miércoles 19 de junio de 2024
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Un acelerado, y forzoso aprendizaje, de lo que es la política

El primer gobierno desde 1983 que no ha conseguido aprobar ninguna ley en seis meses, se repite. Y se presenta el hecho como inusitado, mientras se proyecta una mirada severa hacia el supuesto culpable, el Congreso. A pesar de que las cámaras han trabajado como nunca. Esta inefectividad es obvia, pero también es obvio, y suele omitirse, que, a. los votos dispusieron una distribución desigual, facilitada por las reglas electorales y la presente morfología política de los partidos. Las mayorías en el Congreso, y la composición de los ejecutivos provinciales, no se corresponden con las preferencias electorales para el Ejecutivo nacional; b. apenas comenzado, el gobierno lanzó una batería de iniciativas legislativas nítidas y a suerte y verdad (con trazos dudosamente constitucionales), de alcance y profundidad descomunal, envergadura excepcional que habría de condicionar el proceso y los resultados de la formación de las leyes; c. encaró las negociaciones con las cámaras en una tesitura muy poco edificante: harto de antemano de tener que soportar a la casta, intentando imprimir al proceso su propia urgencia, indignado de que diputados y senadores no comprendieran la dramaticidad “del momento” y lo imperioso de aprobar la batería tal cual esta había sido enviada por el Ejecutivo, y haciendo gala de una notoria falta de destreza o conocimiento de la normativa parlamentariaEs curioso el estupor con que muchos observan las dificultades del PE frente al Congreso. Si es inédito que el Ejecutivo no haya conseguido la aprobaninguna ley hasta ahora, también lo es que la tarea parlamentaria haya estado caracterizada por estos rasgos. Es ingenuo separar una cosa de la otra. 

Destaco un mecanismo que engloba el proceso descripto, tópico ineludible de la concepción tecnocrática, o burocráticoautoritaria, de la política. Esta concepción tiene, digamos, un trauma con lo político, que la lleva a una rotunda intransigencia de brazos cruzados para con este. En el fondo, la única política admisible es la decisión excluyente. El Ejecutivo y sus órganos técnicos, burocráticos, y de producción de policy, sus policy makers, saben lo que hay que hacer. Ellos no tienen la culpa (¡desde luego!) de que la morfología constitucional distribuya el poder institucional escanciando los odres de la división republicana y federal de poderes. Pero están convencidos de que los representantes de esos poderes básicamente no deben meter sus narices en lo que hacen. El Ejecutivo y sus policy makers tienen la mejor de las intenciones, y si las cosas no les salen bien, entonces hay sobre qué y quienes endilgar la responsabilidad y las culpas. Sobre la política. El diseño (v.g. un proyecto de ley) no tiene defectos, es el correcto. Si la política no entiende, es la responsable de los resultados. Hay, en esta forma de ver las cosas, un problema – admitido entre dientes – con la democracia representativa. Y esto explica que presidentes de mentalidad autocrática reúnan la insularidad en la elaboración de iniciativas políticas, con contextos populistas y prácticas plebiscitarias – y a amenacen recurrir a referéndums, que no son otra cosa que poner masas en la calle. En el caso de la Argentina de hoy, pueden nadar en la cresta de la ola: el horrible pasado K condensa todo aquello que para una inmensa mayoría de argentinos es epítome de la decadencia y de una catástrofe social y económica que está dispuesta a dejar atrás pagando un alto precio. 

En contexto tan propicio, la concepción burocráticoautoritaria se descarga de su propia responsabilidad, echándola sobre la política (la casta, el nido de ratas, etc.). Tendríamos mejores opciones si se desplazara ella misma a ese campo que percibe hostil. Hace décadas que buenos políticos y buenos policy makers en el mundo occidental, trabajan en base a conceptos no por elusivos menos útiles, tales como viabilidad política y sostenibilidad políticagobierno eficaz y democrático. Son conceptos caracterizados por una pincelada de escepticismo, pero no del pesimismo esencial de la concepción tecnocrática frente a la política. Viabilidad, sostenibilidad, y eficacia democrática, redistribuyen la política, evitando enfoques tecnocráticos y excluyentes. Se interrogan, desde el vamos, por las condiciones políticas de formulación e implementaciónque entran en el propio diseño de las policy. La política deja de tener un papel puramente pasivo, obediente. Este tipo de formulación de política requiere destreza, experiencia y paciencia democrática. Cosas ajenas a la impaciencia tecnocrática. 

La crisis, la enorme cantidad de intereses conservadores y de minorías intensas y de aquellos que, justificadamente o no, procuran depositar los costos del cambio sobre otras espaldas, las características complejas de nuestro federalismo, y la necesidad de recomposición del estado, empujan hacia una fórmula – decisionismo y urgencia – que conjuga la mentalidad autocrática y la exclusión de actores. Si el tratamiento dispensado al Congreso ha sido emblemático de ello, este proceder no ha arrojado resultados y este fracaso lleva, naturalmente, a culpar a todos los que fueron excluidos. Quisimos hacer lo que sabemos que es debido; si las cosas no salieron bien, nos lavamos las manos. La buena noticia es que las peores alternativas no están en la agenda política. 

¿Tenemos, en los días que transcurren, un aprendizaje a la vista? ¿El cambio de la composición del gabinete junto a un incierto avance en el proceso legislativo lo indican? Tengo mis dudas.

Publicado en Clarín el 7 de junio de 2024.

 

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