lunes 20 de mayo de 2024
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Trazos incipientes del siglo XXI argentino

Eric Hobsbawm sostenía que los siglos históricos suelen desafiar a la aritmética de los estrictamente cronológicos. Al cabo, la Historia es una eterna transición de procesos asincrónicos.

De alguna manera, el siglo XIX argentino habría terminado entre 1914 y 1930. Hay diversas razones que ameritan que el XX exhibió con claridad sus designios en el curso de los años 30; y que estamos asistiendo a sus últimos estertores. Así lo indicarían los dos fenómenos que protagonizan la coyuntura actual: el desconcierto agónico del peronismo y el ascenso al gobierno de Javier Milei.

La crisis del peronismo abarca ya no solo, al decir de Tulio Halperin, a la sociedad que pergeñó hace ochenta años sino al núcleo de su identidad y de los principios que rigieron su organización política.

El proceso comenzó con el fallecimiento de su fundador en 1974. De la debacle del “vicepresidencialismo” entre 1974 y 1976 transitó hacia el esbozo de partido social cristiano territorial de los 80 a la experiencia neoconservadora “liberaloide” de los 90.

Y desde ahí, luego de asestarle, como en 1989, otro golpe mortal a un gobierno democrático, al neopopulismo pseudo progresista de los 2000 que aunó a un sector de clases medias demandante de derechos morales con los nuevos marginados que solo exigían recursos básicos y tierras para sobrevivir.

Sobreactuaciones agónicas, así como el perenne ADN destituyente inscripto en sus orígenes que no tolera el rol de una oposición colaborativa y republicana. El común denominador del mal fin de esas experiencias fue la crisis del principio de jefatura: cuando lo extravía, se deshace en la anomia.

Así ocurrió durante los gobiernos de Isabel Perón y de Alberto Fernández. Porque lo horroriza el vacío de “conducción”; y dada su confección histórica no resiste una reformulación horizontal. Hemos ahí una –solo una- de las claves de su naturaleza que no es ideológica; al menos en el sentido convencional del término.

¿Y las masas peronistas? Sencillamente, ya no existen. Han sido sustituidas por fragmentos variopintos e inconexos de una minoría de trabajadores sindicalizados y una mayoría de empobrecidos: desde cuentapropistas hasta recicladores y marginales.

Desenlace infeliz aunque no fortuito, como lo recuerda nuevamente Halperin, de un movimiento que nació bajo el signo de una exigente ciudadanía social. Basta recorrer un suburbio liminar del GBA para percatarse del reemplazo juvenil de la caduca fe política de sus antecesores por las devociones neo pentecostales, umbandistas o las deportivas talladas en clubes de potrero.

El kirchnerismo recorrió póstumamente el camino ilusorio de Perón en los ‘40: luego de la certeza cándida de los tempranos 2000 con el telón de fondo una China global, “supersoja”, abundante capacidad instalada y default, el neo corporativismo anacrónico delineado por Kirchner no supo leer ni la revolución tecnológica tramada en nuestra economía ni las coordenadas internacionales de la crisis de 2008.

Tras la gloriosa reelección de su viuda en 2011, esta lo dinamitó; sustituyéndolo, a su vez, por un régimen administrativo de la pobreza que, a quince años de distancia, ha trepado al doble expandiendo empleos precarios, legales e ilegales.

E intentó legitimarlo mediante un ingenioso bricolaje cultural de repertorios nacionalistas reaccionarios con los supuestos “ideales” de los 70 cruzados con la exaltación de las estéticas del lumpenaje, la iconoclasia de minorías morales fanatizadas, y el “derecho humanismo” degradado a un pingue negocio.

La “cuarentena” desenmascaró lo que muchos de sus militantes de base sospechaban: la transformación de su dirigencia –“la estructura”- en un estamento análogo al que Perón denunció a mediados de los 40; aunque asociado con entramados mafiosos a escala regional e internacional.

Fue la reacción en contra de esa descomposición que emergió nuestra versión original de outsider: el presidente Javier Milei. Cuenta con apoyos extraídos en todos los sectores sociales; sin precedentes en estructuras anteriores. ¿Pionero de una política que percibe nuevas códigos relacionales que se remontan a la digitalización de las plataformas tras la crisis de 2008, o capitalizador oportuno de una coyuntura terminal?

Cuenta con una vasta plataforma de apoyos sociales cuya novedad es la legitimidad en la penuria como camino inevitable hacia “la salvación”. Su anarquismo también se reproduce en su amorfo frente interno; y lo más curioso es que se ufana de ello como hallando allí la confirmación de fenómenos solo perceptibles por políticos de un nuevo tipo.

Le restan tres años y medio de gobierno: ¿soportará sociedad la prolongación del imperio de la macroeconomía? ¿Podrá ese costo compensarse por bienes públicos tangibles merced a la confianza de inversores convencidos de nuestra irrevocable decisión de dejar para siempre la adicción a la droga inflacionaria? Por ahora, solo asoma un arco de reacciones emocionales: desde la esperanza, el rechazo visceral -a veces con inequívocos reflejos golpistas- y la resiliencia estoica.

Una cosa es inequívoca: la última debacle peronista ha abierto una interesante discusión sobre cómo llegamos hasta acá sacando a luz los extravíos del siglo que parece alejarse para siempre dejando un tendal inverso al concluido en 1930. Y cuyas principales marcas identitarias han sido el militarismo, el populismo, la inflación y el broche macabro de una pobreza social que desafía a nuestro imaginario nacional igualitario. El que empieza podrá ser peor o mejor; aunque sin duda, diferente.

Publicado en Clarín el 13 de mayo de 2024.

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