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14 03 2022

Un hombre solo no puede


Autor: Rodolfo Terragno









Era el año 1240. Para invadir Kiev, el tártaro Batu Khan tuvo que vencer la impensada y heroica resistencia del Comandante Militar de la ciudad, Voivode Dmitr, y el pueblo kievano. Dmitr había pedido reiterada e infructuosamente la ayuda del Reino de Hungría, y decidió conducir la defensa de la ciudad por sí solo.

Una gran muralla protegía a Kiev, pero Batu dedicó siete días a catapultar una puerta y, cuando logró derribarla, entró con su horda. Los hombres de Kiev sólo tenían lanzas y hachas, pero lucharon a muerte con el invasor. Batu destruyó templos, saqueó monasterios y apenas dejó 600 casas en pie. De los 40.000 habitantes solamente quedaron 2.000; la mayoría fue exterminada, algunos cayeron prisioneros y fueron convertidos en esclavos.

Kiev (y Ucrania en general) han sufrido, a lo largo de siglos, numerosas invasiones.

El primero en invadir la ciudad, que estaba en poder de los jázaros, fue el varego Oleg de Nóvgorod, en 882. Durante los siglos que siguieron, Kiev fue invadida y reconstruida una y otra vez.

Stalin tuvo, en el afán de rusificar a Ukrania, un método no militar de invadirla. Les quitó a los granjeros sus granjas, y cuando estos se alzaron contra la colectivización, dejó de proveerle granos a la gente, hizo vaciar los graneros y mandó a incautar comida en las casas. Provocó así una hambruna que mató a millones.

En ucraniano, ese período se conoce como Holodomor (= matar de inanición) y se lo considera un genocidio. Con anterioridad a la hambruna, Stalin había hecho una purga de nacionalistas ucranianos, a los que llamaba “nacionalistas burgueses”.

Hitler invadió Kiev en 1941. Su ejército debió librar, para eso, una feroz batalla que duró 80 días, y finalmente entró en la ciudad a fin de septiembre. El 5 de octubre hizo emitir un bando que decía: “Todos los judíos residentes en Kiev y sus alrededores deben presentarse mañana lunes a las ocho de la mañana en la esquina de las calles Melnikovsky y Dokhturov. Deben portar sus documentos, dinero, objetos de valor y también ropa de abrigo. Cualquier judío que no cumpla estas instrucciones y sea encontrado en algún otro lugar será fusilado”.

Los judíos que acudieron al llamado fueron llevados a un barranco, conocido de como Babi Yar, donde se los masacró. Hitler eliminó así a 33.771 judíos. En aquel barranco ya había fusilado a gitanos y dementes, a quiénes consideraba “basura humana”.

El compositor Dmitri Shostakovich rindió honores a las víctimas del Holodomor con su sinfonía número 13, llamada precisamente “Babi Yar”. El cineasta Sergei Loznitsa lo hizo con su ensayo documental “Babi Yar. Contexto”.

He atribuido ex profeso cada una de esas atrocidades a un individuo, como se hace frecuentemente. Ni Batu Khan, ni Stalin, ni Hitler, pudieron ser autores únicos de esos hechos. No hay persona que, por sí sola, pueda hacer que se borren ciudades del mapa, se provoquen hambrunas artificiales o se desate un genocidio. Los tres eran cabezas de grandes maquinarias de poder, y contaban con una parte de sus respectivos pueblos.

Hoy se dice que Putin “invade”, “se enfrenta a Europa”, “provoca una crisis mundial” y “amenaza con una guerra atómica”.

Putin, solo, no habría podido causar una guerra injustificada, atacar centrales nucleares, desafiar al mundo entero y dejar a su país aislado, sin moneda, con empresas que se fugan, con comercios que cierran y con 144 millones de rusos sufriendo una tragedia que condena a los pobres a la inanición y a los ricos a la pérdida de sus fortunas.

Hay una tendencia a ver la acciones de los dictadores como si tuvieran autonomía para obrar a voluntad. En América Latina, el caso más notable de esta personalización es Pinochet. Las dictaduras suelen ser consideradas consecuencia de la perversidad, el delirio o la psicopatía de una persona.

El aparato militar ruso fue preparado durante años para invadir. Según algunos expertos Rusia está hoy, en materia de armas convencionales (entre otras, tanques, artillería pesada y helicópteros de combate), más equipada de lo que estaba la Unión Soviética. De hecho en los últimos 15 años las fuerzas armadas rusas multiplicaron ese poderío militar convencional.

Semejante crecimiento estaba destinado (no podría ser de otra manera) a la ocupación territorial. No faltan quienes lo consideren un anacronismo. Creen que las guerras territoriales son típicas del siglo 20 y ya estaban superadas. Lo piensan porque tienen en cuenta sólo a Europa, y no al resto del mundo. El propio ejército ruso se expandió este siglo para ocupar países, o partes de países, e intervenir en guerras ajenas en las cuales también se disputaban territorios .

La invasión de Ucrania fue precedida por la actividad de ejércitos rusos en Chechenia (1999, prólogo del siglo 21), en Georgia (2008), en Kirguistán (2012), en Crimea (2014), en Siria (2015) y en Kazajistán este año, un mes antes de la presente guerra.

Hay en el sistema de poder ruso una extendida vocación de grandeza, heredera de los zares y de la Unión Soviética, y un deseo de recuperar territorios que estuvieron bajo el régimen comunista.

Putin expresa y lidera ese modelo. Poner en la cabeza de una persona la causa de un proceso histórico mueve al odio, pero también a la admiración. Ocurre con Napoleón. Y en América latina con los libertadores.

Un libertador puede liderar con visión y estrategia, impulsando o acelerando la conquista de aquello que la sociedad quiere o acepta. No puede hacerlo si no tiene detrás la voluntad de la población (o de una parte de ella) y una gran fuerza militar.

Todo acontecimiento político o militar obedece a antecedentes históricos, realidades sociales, cantidad y calidad de factores humanos y objetivos suficientemente compartidos. Es una obra que requiere pluralidad de actores, de los cuales el líder es el protagonista. Como en la ópera de Rossini, en política nacional o internacional, “una voce poco fa”.

Publicado en Clarín el 13 de marzo de 2022.

Link https://www.clarin.com/opinion/hombre-solo-puede_0_s5cr20LTMv.html