miércoles 24 de abril de 2024
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Soledad y Gran Malvina: ¿se puede salir de un callejón sin salida?

Dícese que el diablo pone verdades en boca de los locos. Apostaría a que es cierto; cualquiera comprende la inteligente intención por la que el diablo procede de ese modo. En la cuestión Malvinas, como siempre, metió la cola poco antes del inicio de la presente gestión de gobierno. Una persona que, ya se sabía, sería designada ministra de relaciones exteriores, no debía anunciar a todos los vientos que los argentinos debíamos reconocer los derechos de los isleños. Pero lo hizo, y eso revela un amateurismo asombroso.

Claro que, a mi juicio personal, los argentinos tenemos que reconocer los deseos de los isleños, ir más allá de la autocomplaciente fórmula de reconocer sus intereses. Pero, en esta materia, no puedo olvidarme que mi juicio personal es el de una minoría minoritarísima que no se resiste frente al sentido común de la causa Malvinas, mientras muchos argentinos creen, en cambio, que esta causa se funde con la nación misma.

Pero yo soy un intelectual libre, jamás voy a ser canciller, no represento a nadie. Mi única responsabilidad es decir lo que pienso y mi único deber es mantener un comportamiento cívico. La responsabilidad de un canciller o futuro canciller –que responde a un presidente a su vez votado por millones de argentinos– es completamente otra. Para cebar mate, primero hay que calentar la pava. Uno no puede abalanzarse a predicar lo que cree justo sólo porque lo cree, haciéndose el piola. Si se emprende un viaje, hay que verificar que el tanque del automóvil tiene combustible. En política, las buenas intenciones no alcanzan; si se manifiestan mal, las posibilidades de lograrlas empeoran; mal planteadas, se troncha la viabilidad de llegar a buen destino.

Los dichos de la polémica

La verdad que puso el diablo en boca de Diana Mondino, más allá de los términos, fue que los argentinos necesitamos reconocer y respetar a los isleños (hasta hoy hacemos todo lo contrario), como británicos y malvinenses, como ciudadanos de una pequeña comunidad política y como sujetos de una pequeña identidad colectiva.

Es más, gente hay que lo dice, y o se atreve a decirlo. Dicen: “De ningún modo debemos renunciar a nuestros derechos. Cuando la Argentina vuelva a ser un país grande y próspero, atractivo (curioso, esto, agrego yo. ¡Como si en todos estos años, maltrechos y a los tumbos, no hubiésemos estado recibiendo pila de inmigrantes!), los malvinenses van a querer que Malvinas se reincorpore a la Argentina”. Ah, bueno. O sea, si van a querer, está muy bien, ahí si pueden tener deseos. Si no, no, sólo pueden tener el interés, en bien de ellos mismos, de desear volver al redil.

Pero regresando a nuestra canciller, ya no hipotética sino en el ejercicio del cargo, políticos experimentados no suelen ser voluntaristas (el voluntarismo es uno de los males que aquejan a los políticos). Al día siguiente, le ocurrió a la declarante, un episodio del tipo “no aclarés que oscurece”. Se sintió en la obligación de explicar que si los isleños eran argentinos, tenían derechos como cualquier otro argentino.

Para el Estado argentino virtualmente lo son, pero esto no tiene que ver con la cuestión que se discute. Es más, sin entrar de lleno, ahora, en asunto tan espinoso, diré que en los últimos años no faltan ciudadanos argentinos que, en distintas provincias, juegan con la idea (llamémosla fantasía) de algún modo de secesión federal. Es fácil encontrar noticias de estas febriles cavilaciones en los medios, que aunque carezcan de toda densidad política, ponen en el tapete de un modo ya doloroso la crisis de nuestro federalismo. Si ciudadanos argentinos ponen en cuestión el pacto constitucional que compromete a las provincias, es extravagante esperar que los malvinenses se tomen en serio un estatus de ciudadanos argentinos. Otra vez, nosotros, desde el continente, nos damos el lujo de “hacerles la autocrítica”.

De todas formas, es raro, es raro que Mondino haya hecho aquellas declaraciones iniciales, es raro lo que pocos días después pareció una interdicción del debate, siendo que a La libertad avanza nunca le ha importado la corrección política (lo que en sí mismo es valioso), y es raro que finalmente, cabe interpretar, se hayan hecho los boludos. Digo, porque tenían una forma interesante de retomar el hilo de la innovación de la política para Malvinas, mediante una continuidad bastante elocuente. Y no hay nada más eficaz en política que anudar sólidamente la renovación a la continuidad.

