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Opinión 12 03 2021

Un cacho de cultura


Autor: Esteban Lo Presti









Elsa Kelly, Jorge Asis, Leopoldo Torres Agüero, Carlos Alberto Floria, Lucio García del Solar, Abel Posse, Juan Archibaldo Lanús, Miguel Ángel Estrella, Rodolfo Terragno y Pino Solanas. Estos nombres componen un seleccionado de escritores, intelectuales y embajadores prestigiosos de carrera que comparten un privilegio: fueron quienes representaron al país ante la UNESCO desde el retorno a la democracia en 1983.

Más allá de posiciones ideológicas o políticas nadie puede dudar del prestigio intelectual o de su idoneidad para el cargo.

La UNESCO es la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, un organismo especializado de las Naciones Unidas creado en 1946, con sede en París desde 1958. Según un rápido repaso en internet se dedica a “orientar a los pueblos en una gestión más eficaz de su propio desarrollo, a través de los recursos naturales y los valores culturales, y con la finalidad de modernizar y hacer progresar a las naciones del mundo, sin que por ello se pierdan la identidad y la diversidad cultural. La UNESCO tiene una vocación pacifista, y entre varias cosas se orienta muy particularmente a apoyar la alfabetización. En la educación, este organismo asigna prioridad al logro de la educación elemental adaptada a las necesidades actuales. Colabora con la formación de docentes, planificadores familiares y vivienda, administradores educacionales y alienta la construcción de escuelas y la dotación de equipo necesario para su funcionamiento. Las actividades culturales buscan la salvaguarda del patrimonio cultural mediante el estímulo de la creación y la creatividad y la preservación de las entidades culturales y tradiciones orales, así como la promoción de los libros y de la lectura. En materia de información la Unesco promociona la libre circulación de ideas por medios audiovisuales, fomenta la libertad de prensa y la independencia, el pluralismo y la diversidad de los medios de información, vía el Programa Internacional para la Promoción de la Comunicación”, según describe Wikipedia.

Nuestros últimos tres embajadores allí fueron el prestigioso pianista y referente de los Derechos Humanos Miguel Ángel Estrella; uno de los dirigentes políticos más importantes de las últimas décadas, el exsenador, abogado y periodista Rodolfo Terragno (en quien pensó García Márquez cuando quiso fundar un diario y que propuso nuestras Rutas Sanmartinianas como Patrimonio de la Humanidad) y el cineasta Fernando Pino Solanas, quién pasó parte de su exilio en París, ciudad que lo inspiró para su película más ecuménica: El exilio de Gardel.

De las pocas cosas que se pueden rescatar del kirchenrismo fue justamente la idea de que para representar al país ante semejante organismo se eligió a dos personas con las que se podía disentir políticamente (mucho) pero a la vez intachables en su rol de representantes culturales.

La prematura muerte de Solanas, a poco de asumir su tarea de Embajador, dejó uno de los destinos diplomáticos más codiciados vacantes.

La selección del Canciller de una administración y de los embajadores políticos (la ley permite que el presidente pueda seleccionar hasta una treintena por fuera del cuerpo de embajadores de carrera) expresa el rol que un gobierno quiere ocupar en la arena internacional. De por si, Alberto Fernández ya había demostrado el tipo de respeto que tiene por el mundo al elegir un Canciller que no habla el idioma de la diplomacia internacional, tal vez el único caso en la historia reciente de nuestro país.

Tampoco demostró control total de dicha área de gobierno (como en tantas otras…) cuando la designada embajadora en Rusia renunció aun antes de conseguir su aprobación en el Senado pegando un portazo y maltratando al primer mandatario, con la venia y protección de la Vicepresidente de la Nación. En la misma línea, el embajador ante la OEA muestra en cada votación que no responde a las instrucciones ni del presidente ni del Canciller.

La selección del embajador en España, entre los cinco destinos más importantes y al que en general se asigna un representante político, racayó a título individual en un dirigente de otro partido, pero no como una demostración de consenso y con la intención de tender puentes sino más bien como un intento de generar internas, algo que no sucedió dada la (in)trascendencia del designado.

El renunciado ministro de Salud iba a ocupar la embajada de Colombia, pero las últimas noticias dan cuenta que declinó el cargo. Lo mismo hizo la exministra de Vivienda, a quien también se le ofreció la embajada en UNESCO. Evidentemente, la suerte y el olfato presidencial le juega una mala pasada a Alberto, a quien también le renunció, antes de viajar (y en este caso por entendibles razones de salud) el embajador elegido para Perú.

Con estos antecedentes no sorprende el destrato que la administración de Fernández ofrece a la UNESCO, proponiendo a su exsocia y exministra de Justicia como embajadora ante ese organismo, alguien de quien no ponemos en duda su capacidad para administrar expedientes judiciales, pero sin ningún antecedente en el campo de la cultura, el desarrollo, la ecología o la tecnología.