miércoles 19 de junio de 2024
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Traicionando a Adam Smith y Keynes

Los populistas de izquierda le faltan el respeto a Keynes. Los ultraliberales le faltan el respeto a Adam Smith. Ni el dispendio fiscal es “keynesiano” ni la guerra contra el Estado hace honor al padre del liberalismo.

La superficialidad y el fanatismo hacen que el populismo de izquierda y el ultraliberalismo conviertan a esos próceres del pensamiento económico en ideólogos empecinados y arbitrarios que recetan un mismo remedio para cualquier enfermedad.

Las teorías de Smith y Keynes son opuestas, pero los dos tenían suficiente seriedad y pragmatismo para reconocer que ocasionalmente hay problemas especificos que requieren cierta heterodoxia.

Keynes sostenía que el gasto público multiplicaba la producción y el empleo, siempre que se lo destinara a inversiones de capital; pero que, aplicado a un exceso de cuenta corriente, provocaba un déficit improductivo y abría las puertas a la inflación. Más aun, advertía que, “mediante un continuo proceso de inflación, el gobierno puede confiscar solapadamente una parte importante de los recursos de los ciudadanos”.

Como se ve, Keynes no era un estatista a ultranza, y atribuía grandes males al excesivo gasto administrativo. El corolario es obvio: cuando hay un desborde de la cuenta corriente hay que ajustar. Sin tocar las inversiones reproductivas.

Adam Smith, a su vez, no era partidario de un Estado ausente. Es necesario un Estado presente y fuerte para tener lo que Smith llamaba “una sociedsd bien gobernada”. Éstas eran las funciones que le atribuía:

-Defensa. “Defender a la sociedad contra la violencia o invasión de otras sociedades”. Esto significa que el Estado debe tener un aparato militar, y esto lo obliga a intervenir directa o indirectamente en la economía, y a gran escala. Ese aparato requiere infraestructura, equipamiento, servicios y recursos humanos. Hace falta desde acero hasta uniformes; desde tecnología hasta armamento.

El Estado regula el mercado, precios incluidos, a través de licitaciones. La industria militar puede ser en gran parte privada, pero está sujeta a reglamentaciones. El Estado fija los objetivos, las prioridades, los plazos y licita las obras estableciendo una variedad de condiciones.

-Seguridad. “Proteger en lo posible a cada uno de los miembros de la sociedad de la violencia u opresión por parte de otros individuos de esa misma sociedad”. Esto requiere fuerzas policiales a lo largo y a lo ancho de todo país, también con un efecto multiplicador en la economía. Hace falta desde comisarías a sistemas de comunicaciones; desde cárceles hasta patrulleros.

En la versión más extrema de la corriente ultraliberal, Murray Rothbard —fundador del anarcocapitalismo— postulaba que la seguridad fuera provista por empresas privadas no monopólicas. La defensa de las personas y la propiedad no podía estar, decía, en el “sistema monopolístico del Estado corporativo”. Era parte de su guerra sin cuartel contra el Estado, al que consideraba una organización que,  mediante el uso del sistema impositivo, ejercía un “robo sistemático”. Pocos ultraliberales han ido tan lejos.

-Justicia. “[La seguridad se afianza] estableciendo una recta administración de justicia”. La justicia la imparten los magistrados, pero la construcción de tribunales, el equipamiento y el personal administrativo están a cargo del Estado.

-Obras públicas. “Erigir y mantener ciertas obras y establecimientos públicos cuya erección y sostenimiento no pueden interesar a un individuo o a un pequeño número de ellos, porque las utilidades no compensan los gastos […] aun cuando sean frecuentemente muy remuneradoras para el gran cuerpo social”. Smith expone aquí casos en los cuales el Estado debe hacerse cargo de tareas de interés público que el mercado no realiza.

Un criterio que parece contrastar con la idea liminar de Smith: “Los individuos no tratan de promover el interés público ni saben cuánto lo están promoviendo. Solo buscan su propia seguridad, su propia ganancia, para la cual se ven llevados por una mano invisible a promover un fin que no estaba en sus intenciones”. Pero si una obra pública necesaria, no es rentable para la actividad privada, el Estado tiene que ponerse a construir.

-Educación. “Un hombre dedica toda a su vida a ejecutar unas pocas operaciones sencillas, cuyos efectos son quizás siempre o casi siempre los mismos, no tiene ocasión de ejercitar su inteligencia o movilizar su inventiva y se vuelve tan necio e ignorante como sólo puede volverse una criatura humana”. Smith favorecía un subsidio parcial de la educación primaria, principalmente para las familias pobres.

-Impuestos a la riqueza. “Las necesidades de la vida representan el mayor gasto de los pobres. Dedican el grueso de sus reducidos recursos a pagar comida. El principal gasto de los ricos es para lujos y vanidades, y una magnífica mansión embellece y realza todos los demás lujos y adornos que poseen. […] Resulta razonable que los ricos financien el gasto público, no sólo en proporción a sus ingresos, sino en una cantidad más que proporcional”. Esta es una propuesta de recomposición fiscal con el fin de reducir la desigualdad. Los ultraliberales no la ponen en práctica y los populistas no pueden imaginar este lado progresista del prócer liberal.

Ni Keynes tiraba manteca al techo ni Smith quería destruir el Estado.

En Europa, y no sólo en Europa, el auge de la extrema derecha ha renovado las confrontaciones entre ultraliberales que no han leído “La riqueza de las naciones” y populistas de izquierda que no han leído “Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero”.

No se trata de hacer una síntesis de ambas teorías, que en la mayor parte son incompatibles. Se trata de aceptar que las disfuncionalidades económicas tienen causas variables, y que reducir todo a un par de consignas irreconciliables  no soluciona las crisis y puede agravarlas.

Cuando en un país la inflación desborda, conviene que el gobernante se parezca al verdadero Smith. Cuando la economía se estanca, conviene que se parezca al verdadero Keynes.

Publicado en Clarín el 9 de junio de 2024.

Link https://www.clarin.com/opinion/traicionando-adam-smith-keynes_0_mlq5npFOCg.html

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