El paraguas de soberanía

La renovación basada en la continuidad –que muchos podrían calificar ampulosamente de una política de estado– estaría dada por la fórmula del “paraguas de soberanía”. Hubo dos administraciones que explícita o implícitamente la emplearon. Es una fórmula que tiene antecedentes en la Antártida, donde hay países con reclamaciones y países que no las han hecho ni las reconocen, y países con reclamaciones superpuestas. Cooperan desde los 60, y cooperan bien, porque acordaron dejar de lado sus posiciones sobre soberanía territorial sobre esta base: nada de lo que hagan o dejen hacer durante la vigencia (sine die) del Tratado Antártico, afecta la validez de los fundamentos con los que sostienen su posición territorial.

Por supuesto, al aplicar el paraguas a Malvinas hay un enorme salto cualitativo, porque la posición de las partes es asimétrica. Pero ya lo es, no pasaría a serlo. El acuerdo, por un lado, equivale a un aspecto central de la resolución 2065: el reconocimiento de un diferendo. No cambia esa dimensión parametral. Y por otro, liberaría el camino por lo menos de uno de los obstáculos que impiden organizar la cooperación para bien de malvinenses, británicos y argentinos –dejaría de tratarse de un juego de suma cero.

Esta línea de continuidad sería más prudente que cualquier reconocimiento formal a los malvinenses, pero no está exenta de riesgos y oportunidades. Las oportunidades y los riesgos en un aspecto son los mismos: se trataría de un curso de acción sometido a la manifiesta desconfianza de los isleños por una parte, y de los grupos más activos y de preferencias malvineras ortodoxas por la otra. Y es fácil identificar puntos de bloqueo, por ahora: por ejemplo, el gobierno argentino quiere un vuelo directo regular a las islas desde el continente; los malvinenses rechazan eso tajantemente.

Ese navío podría naufragar tanto por babor como por estribor. No obstante, creo que es el camino adecuado, cuyos riesgos vale la pena sobrellevar, porque de no ser así, la Argentina se encamina, a mi juicio, a un callejón sin salida. O quizás ya lo esté y el problema consista en eso. Hay un concepto politológico anglosajón que habla de ello: path dependence. Cuando se llega a una situación en la cual es imposible regresar a un punto anterior con el propósito de elegir un rumbo diferente al rumbo equivocado que se percibe que se ha elegido.

En Malvinas, estamos en un callejón sin salida

Esta situación sin salida se da no solamente por el legado que nos dejó la guerra de 1982, sino por la Cláusula Transitoria de la Constitución de 1994 y por las pautas en que hemos fijado la política gubernamental y diplomática desde el regreso de la democracia. Que consisten, básicamente, en que Gran Bretaña debe avenirse a negociar… la transferencia de soberanía (o sea, llamamos negociación algo que no lo es, puesto que debe tener un resultado predeterminado). Y que los malvinenses no tienen nada que decir al respecto. Me parece muy claro que este callejón sin salida es peligroso y, aunque hayamos avanzado mucho en un rumbo equivocado, deberíamos ser capaces de cortar los costos y crear condiciones para elegir el mejor camino posible desde donde estamos.

Pero hay formas diferentes de percibir el problema, formas, diría yo, mucho más conservadoras. Interesadas en los beneficios perversos de productividad política de corto plazo que es posible extraer de mantener viva la causa Malvinas en su rígida ortodoxia, de manipular las convicciones del nacionalismo territorial popular.

Antes de cualquier otra cosa, quiero dejar en claro lo siguiente: absolutamente no me parece que los defensores de la causa Malvinas sean, en su gran mayoría, oportunistas; sus convicciones son sinceras y honestamente patrióticas; los respeto tanto como espero que ellos me respeten a mí. Pero los oportunistas existen en relación a cualquier causa, y cuentan con la ventaja de los recursos institucionales y materiales que sostienen una causa que es considerada de la nación. Aunque la ortodoxia en la cuestión Malvinas sea contraria –a mi juicio– al interés colectivo, y sus costos aumentarán así que pase el tiempo, en el corto plazo son muchos los que pueden sacar provecho de ella –o así lo creen, al menos– provecho electoral, provecho político, provecho simbólico. Quizás esos beneficios sean declinantes, pero tienen algo de real. Y, si se toman iniciativas heterodoxas, la productividad de la causa puede recuperarse; por eso la prudencia es lo mejor. El camino de intentar abrir negociaciones bajo la protección del paraguas de soberanía al tiempo que se da lugar al debate abierto –no oficial– que puede poner en tela de juicio los dogmas de la causa Malvinas, es difícil; no veo que haya otro.

