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25 11 2021

Un conflicto en mal estado


Autor: Fabio Quetglas









Cada vez más frecuentemente se suceden hechos de violencia en el sur del país que involucran a grupos que se autodefinen como pueblos originarios.

En un estado de derecho, el ejercicio de la violencia es monopolio del poder público y bajo las condiciones que la Ley establece. Es inaceptable apelar a ella en nombre de cualquier clase de reivindicaciones.

La ausencia de una condena clara al uso de la violencia por parte del oficialismo constituye una desatención severa de su deber de garante del orden público.

Argentina tiene demasiados problemas para sumar además una visión condescendiente con actitudes que lesionan la convivencia y alientan tanto prácticas políticas peligrosas como respuestas desproporcionadas.

Tiene arraigo constitucional el derecho de los pueblos originarios; lo que no tiene ningún respaldo es eludir las vías pacíficas en las gestiones o reclamos, desconocer la soberanía nacional, alterar la paz social, chantajear a los pobladores arraigados, etc.

Es lamentable que la necesaria reparación que merecen los pueblos originarios se vea mezclada por la iniciativa violenta de algunos grupos y también por la falta de profesionalidad y jerarquía que han mostrado los organismos públicos frente a este tipo de dinámicas. En vez de constituirse en garantes de derechos y de la consolidación de una sociedad pluralista, lo que lograron con sus omisiones y dilaciones, es hacer el triste papel de cómplices. Al mismo tiempo, romantizan acciones y discursos antisistema, justificando de ese modo la violencia sobre otros ciudadanos y ciudadanas y un sinfín de bienes públicos.

La Ley 26.160, sancionada en 2006, se propuso censar a las comunidades de pueblos originarios y apenas realizó un 40% del trabajo en una década y media. A este ritmo concluirían en el 2044. El Frente de Todos ha sido oficialismo 11 de los 15 años, no puede mirar para otro lado.

A modo de comparación, el gobierno de Cambiemos se propuso censar más de 4000 barrios populares en todo el país y con decisión política, acuerdos y recursos, concluyó la tarea en 2 años.

Cuando le pregunté a los funcionarios del área cuáles eran los criterios para determinar la condición originaria de las comunidades y su inclusión en el censo, elemento central para determinar su seriedad, sus respuestas navegaron en la vaguedad más absoluta.

El problema que abordamos combina una amenaza violenta emergente, con una insuficiencia estatal alarmante. Sencillamente, Argentina carece de una política para los pueblos originarios. El Estado argentino no tiene visión, prioridades, ni sentido de la acción pública. Tenemos una oficina que reproduce todos los estereotipos y clichés que garantizan un escenario limitado excluyentemente a la gestión, errada, de las tensiones.

Con todo, lo más grave es desconocer la verdadera dimensión del problema. La aldea global esta regada de conflictos socio territoriales, reivindicaciones nacionales y pedidos de secesión. Con mayor o menor fundamento, con distintos recorridos históricos y con particularidades indudables, un hilo conductor une tensiones de origen post-medieval (Escocia, Flandes, Catalunya, Bretoña, etc.), otras vinculadas a la conformación moderna de los Estados (Quebec, Palestina, etc.), situaciones de alta especificidad y complejidad internacional (Kurdiztan), e incluso en nuestra América Latina, tradicionalmente estable en términos territoriales, han crecido movimientos secesionistas en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) y Guayaquil (Ecuador).

La carencia de una política de estado clara, puede constituir la antesala de una amenaza a la paz por décadas.

La experiencia internacional indica que se necesitan iguales dosis de sensibilidad y estrictez. Sensibilidad en el reconocimiento de las diferencias, estrictez en el cumplimiento de las Leyes. Ese equilibrio debe ser un atributo ineludible del gobierno, a riesgo de pendular entre la sobreactuación y el abandono.

La sociedad de redes le da una visibilidad inusitada a este tipo de conflictos, y muchos de ellos se sostienen en función de dicha visibilidad ajena a toda lógica local.

Frente a ese escenario, el gobierno argentino responde con chicanas a los gobernantes provinciales, abandono a los pobladores locales, silencio frente a la violencia y ceguera frente a un proceso de desafío al poder público.

Existen más de 1700 comunidades en Argentina, las señales oficiales hasta hoy son desatender al 98% de las mismas, ignorar los reclamos de ciudadanos afectados y reivindicar su rol burocrático, en vez de poner foco en la resolución de problemas, en la generación de mejores condiciones de vida.

La situación es lo suficientemente compleja como para abordarlo sin una visión clara, perspectiva política e instrumentos técnicos. No dejemos que la desidia y la improvisación hagan crecer este conflicto sobre la espalda de una sociedad agobiada de tanta ligereza.

Cuidar a los pueblos originarios también empieza por condenar la violencia, garantizar el orden y hacer políticas que atiendan sus necesidades y no un relato vacuo y lamentablemente peligroso.

Publicado en La Nación el 25 de noviembre de 2021.