los realineamiento partidarios surgirán aquí, desde arriba, motorizados por la crisis de un peronismo que no encuentra el modo de renovarse y renovar la esperanza, hundido como lo está por las miserias de sus dirigentes ante el desafío de rehacer el país.

Publicado en Clarín el 7 de julio de 2022.

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