miércoles 28 de febrero de 2024
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Triunfo deportivo y reflexión política

Entre el domingo 18 de diciembre en que nuestra selección de fútbol obtuvo la copa del mundo hasta el día de Navidad, la Argentina vivió siete días sobre una verdadera montaña rusa de emociones que no se olvidará.

Acerca de la alegría y las manifestaciones masivas para celebrar la victoria hemos leído viñetas llenas de lucidez; fue una divisoria de aguas entre el sistema político y la población llana; una hendidura entre aquella hoguera de vanidades y este canto juvenil a la unión nacional. 

Es como si el deporte de masas, ese espectáculo dramático, ya no fuera una alegoría y hubiera pasado a ser una parte sustancial de la realidad. La tentativa oficialista de manipulación fracasó y, en contraste, los valores del éxito futbolístico preservaron su integridad.

La gran pregunta es si la política podrá extraer de esta subjetividad de masas un potencial de transformación para torcer el rumbo de la decadencia nacional y encaminarnos hacia un ciclo de progreso con más libertad y más igualdad.

Para eso hay que prestar atención a tres signos que se presentaron juntos mientras transcurría la semana. A veces la casualidad condensa en pocos días, con pedagógica elocuencia, lo que la historia enreda, confunde y esconde durante décadas.

Al conato de desobediencia del Poder Ejecutivo ante un fallo de la Corte Suprema en torno a los fondos coparticipables debemos sumar la corrida que hizo saltar el precio del dólar y los cortes de calles en Buenos Aires por disconformidad piquetera con el monto de sus planes.

Bien que se mire, la agenda estructural del cambio político en la Argentina se puso a la vista de quienes quieran reconocerla. Ya que estamos ingresando en la recta final y decisiva hacia lo que puede convertirse en 2023 en un cambio político, corresponde avizorar sus contenidos.

La noción mesiánica de que si termina el populismo todo irá de maravillas se confronta con su dicotomía: que si adviene el neoliberalismo el pueblo perderá sus derechos. Ese cepo ideológico a dos bandas empequeñece hasta la insignificancia el debate sobre el futuro. 

Nuestra inserción en la economía mundializada, el financiamiento de las diversas esferas del Estado y la protección de la población carenciada no son asuntos opcionales que pueden abordarse por separado, siguiendo el viento de cada coyuntura.

Esas tres dimensiones serían consideradas con importancia equivalente si nuestros reformadores políticos asumieran la necesidad de dotar al país de una estrategia global  (EG). Una política medular encabezada por un presidente democrático y su coalición.

Estrategia implica que habrá de generarse en nuestro suelo y con nuestros ciudadanos un proceso de acumulación sostenida de riqueza; global alude a que, por un lado, la nación debe realizarse en el mundo de esta época compitiendo y colaborando con las demás naciones. 

Pero, por el otro, lo global se refiere también a que las áreas geográficas, los sectores sociales y las diversas dimensiones de la actividad colectiva deben abordarse de manera integral, bajo la idea de que el capitalismo debe estar organizado por el Estado en beneficio de la sociedad.

La EG requiere, entonces, un Estado sólido al mando de las relaciones internacionales y de la integración regional; capaz de abrir mercados, rectificar distorsiones, promover la productividad de regiones y grupos desfavorecidos y solventar los gastos del sector público. 

Un aparato gubernamental federal bajo esas condiciones puede guiar al país frente a las turbulencias de la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China, las agresiones bélicas como la de Rusia a Ucrania y los otros retos para el desarrollo, la democracia y la soberanía.

Desde la posguerra, el hecho que países dependientes o pobres o vencidos como por ejemplo los del Asia Pacífico pudieran asimilarse al desempeño económico social de las potencias desarrolladas responde a que en todos los casos contaron con un Estado que se puso al frente.

La ocurrencia falaz de que cualquier Estado es predatorio de su sociedad es tan peligrosa que puede ocluir nuestras posibilidades de resurgimiento. Es infame decir que los impuestos son robos y que los políticos, burócratas y sindicalistas son un estamento que vive de la rapiña.

La contumacia de una expresidenta y un partido en el gobierno que no se sujeta a la ley y a las sentencias judiciales en las que se probaron delitos contra la administración pública por magnitudes indecibles da el argumento irrefutable para la prédica anarco-capitalista.

Por lo tanto, hay que condenar y corregir el comportamiento corrupto, prebendario y clientelar, cada vez que como en la actualidad se sustituye un tejido de funcionarios profesionales por una turba que coloniza oficinas y reparticiones para utilidades sectarias.

