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Opinión 04 10 2020

Treinta años de la reunificación alemana


Autor: Maximiliano Gregorio-Cernadas









La celebración por los 30 años de la reunificación de Alemania constituye una ocasión propicia para reflexionar acerca de las relaciones entre nuestros países, a menudo malinterpretadas.

Aunque abunda el conocimiento de lo que nos une –como los aportes de los alemanes del Volga, de los judíos alemanes, de la cultura, la ciencia y la industria alemanas–, es mucho más lo que se desconoce. Mi prolongada experiencia como diplomático destinado en Alemania (la conocí cuando su reunificación era considerada imposible; fui testigo de la caída del Muro de Berlín, en 1989, y tuve el honor de abrir en 2000 la primera embajada argentina en la Berlín reunificada) y mis investigaciones académicas sobre asuntos alemanes me han enseñado cuánto hay por descubrir en esta proteica relación.
Existen desde grandes pero ignoradas historias, como el kantismo de Alfonsín, los nexos entre el Teatro Colón y la Staatsoper de Berlín, el legado de la familia Quesada con la biblioteca más completa en Europa sobre temas iberoamericanos, los dibujos y poemas sobre el tango de Günter Grass, o la extraordinaria presencia cultural argentina en Alemania, hasta infinitas pequeñas historias humanas.

De este enorme e ignorado sustrato que nos une, descuella trascendente una comunidad de experiencias existenciales que nos ha estrechado espiritualmente. En efecto, hemos vivido mucho juntos. Nuestras historias están entrelazadas por una vasta y sutil trama de logros y fracasos. Nos hemos equivocado trágicamente unidos, convivido con el horror y sufrido las nefastas consecuencias de errores compartidos. Nos hemos acompañado y consolado en el dolor, nosotros acogiendo a tantos sufrientes emigrados alemanes, y ellos recibiendo a numerosos exiliados argentinos. El resto del Muro de Berlín que descansa en el jardín del Palacio San Martín es un símbolo de nuestros comunes desaciertos históricos. Cantidades de argentinos y alemanes mataron y murieron por lo que ese muro representaba. Más, como decía Hölderlin: “Donde está el peligro está la solución”, un punto de partida desde donde aspirar a recuperarnos de tales tragedias, expiar nuestros pecados, aprender de nuestros yerros y resolvernos a construir juntos.

Pero para concretarlo deberíamos retomar más en serio esta relación. De nada sirve proclamar que Alemania es nuestro modelo y al otro día afirmar que también lo es Cuba o Venezuela, pues eso es incongruente. Deberíamos atender cuando los ingleses caracterizan a los alemanes como gente que “toma en serio lo que dice”. No necesitamos derribar monumentos europeos, sino construir otros nuevos, que representen a la Argentina en su espléndida diversidad. La recurrente pretensión de “monotonizar” la cultura argentina desde el Estado no solo constituye un esfuerzo pueril, sino también inconducente, pues es vano pretender convertir a la Argentina en el desvarío de un burócrata. La cultura europea, y especialmente la alemana, contiene riquísimas enseñanzas de utilidad no por una aspiración extravagante, sino, por el contrario, porque la Argentina no es ni podría ser Cuba ni Venezuela, pero sí tiene mucho en común con Alemania y aspira a emularla.

Aunque no de la misma gravedad, las profundas divisiones y la reunificación lograda con tanto esfuerzo por los alemanes encierran un notable mensaje que deberíamos aprovechar. No por diferencias de escala la fractura introducida en nuestra sociedad deja de ser menos acuciante. El ejemplo de lo que Alemania unida ha logrado en este sentido es inspirador.

Esta celebración con nuestros amigos alemanes es auspiciosa para recordar que la densidad de los lazos históricos que nos unen constituye una base sólida sobre la cual ambos países deberían relanzar su relación, sin dobles discursos vacíos, sino unidos con decisión y vocación de grandes realizaciones comunes, y con la aceptación de que los principales capitales de Alemania, y de cualquier país exitoso, son la unidad, el esfuerzo y la coherencia.

Publicado en La Nación el 1 de octubre de 2020.