Los veteranos de Malvinas

Me gustaría discutir ahora qué acontece con un sector clave; su surgimiento es, obviamente, una consecuencia inevitable de la guerra de 1982: los veteranos. Empiezo destacando dos aspectos que marcaron el desarrollo posterior de lo que, con el paso del tiempo, se convertiría en un actor colectivo. Primero, el hecho de que la inmediata posguerra se solapó en un 100% con la transición a la democracia. Lo que equivale a decir, casi casi, que no digerimos la guerra con la dictadura o los militares delante nuestro. Fue la democracia la que la tuvo que procesar. Lo hicimos con los políticos: delante nuestro teníamos a los políticos democráticos, a los políticos que votaríamos y que nos gobernarían. ¿A quién le íbamos a pedir cuentas?

Por supuesto estábamos pidiendo cuentas, pero por algo más monstruoso aún y en lo que los civiles no nos habíamos comprometido tan masiva, incondicional y alegremente como en la ocupación de Malvinas. Y, observemos una diferencia notable. El Informe Rattenbach. El Informe Rattenbach es de 1983 y es durísimo. O sea, a diferencia del terrorismo de estado, en lo que se refiere a la guerra de Malvinas los militares se juzgan a sí mismos, no le sacan el cuerpo al sendero legal estipulado. Yo no recuerdo qué estaba haciendo el día en que los soldados, los excombatientes, regresaron al continente.

No fue posible descargar sobre la dictadura la catarsis y la responsabilización, pero de hecho esta no recayó en nadie. Las conexiones que se podrían haber hecho –básicamente que por lo menos el envío de jóvenes conscriptos por parte de un gobierno despótico había sido una nueva violación masiva a los derechos humanos– no se hicieron.

El Informe Rattenbach se filtró (a fines de 1983) a la prensa pero sólo años después (en los 90) se desclasificó oficialmente; los cargos que se hicieron en el mismo, se centraron básicamente en “graves fallas en el proceso de decisión” (político-militar), no en el empleo masivo de civiles en acciones de guerra iniciadas por el gobierno argentino. De modo tal que la guerra de Malvinas fue sólo colateralmente una cuestión política de primer orden durante la transición.

Y esto era más que comprensible: el dirigente que tenía menos tejado de vidrio que todos los otros, Alfonsín, no tenía ningún interés en crearse problemas con cientos de miles de civiles que habían respaldado la guerra con el mayor entusiasmo. La democracia hizo las cosas con sus propios recursos, y no tenía muchos. Y estaba clarísimo que la sociedad civil estuvo ocupada en otras cosas, no se dispuso a examinar sus responsabilidades –en el escenario de posguerras, por esto no habría que asombrarse, es de lo más común, basta recordar Alemania en 1945.

En este marco, el lugar de los jóvenes veteranos era complicado y confuso. No sabían del todo bien en qué los habían metido, qué había pasado, y no tenían una explicación satisfactoria al respecto. Pero la segunda cuestión, complementaria con la primera, es quizás más importante. Los conscriptos eran clases 62 y 63, tenían entre 18 y 20 años. Los sobrevivientes (una gran mayoría) habían sufrido entre abril y junio de 1982 una mutación que había cambiado sus vidas para siempre. Literalmente. Pero de inmediato, tenían 20 años y llovieron sobre ellos las interpelaciones.

Muchísimos de ellos no tenían elementos para dar cuenta de lo que habían vivido, no tenían cómo hacerlo, o absolutamente no deseaban hacerlo. Sucede también en todas las guerras, pero no es casualidad que entre ellos hayan tenido lugar varios centenares de suicidios. Y como no pudieron ser ellos quienes elaboraron sus propias experiencias, esa elaboración la hicieron otros por ellos. Se las hicieron. Las figuras de chicos, sobrevivientes, pichiciegos, víctimas, y un poco más tarde la de héroes fueron plasmadas en obras de mayor o menor talento. Pero de ninguna de ellas, o de todas, podríamos decir que es la imagen genuina de ellos sobre ellos mismos, porque tal cosa no existe.