La modelación de la recaudación impositiva, la financiación de los bienes públicos y su distribución universal, con prioridades sociales y regionales justificadas, es el eje por el cual la Constitución Nacional dispuso en 1994 la sanción de una nueva ley de coparticipación.

Para que una transformación sea factible, ese programa debe ser retomado y llevado a la práctica por las autoridades que se elijan en 2023. Si la oposición, que asumirá con toda probabilidad ese mandato, no se plantea ese objetivo estará dejando pasar su chance.

Claro que no es fácil lograr las mayorías exigidas. Pero, transcurridos 27 años de su vencimiento, la manda constitucional de la cláusula transitoria sexta debe ser restablecida como una imperiosa tarea nacional de organización federal de la política y de las políticas.

Si se desea dejar atrás ciertas satrapías provinciales y el trapicheo con que el Gobierno Federal las convalida es vital discutir con transparencia necesidades propias y recursos comunes de la Nación y de cada autonomía en pos de una recaudación justa y un reparto equitativo.

Napoleón, el estratega, decía que cada ejército se mueve a la velocidad de su soldado más lento. Aunque no nos gusten las metáforas castrenses, lo cierto es que la EG de una nación que aspira a supera su decadencia debe contemplar tanto su vanguardia como su retaguardia.

El 9 por ciento de la población indigente compuesta por jóvenes y niños que duplican ese porcentaje son nuestra retaguardia. La necesidad de protegerla y ofrecerle oportunidades de igualdad efectivas para la movilidad, al menos la intergeneracional, es dramática.

Por supuesto que esa gran tarea nacional es un imperativo moral pero también es una exigencia para que los trabajadores y empresarios más formados y aptos para la producción y los servicios puedan avanzar en sus emprendimientos y provocar las inversiones.

Los problemas públicos son innumerables; los tres que resaltamos explican mejor que el resto la larga decadencia en la que estamos sumidos. La crisis de divisas, el déficit fiscal y las tasas de pobreza son tres aspectos encadenados del nudo que debemos desatar.

Una sociedad asediada por la acción directa, el crimen organizado, la corrupción pública, el precio de los alimentos, el desempleo, la ignorancia queda desanimada y pierde cohesión, es decir conciencia de que todos, vivamos dónde y cómo vivamos, pertenecemos el mismo país. 

Al entenderlos y atacarlos al mismo tiempo, como un sistema complejo, la EG ofrecerá un norte. El oficialismo quiere hacer lo contrario, en el mejor de los casos administrarlos, para reproducir su poder sirviéndose de las heridas y los miedos reeditados al infinito. 

La oposición, en su reciente gobierno, estaba limitada por el tabú de que los problemas complejos y las perspectivas de largo plazo no pueden comunicarse bien ante la opinión pública. Por lo tanto, la imagen prevaleció sobre la virtud y la agenda pública se desdibujó.

Un nuevo turno democrático convoca otra vez a la esperanza democrática. Una parte de la oposición está ahora embrollada por la tentación de transitar la grieta, en otras palabras la suposición de que una polarización sin matices garantiza la victoria y habilita el éxito.

Pero, el peronismo es un adversario electoral poderoso y nunca es fácil superarlo en las urnas. A su vez, el caudal programático opositor para atraer y movilizar jóvenes se va dispersando entre las fundaciones oficiales de los partidos y los asesores directos de los precandidatos.

Se dice fácil que el error en el período 2015-2019 fue la gradualidad de las reformas; la promesa de encarar un ajuste drástico con medidas masivas y dolorosas debiera ser calibrado con más prudencia, midiendo tanto su impacto en la opinión pública como su factibilidad.

Se cuenta con el tiempo ajustado pero suficiente para elaborar y dar a conocer el esbozo de una Estrategia Global para la Argentina a partir de diciembre de 2023, con un nuevo presidente o presidenta que encarne el cambio político y encabece la marcha para revertir el declive.

La clave intelectual reside no solo en los indispensables macroeconomistas, sino también en la complementación que se logre con economistas productivos y la estrecha colaboración interdisciplinar con sociólogos, politólogos, juristas y expertos en relaciones internacionales

La repercusión de la selección nacional de fútbol en el escenario internacional no marca, por supuesto, un camino político definido pero sí, como quedó demostrado durante la pasada semana, emite una onda que la política democrática tiene que aprender a sintonizar.

Esa vibración popular exhibe disponibilidad para conjugar ahora en el terreno de la política esfuerzo con talento; persistencia con originalidad; principios firmes con inspiración;  creatividad con método; genio individual con coherencia colectiva.

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