jueves 3 de abril de 2025
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Tasando la inversión

La política económica argentina se distingue por su GATOPARDÍSMO: pasamos de la ilusión que el problema de la escasez se resolvía con un Estado dominante, a otra en la que el ajuste es el concepto mágico. Paradójico, pero ambas fantasías llevan al mismo lugar común: ningún lado. Cambiamos todo para no cambiar nada.
No hace falta inventar la rueda: ni exceso de Estado ni Estado mínimo; faltan instituciones. Reglas claras, aceptadas y respetadas por todos, que permitan proyectar sobre bases sólidas. Por supuesto que es encomiable el esfuerzo de estabilización de urgencia y el proceso de desregulación que se está llevando adelante. Lo más destacable de la gestión. Pero no es suficiente; menos en un mundo vuelto en contra.
De lo etéreo a las efectividades conducentes: impuestos. Desde 1994 que nos debemos una nueva ley de coparticipación, que reemplace la transitoria de 1988. Ese incumplimiento constitucional se intentó soslayar con parches y una consecuencia de gravedad: todos fingen demencia, pero se impuso un federalismo de vasallaje, donde las Provincias se someten a “un toma y saca” de recursos por apoyos legislativos.
En ese esquema de sálvese quien pueda, los municipios hacen su juego: recurrieron a la picardía de las tasas para financiar sus gastos. Violando, en ese ejercicio, todo el derecho tributario: a diferencia de un impuesto, una tasa exige una retribución, usualmente inexistente o pobre; también equivalencia, que lo que se cobre guarde relación con el servicio y lo que se recaude; más pobre; y que no haya analogía con otro impuesto provincial o nacional; paupérrimo, en casi todos los casos.
Lo peor del caso es que esas tasas son deducibles del impuesto a las ganancias, por lo que termina habiendo una apropiación por los municipios de recursos coparticipables. Hasta acá parece el juego de la silla, si no fuera porque el que se queda parado y en estado de indefensión es el contribuyente. Particulares y empresas, que son los obligados a cumplir el absurdo de esta recreación de potestad impositiva.
Volvamos a la teoría. En economía no hay productividad posible con un sistema impositivo obsoleto y perverso. Sencillamente porque no se puede saber cuánto hay que pagar, ni a quién hay que pagar. Menos todavía sin recibir nada a cambio. Eso frena la inversión, elemental para empezar a pensar en crecimiento genuino, un poco más allá del ajuste que sólo sirve para la emergencia de la coyuntura.
De la economía a la política. El plan de gobierno hasta acá ha tenido como componente central el ajuste, y como vector dominante lo que CICERÓN en sus CATILINARIAS llamó “effrenata audacia”, una audacia rayana en la temeridad que sorprendió a todos, apoyada en la ovación, el triunfo y la aclamación del momento; el “juego para la tribuna”. Parece que se está acabando.
Llegó la hora de volver a MAQUIAVELO, que recomendaba cambiar de estrategia cuando se volvía predecible: ¿qué tal si cumplimos con la Constitución?; toda esa audacia y el apoyo popular, aplicarlos a hacer cambios estructurales, esos que nadie pudo lograr y podrían torcer la historia. Empecemos con las tasas.

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