Las interpelaciones identitarias

Sólo bastante después, y en parte porque se fueron reconociendo unos a otros, fueron surgiendo imágenes o interpelaciones identitarias más arraigadas en sus propias percepciones y que ofrecían espejos más dignos de y más merecidos por ellos mismos. Muy comprensibles: la gesta y la heroicidad. ¿Qué iban a elegir? ¿Ser víctimas o héroes? Aunque ellos no necesariamente se definen a sí mismo como héroes, sí se inscriben en el relato de la gesta. Y tiene todo el sentido. Sería imposible no comprender esto. Los “chicos”, las “víctimas”, fueron creciendo, ya no tan solos, unos con otros, y expuestos a las interpelaciones disponibles. ¿Es sorprendente que escogieran la gesta y lo heroico para construir sus identidades? ¿Es sorprendente que eso se articulara plenamente con la causa Malvinas? ¿O que ellos se constituyeran en el eslabón que vinculara la causa y la guerra historiada como gesta?

Este, el de los veteranos, es un lazo muy sólido, que ha construido una historia y una estética. Y esa estética no es pura exterioridad, pura expresividad; hay también una interioridad profunda. Examinemos por un segundo el siguiente mural callejero. Está en la avenida Artigas, en Flores, decir avenida desorienta, Artigas al 700 es una simple calle, pasan pocos automóviles y los pocos peatones son vecinos. Y sin embargo ahí está, con su recogimiento, con su plenitud de sentimientos íntimos que abrigan la esperanza de ser compartidos. Es un mural en blanco y negro, la bandera ha sido pintada utilizando azules y amarillos muy tenues, no se ve casi.

Pero ahí está ese mural, desafiándonos desde su serenidad a todos los que no somos –decididamente no somos– malvineros. Desafiándonos a contracorriente, no desde la estridencia sonora o visual, desde la saturación expresiva, desde el eslogan, sino desde el silencio, la deprecación del rosario en las manos. El mural que nos habla de una voluntad mesurada, no de una exaltación, de un reclamo. Es un ruego a la Providencia, no una exigencia a un enemigo. Algo raro. Es todo un desafío. Los que no somos malvineros, ¿cómo vamos a superar ese desafío?

Ustedes no han vivido una gesta. Fueron víctimas de una dictadura militar responsable de que muchos de sus camaradas y amigos jamás volvieran, mientras aquí en el continente casi todos los argentinos celebraban “ir ganando”. La gesta que ustedes creen haber vivido, tiene pilotes de barro: son los de la causa Malvinas, que no solamente es frágil como reclamo soberano, sino que es nociva para la prosperidad argentina y la mejor integración de la Argentina en el mundo.

¿Debemos decirles esto? Sí, debemos, y yo aquí mismo lo hago. Pero ¿quién puede decirnos cuál es el modo de dialogar con ellos? No podemos renunciar a la crítica ni dejar de exponernos a ella.

Y ciertamente en la cuestión Malvinas los veteranos se han convertido –lo quieran o no– en un poder de veto. No será fácil desconocerlos a la hora de tomar fuertes decisiones políticas. Y además, han contribuido decisivamente a la fusión histórica entre la causa Malvinas y la guerra de Malvinas –Malvinas es metonímico de guerra de las Malvinas pero también es, y principalmente, sinécdoque de la causa y de la cuestión– ya que la guerra nos ha dejado un legado, un pasado que se impone sobre nuestro presente y nuestro futuro, inescapable.

El lector puede considerar ese legado ambivalente, positivamente ambivalente: la Constitución de 1994 pesa en el mandato de la Cláusula Transitoria (que sin la guerra de 1982 no se podría entender), sobre nuestro cerebro, pero tiene su lado bueno: nos obliga a valernos exclusivamente de medios pacíficos. Pero su ambivalencia no nos ahorra esa imposición: es la del sentido de nuestros muertos y de sus muertes. El más puro romanticismo patriótico del siglo XIX en su versión del siglo XXI. La tierra y la sangre se han mezclado esta vez con aviones supersónicos y submarinos nucleares.

Y no se puede negar que los veteranos sean eficaces. La memorización de las Malvinas ha llegado al fútbol y los veteranos han sido el vehículo principal, como se puede percibir en letras futboleras, en películas, canciones, murales, nombres de clubes recientemente fundados. Es lo más lógico del mundo.

Publicado en www.tn.com.ar el 18 de febrero de 2024.

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