menu
13 06 2022

Un mundo ni parecido


Autor: Rodolfo Terragno









El tweet no podía ser más terminante: “El trabajo remoto ya no es aceptable”. Quien no esté físicamente en la empresa, “al menos 40 horas por semana”, será despedido. La pandemia está cambiando al capitalismo: trabajar desde la casa se convirtió en una reivindicación laboral, que enfrenta reacciones empresariales.

La firma que amenaza a los teletrabajadores con el despido es la norteamericana Tesla, que tiene 99.290 empleados en “gigafábricas” repartidas en distintas del mundo. En cada una de ellas el teletrabajo provocará la dispersión del personal, y los directivos de Tesla creen que eso pone en riesgo la organización, la productividad, el control y la disciplina.

A mediano plazo, no podrán evitarlo. Tendrán que reconvertir y desarrollar métodos digitales de conducción que aseguren la eficiencia. En “Teletrabajo en el siglo 21”, Global Workpace Analytics estima que, en Estados Unidos, 56% de los empleos pueden ejercerse, siquiera parcialmente, de forma remota.

El teletrabajo también afectará a los sindicatos. Por un lado, las redes sociales han probado que se pueden organizar reuniones, reclamos y rebeliones digitales. Por otro lado, la dispersión hace muy difícil la unidad.

Las relaciones virtuales permiten que cada trabajador elija sus propios representantes.

Tesla es, por lo demás, parte de otro fenómeno que cambiará la economía mundial. Fábrica autos eléctricos de los cuales lleva vendidos 1.917.450. Si se diera lo que pronostica el analista Adam Jonas, de Morgan Stanley, dentro de cinco años Tesla sería superior a General Motors y Ford juntas.

Eso, sumado al desarrollo de las fuentes renovables de energía (que ya producen 29% de la energía del mundo), a mediano plazo pondrá fin al imperio del petróleo. La Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés) pronostica que la capacidad mundial de energía renovable crecerá 60% en los próximos años hasta alcanzar, en 2026, más de 4.800 GW, equivalentes a la actual capacidad de los combustibles fósiles y la fisión nuclear sumados.

Por otro lado, hay un fenómeno “antiguo” que ya ha cambiado gran parte de la economía mundial. Es la digitalización, que transformó desde la contabilidad de una empresa hasta el presupuesto de una nación. Y ha dado vuelta el mundo de las finanzas, reemplazando en gran medida los bancos y dominando las transacciones financieras nacionales e internacionales.

Un producto tecnológico, aun en fase experimental, la criptomoneda, podría dejar —junto con la adopción de dólar como moneda de curso legal— sin funciones a los bancos centrales. Con transacciones que no respetan fronteras y monedas en peligro, las tradicionales nociones de soberanía tambalean.

Las redes sociales, a la vez, están transformando las democracias, sometiendo a los gobiernos a una evaluación permanente, de un modo mucho mas perentorio que los medios de comunicación. Su poder movilizador es incomparable y da lugar a movilizaciones o aun revoluciones, como las de Túnez y Egipto.

Según el ranking de Forbes, hay en el mundo 365 multimillonarios tecnológicos. De ellos, ocho están entre los más ricos del mundo. El número uno de ese ranking de riqueza es Elon Musk, el CEO de Tesla.

Al cambio tecnológico se le suma ahora el geopolítico. La guerra de Estados UnidosOTAN contra Rusia, librada en Ucrania, tiene consecuencias en todo el planeta. El solo hecho de que Rusia bloquee la exportación de trigo de Ucrania (“granero del mundo”) y cierre el grifo de su oleoducto a Europa, está provocando una crisis alimentaria y otra energética que, además de inflación, en el corto plazo puede provocar desde hambrunas hasta un deterioro industrial en el mundo.

Esa acciones del ejército de Putin, y las sanciones de Occidente a Rusia, que en muchos casos son un boomerang, hacen temblar el orden económico internacional.

También tiembla el orden político. La unificación de Occidente (Estados Unidos + Europa), ha reavivado el temor a China, que está en vías de ser el país más poderoso del mundo.

Por ahora, China mantiene, con respecto a la guerra, una aparente neutralidad. Sólo muestra un implícito apoyo a la invasión de Ucrania cuando se niega a condenarla en Naciones Unidas.

No hay que olvidar que en febrero Putin y Xi Jinping declararon en un documento conjunto que “las nuevas relaciones entre Rusia y China son superiores a las alianzas políticas y militares de la era de la Guerra Fría. La amistad entre los dos Estados no tiene límites; no hay áreas prohibidas de cooperación”. Ese documento decía, con todas las letras, que ambos gobiernos, el chino y el ruso “se oponen a una ampliación de la OTAN”.

Si Rusia ganara la guerra frustraría esa ampliación. Si perdiera, China también se sentiría conjuntamente derrotada y eso incendiaría los relaciones con Occidente.

Hay otros temas que pueden provocar ese incendio. El presidente Joe Biden, ha advertido que, si China intentara tomar Taiwán, Estados Unidos intervendría militarmente. Una guerra chino-norteamericana se convertiría rápidamente en una guerra generalizada.

En cualquier caso, Occidente pretende frenar el ascenso de China. Biden viajó en mayo a Tokio para firmar, con doce gobiernos, el “Marco Económico para la Prosperidad en el Indo Pacifico”, teóricamente destinado a promover la cooperación en economía digital, logística, energía verde y anticorrupción. Pero Biden dejo caer, en conferencia de prensa, el verdadero propósito: “Juntos, podemos ganar la competencia del siglo 21”. El competidor es, por supuesto, China.

Teletrabajo, bancos que desaparecen, transacciones sin fronteras, autos eléctricas monedas reemplazables, desdibujamiento de las soberanías, redes sociales que transforman la democracia, una guerra que puede provocar hambrunas, industrias sin energía, la partición del mundo en dos… todo conforma un mundo distinto, que era embrionario a fines del siglo 20 y hoy tiene un imprevisto desarrollo. 

Publicado en Clarín el 12 de junio de 2022.

Link https://www.clarin.com/opinion/mundo-parecido_0_1c51S5zh1o.html