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27 04 2022

Un mundo a la deriva


Autor: Alejandro Garvie









El reciente triunfo de Emmanuel Macron en Francia lo deja como líder globalista de una Europa jaqueada por la ultraderecha y la guerra en Ucrania que parece ser la crisálida de la Tercera Guerra Mundial. ¿Qué más hay en el menú?

El resoplido de alivio de Bruselas y de muchas capitales de la UE se escuchó hasta China, luego de que Marine Le Pen perdiera las elecciones – aunque con muchos votos – a manos de Macron, el último domingo. Sin embargo, la ausencia de Angela Merkel o la de otros líderes regionales deja bajo su responsabilidad el liderazgo europeo para hacer algo más que “gestionar” la crisis y pasar a la acción, encontrando un camino de consensos y de políticas públicas que refloten la utilidad de la UE para sus ciudadanos, aquellos que han sido atraídos hoy por el discurso primitivo de la derecha.

Macron ha construido en su primer mandato una base importante de poder: nombró a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y se sabe que es muy cercano al presidente del Consejo Europeo, Charles Michel. Después del Brexit, Francia es también el único miembro permanente de la UE en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y su única potencia nuclear, lo que le da a París una voz potente en las discusiones diplomáticas, a la vez que la energía nuclear la hace independiente de ese recurso estratégico, al contrario de Alemania.

Ese poder también abre los recelos acerca de la reedición del pasado imperial de la quinta República. Pero lo cierto es que el mundo se precipita a una multipolaridad conflictiva en la que acumular recursos parece ser la jugada de los líderes que están dejando en forma acelerada los modales democráticos para dejar al descubierto la siempre velada trama del poder real.

Donald Trump en los EE.UU. sigue liderando al partido Republicano y desafiando a la justicia que lo acusa de haber incitado la toma del Capitolio como forma de resistir la derrota electoral en claro desafío a las reglas de la democracia. Ese mismo líder, comulgaba con los autócratas más impresentables del mundo, haciendo gala del “encanto” que ejercía sobre ellos, y viceversa. De no mediar nada raro, luego de la derrota previsible de los demócratas en las elecciones legislativas de este año, Trump volverá a presidir la Casa Blanca.

El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, va por su quinto mandato, y el primer ministro holandés, Mark Rutte, transita su cuarto gobierno. Putin será líder ruso hasta que muera, lo mismo que Xi-Jinping. Ninguno de estos líderes está muy impresionado de que Macron se haya convertido en el primer presidente francés en ser reelegido desde Jacques Chirac, en 2002.

El 14 de este mes Kristalina Georgieva, presidente del FMI, en un texto titulado “Una crisis tras otra: Cómo puede responder el mundo”, traza un panorama sombrío en la que se destaca la desintegración del mundo globalizado: “Estas dos crisis —pandemia y guerra— y nuestra capacidad para enfrentarlas se ven complicadas por otro riesgo creciente: la fragmentación de la economía mundial en bloques geopolíticos, con diferentes normas comerciales y tecnológicas, sistemas de pagos y monedas de reserva. Ese cambio tectónico acarrearía penosos costos de ajuste. Las cadenas de suministro, la I+D y las redes de producción se quebrarían y sería necesario reconstruirlas. Los países y las personas pobres sufrirán lo peor de estas dislocaciones. Esta fragmentación de la gobernabilidad mundial podría ser la amenaza más grave para el marco basado en reglas que ha regido las relaciones internacionales y económicas durante más de 75 años y que ha contribuido a mejoras significativas de las condiciones de vida en el mundo entero.”

No vemos en el horizonte líderes a la altura de las circunstancias. El ataque de Moscú a Ucrania -preemption dirían los estadounidenses si hubieran sido ellos los agresores– ha empeorado con el envío masivo de armas para que los ucranianos se defiendan y junto a las medidas económicas de castigo, Moscú acaba de cerrarle la válvula del gas a Polonia, en clara muestra de lo que le podría pasar al resto de Europa. El canciller Lavrov no trepida en hablar del uso de armas nucleares tácticas.

¿Puede China aportar un poco de luz a este asunto? ¿Puede ofrecer un orden mundial atractivo? Un “no” cae de maduro. Y en ese conjunto patético de desatinos, los países periféricos poco tienen para decir o hacer.

En su texto, Georgieva, desde el escritorio de una institución en decadencia, repite algo que hemos escuchado hasta el cansancio, pero que no parece tener eco en los resultados que están a la vista: “En un mundo en el cual una guerra en Europa causa hambre en África, en el cual una pandemia puede propagarse por todo el planeta en cuestión de días y reverberar durante años, y en el cual las emisiones generadas en cualquier parte hacen subir el nivel del mar en todas, es imposible exagerar la amenaza que el colapso de la cooperación mundial encierra para la prosperidad colectiva. El único remedio eficaz para estos riesgos es la cooperación internacional. En ella radica nuestra esperanza de un futuro más equitativo y más resiliente. Y esa es nuestra obligación.”

Volvemos a Macron para resaltar que, tal vez, la historia le tenga reservado un lugar más significativo que el que él mismo se imagina.