lunes 22 de julio de 2024
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¿Todos somos Milei?

Todos queremos que los números cierren. Todos queremos vivir en libertad. La mayoría quiere terminar con la corrupción y el abuso, con los gastos excesivos del Estado. Todos queremos que la Argentina crezca y que los argentinos vivamos mejor. Muchos entendemos que hay empresas del Estado que no tienen sentido ni viabilidad; que hay otras que han deformado tanto su función que se han vuelto absolutamente prescindibles.

Todos queremos que no haya inflación.

Todos estamos hartos del mal uso; de que algunos se enriquezcan con la obra pública del Estado; de que cuando se hace se haga mal, de que se robe ante la inoperancia de los controles. Estamos cansados de que algunos se aprovechen de esto, y al rato estén manifestándose contra la indecencia del Estado.

Casi todos creemos que la educación funciona mal y que la Salud pública es una calamidad en muchas ocasiones. Cansados de que la seguridad no brinde la tranquilidad pública que merecemos o buscamos.

Casi todos queremos que los sindicatos se democraticen y que baje la pobreza. Queremos poder circular libremente, sin patoteros que nos decidan nuestras vidas.

Salvo los ñoquis, nadie quiere más ñoquis. Todos entendemos que muchos servicios se subsidian de manera que lo recaudado solo paga una pequeña parte de lo que cuesta; y que no es ilógico que los subsidios no pueden ser una solución para siempre.

Todos queremos salir de la debacle que desde 1900 nos viene azotando, según dice nuestro Presidente y repiten sus acólitos.

¿Todos somos Milei?

Modestamente, entiendo que no. De los ciento veinticuatro años que han corrido desde entonces, más de cincuenta la economía de este país ha sido manejada por Ministros liberales. (1900-1916 /1930-1943 / 1955-1958 / 1959-1962 /1962-1963 / 1966-1973 / 1976-1983 – 1989-1999) Más que ninguna otra fuerza política ni identidad económica. Es cierto que alguna vez el PBI de la Argentina estuvo entre los mejores del mundo; fue en la década 1920-30, Presidencia de Marcelo T. de Alvear. Nunca fuimos el primer país de mundo como alegremente se dice.

Sacar los subsidios puede ser necesario, aunque es indispensable estudiar la forma en que además, sea posible sin que la consecuencia se traslade a familias sin servicios. Hay una forma sencilla que es que el que puede pagarlos, tenga servicios, y el que no, no; esto acomoda los números y desacomoda la sociedad. Hay un sector que no sufrirá el aumento de los transportes y podrá mantener los servicios esenciales. Con la otra parte, ¿qué va a pasar?

Democratizar los sindicatos está muy bien. Hay que ver cómo puede lograrse, aunque la forma seguramente pase por la legislación, aquella de la que el Presidente amenaza permanentemente con prescindir.

Queremos bajar la pobreza. ¿Quién está seguro que éste es el camino? La inflación es una fábrica de pobres, pero la recesión no es una solución esperanzadora. Si nadie puede comprar nada, los precios necesariamente se detendrán, aunque quedará dilucidar si fue mejor el remedio o la enfermedad.

Está claro que queremos y exigimos la libertad. Pero no la libertad declamada, sino la real. En YouTube puede escucharse al ex Ministro José Alfredo Martínez de Hoz hablando de libertades en una manera muy similar al actual Presidente. A veces viene bien repasar la historia.

La salud y la educación funcionan mal. Absolutamente. Qué propuesta de Milei existe para mejorarlas, excepto la sugerencia de financiar la demanda de educación, con vouchers, muy verde y posiblemente no implementable; en materia de salud quizás el panorama sea aún peor. Pueden ser soluciones que envíen a los que pueden a la educación y la salud privada, y desamparen al resto, más de lo que ya están. Ojalá no sea así, pero no se avizora por el momento otro camino.

Nadie duda que la obra pública ha sido la caja de muchos. Pero el problema no es la obra pública sino quienes se aprovecharon de ella para enriquecerse. Si en vez de mejorar su instrumentación, a mi juicio indispensable, se elimina la obra pública, el deterioro de lo público será inexorable. Las rutas no muy transitadas, en las que nadie pondrá un peaje redituable, se desintegrarán; las escuelas que en muchos casos tienen cincuenta, setenta o cien años, se irán deteriorando paulatinamente, otro tanto ocurrirá con los hospitales y así se podría seguir.

No hay futuro con un Estado excesivo, dilapidador y corrupto. Pero tampoco hay un futuro armónico sin Estado presente allí donde nadie sino él estará para garantizar derechos básicos.

Todos queremos que al país le vaya mejor. Ojalá el Presidente Milei lo logre.  Si lo hace y es para bien de todos, en buena hora. Lo disfrutaremos, porque muchos de sus objetivos son compartidos; para muchos de nosotros, sus métodos autoritarios no lo son, y algunas de sus propuestas tampoco. A veces pareciera no evaluar que los números no son abstractos, sino que en política representan personas.

Las dudas sobre qué sectores quedarán incluidas en la mejoría, y cuáles no, constituyen una gran incógnita. No se trata de poner palos en la rueda, sino de estar atentos con el rumbo que tomemos.

Por esto, principalmente, es que no todos somos Milei, aunque hoy pueda parecer incorrecto expresarlo. Hay quienes entendemos que sólo se hace política dignamente cuando se incluye a toda la sociedad. Y proyectando lo que se ve a futuro, surge la incertidumbre sobre las consecuencias que la política liberal libertaria puede tener sobre una mayor desigualdad, esa desigualdad que ya viene creciendo sostenidamente en los últimos tiempos. Y con eso no podemos coincidir.

Publicado en Radicales.org en marzo de 2024.

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