martes 21 de mayo de 2024
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Un año y un país fracturados

El primer año de gobierno de Alberto Fernández se cumple  en torno a circunstancias complejas, provenientes  de un larga  decadencia integral  y desentendimientos políticos. No hemos construido ni gozamos una dinámica  de reglas de juego para administrar las diferencias del pluralismo constitucional.  Hay antiguas y profundas divisiones  que   han impedido una vida democrática eficaz.   

Ignorar el sonido de todas las alarmas y el llamado del momento  e insistir ciegamente unos y otros sobre triunfar o derrotar, implica una condena irremediable. La sociedad está fracturada. En carne viva: sólo empobrecimiento y retrocesos. Como se sabe,  las fracturas abiertas o expuestas, son las más peligrosas ya que comportan riesgo de infección y de hemorragia agravantes. Ante la situación nuestro deber elemental es esforzarnos en evitar la propagación de esos efectos.   

Conociendo tales precariedades y amenazas, sería justo quizás concentrarse sobre la incontinencia verbal del Presidente- y sus naturales deseos de serlo- con  observaciones capitales sobre su primer aniversario.  ¿Acaso rediccionarlas hacia  la Vice presidenta, sus intenciones o su  poder ? Y, yendo más allá, sobre el kirchnerismo? Y ahondando más aún ,sobre el peronismo? Sin desconocer ambigüedades, contradicciones  y abusos, no lo creo, salvo que escapemos  al pasado y a nuestras propias responsabilidades como miembros de otras expresiones de la vida política.  En mi caso, de la Vecchia Signora, la Unión Cívica Radical.   

Cada cual sostiene sus símbolos gubernativos más queridos:  Perón, Evita, Cámpora, Menem,  Duhalde, Kirchner;  Yrigoyen, Alvear, Frondizi, Illia y Alfonsín. Otros incluirán a Macri. La justicia social, la comunidad organizada, el movimientismo. Libertad e igualdad, los partidos políticos. La modernidad y la seguridad. No es una enunciación exhaustiva. Es un esbozo de ciertos valores ideales que han convivido con tropiezos.   

Ocurre ahora que -con mayor o menor claridad-, trascienden posturas  extremas que tensionan la fina cuerda institucional, y ponen en discusión el cambio de  la Constitución,  del régimen de representación y de gobierno, la república –por vetusta-, y quienes las sostienen como esenciales. De un lado se levanta la voluntad popular interpretada por un liderazgo personal legitimado, mientras del otro se menciona el consenso entre los diversos.  Existe una gran distancia en las propuestas geopolíticas. 

En tiempos progresivos y plurales, todo puede discutirse, pero no debería serlo a los pechazos, al menos en un estado de derecho. Algún observador podría decir con ironía que se trata de la encrucijada entre un  populismo perturbador y un neoliberalismo trasnochado, que no encuentran un ring ni reglas comunes que los aproxime, mientras se palpa el desastre de  los resultados producidos por la incomunicación  infructuosa.   

Ante las situaciones graves, la primera reacción de los responsables y de la sociedad, debería ser admitir la  realidad,  y asumir la urgencia en aliviar el sufrimiento colectivo, ahora y mañana. Los mentados Acuerdos de la Moncloa (1977) fueron precedidos de ese reconocimiento por  todos: desde la extrema derecha, a la extrema  izquierda, el centro, sindicatos y empresarios. Se mostraron capaces de sumar renunciamientos parciales en aras de una esperanza responsablemente compartida, consagrada finalmente por el Parlamento.  

Como en el poema del gran Borges, ante el precipicio de la discordia final tomaron la extraña resolución de ser razonables,  públicamente responsables de lo acordado, y de su fiel concreción. Por qué y para qué  sacrificaron sus soberbias individuales ?, porque para discutir las políticas de corto plazo es indispensable iniciarlas con un acuerdo  sobre objetivos de largo plazo que permitan estabilidad sustentable, con vistas a afrontar un programa de saneamiento y reforma económica y, en paralelo, un programa de actuación  política y jurídica.  

Crisis económica, colaboración política, consenso, renuncia, socialización democrática, economía con rostro humano y reconciliación, entre otros, son los términos que formaron parte del mapa conceptual que alentó aquellos pactos, iluminó sus preliminares y permitió alcanzarlos.   

Todorov  enseña  que “El miedo a los bárbaros es lo que nos arriesga a convertirnos en bárbaros” y que la sola lucha a raíz de odios antiguos, impide olvidar un poco las diferencias para poder vivir mejor y en paz. En otro grave momento de nuestra historia, no haberlo comprendido condujo al terrorismo de estado. Es tiempo de apagar los rencores y hacer mejor uso de la energía liberada con ello.   

Muchas son las dudas que merodean en torno a quienes pueden impulsar una verdadera cultura de pacto y consenso, y aún no lo hacen. Es cierto que –como sugirió Luis Alberto Romero  y según interpreto- el momento histórico  pone al kirchnerismo en el callejón,  al peronismo en una encrucijada y a la oposición en lograr salir del peso de la confusión. Pero sería muy bueno que al concluir su primer año de mandato, como gran catalizador,  el Presidente invite y ejerza lealmente la  responsabilidad de comenzar a transitar la discusión de entendimientos básicos.   

Nadie perdería con ello, las instituciones y la política se prestigiarían. El pueblo sería menos infeliz, y podría confiar en un futuro más justo y eficaz para todos los argentinos, en medio de las turbias  emergencias mundiales. No se gana ni gobierna en solitario. Mucho menos el reconocimiento de la historia. Las visiones y actitudes de grandeza moral se acompañan del respeto de todos.   

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