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15 09 2020

Trump acorralado


Autor: Alejandro Garvie









Con todas las encuestas en contra, con la economía que no repuntará en la medida de sus esperanzas, con el COVID cerca de alcanzar los 200.000 muertos, en estados en donde se ha prohibido (Florida) dar estadísticas de contagiados y enfermos en las escuelas, la administración Trump va rumbo a una derrota segura.


Los mormones acaban de soltarle la mano por “herético”, y los evangelistas – decisivos en la votación de 2016- le están restando su apoyo. Los actos de campaña – en los que Trump siempre se luce – están diezmados por la pandemia, aunque en Clark (Nevada) realizó uno, bajo techo, que  contó con miles de simpatizantes sin máscara y apiñados, una violación de las reglas Covid-19 del estado. Por otro lado, sabemos que la política exterior no gravita – salvo guerra – en el electorado norteamericano, por lo que postulación de Trump al Premio Nobel de la paz no mueve la aguja.

Este estado de cosas y su continuidad harán trizas su reelección. Trump necesita un evento inesperado, un cisne negro que tuerza el rumbo inevitable hasta aquí. Esto explica la prédica incendiaria del blondo presidente – acusó a Biden de drogadicto, senil, comunista, etc. - y la fuerte actividad en las redes sociales, tal como lo hiciera en 2016.

Como entonces, los agentes rusos han perfeccionado sus estrategias y están inundando las redes con cuentas falsas y avivando las divisiones raciales, la conflictividad policial y sembrando teorías conspirativas como la reciente QAnon. Hasta ahora, en la campaña 2020 no se ha presentado algo similar al pirateo masivo y el posteo de documentos confidenciales que socavaron la candidatura de Hillary Clinton en momentos clave durante la campaña de 2016. Una vez consumada, la CIA culpó al Kremlin de mellar a la candidata demócrata y empujar a Trump hacia la Casa Blanca. ¿Cómo ayudará el presidente a la Fortuna –en términos de Maquiavello– para lograr sus propósitos? No lo sabemos, pero estamos seguros que no se quedará de brazos cruzados y que cuenta con todos los recursos de un presidente norteamericano. Si como candidato jugó con los rusos ¿Qué no haría hoy desde el lugar de poder que tiene?

"Una cosa que sabemos que sucedió en 2016 fue que Rusia, particularmente con información errónea y desinformación, trató de exacerbar esas divisiones que vemos desarrollarse en tiempo real en Estados Unidos", dijo a la audiencia el vicepresidente de Inteligencia del Senado, Mark Warner en una conferencia de ciberseguridad, la semana pasada. "Me preocupa mucho que en estos últimos 50 días Rusia trate de exacerbar ese tipo de divisiones raciales nuevamente", declaró para Politico. No obstante, la influencia de los rusos no fue directa, no alteró el escrutinio por medios electrónicos, sólo buscó influenciar a los votantes para que apoyaran a Trump.

Ahora, a los rusos se suman los chinos e iraníes, en un pelotón que fija sus cañones en sembrar dudas sobre la legitimidad de las elecciones, asunto que ambos candidatos han puesto sobre la mesa. En un discurso en agosto, el presidente Donald Trump proclamó: “La única forma en que vamos a perder esta elección es si la elección está amañada”. El mes anterior, Joe Biden declaró que al desalentar a los votantes a emitir boletas por correo, Trump “intentará robar indirectamente la elección”.

Sin embargo, la mayor amenaza de este año pueden ser los propios estadounidenses. Muchos se han abonado a una avalancha de ideas marginales y fake news en un grado que puede empequeñecer esos esfuerzos extranjeros. Un documental estrenado por Netflix, esta semana (El Dilema de las redes sociales) explica muy bien este mecanismo vinculado al poder ilimitado de las tecnológicas.

Los extremistas en los EE.UU. replican la estrategia rusa de 2016, incluida la creación de trolls para lanzar falsedades ante las cuales poco se puede hacer cuando se viralizan e influencian sobre las personas. Los ciudadanos norteamericanos ya están bastante alterados por la pandemia, el colapso económico consecuente y la incertidumbre existencial, por lo que son proclives a las teorías conspirativas y al relativismo más extremo, situación que pone en peligro la democracia misma, en ese país.

Mientras esto sucede, Trump lanzó en Nevada una frase que sólo augura un agravamiento de las cosas: “Ya no tengo que ser amable”, declaró.

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