lunes 17 de junio de 2024
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Si la historia la escribe Alberto Fernández

En el día de ayer nos enteramos la triste noticia de la partida de nuestra amiga Angeles Salvador. Habitual columnista de Nuevos Papeles en su sección Portarretratos, este es el perfil que escribió sobre Alberto Fernández cuando fue ungido como candidato a presidente por la actual vicepresidente, en mayo de 2019. Hoy lo reproducimos en su homenaje.

El aspecto de Alberto Fernández no dice nada, a priori es un varón argentino más con la semblanza de la porteñidad de siempre. Un bigote demodé y un buen volumen en la cabellera, sumadas a la figura estable de hombre flaco con altura media, que no cambia, que envejece imperceptiblemente, más canas y la misma cara de siempre sin arrugas.

Pero cuando sonríe aparece. El efecto de la sonrisa es desproporcionado en la cara. Para darse una idea: se asemeja, en dentadura y picardía, al dibujo animado del Gato de Cheshire, de Alicia en el País de las Maravillas.

Y con sólo este hallazgo de semblanza toda una metáfora queda servida para un perfil. Con miles de significados abiertos para vaticinar e interpretar la realidad que desde el anuncio se arremolina.

Podría decir, como Charly García durante la dictadura, que el País de las Maravillas es Argentina. Podríamos extrapolar a CFK en el papel de Alicia que a su vez nos refiere al nombre de su cuñada por partida de nacimiento. Sin embargo, su sonrisa de Cheshire petrificada en la mirada rasputina sirve para empezar a desmenuzar la personalidad de un operador sin escrúpulos.

Alberto Fernández apareció con el kirchnerismo, aunque ya estaba. Tuvo la mala suerte de compartir cartel con un Doppelgänger que nos confundía a todos en los primeros años: Aníbal Fernández, mismo estatus en la vidriera política, mismo apellido, mismas iniciales, mismo bigote, misma melena peinada al costado. Al día de hoy nos confundimos los nombres como lo hace una abuela con sus nietos. Al día de hoy, Aníbal, su sosías malvado, lo detesta.

El candidato tiene una larga historia: primero nacionalista del partido de Alberto Assef, luego, titular de la superintendencia de Seguros y más tarde presidente del BAPRO, siempre se distinguió por el manejo eficiente del dinero. Tocó el cielo con las manos cuando se convirtió en hábil recaudador de la campaña presidencial de Eduardo Duhalde de fin del milenio contra el FREPASO. Eso lo catapultó a las alturas de la consideración general en el peronismo: quien maneja el dinero del jefe, se respeta. También anduvo con Cavallo, que lo había llevado al primer equipo económico de Menem en el ‘89. Ministerio que ya había pisado en 1985 cuando fue un joven subdirector general de Asuntos Jurídicos con Sourrouille.

El calafateño

Fernández había publicado unos artículos en 1996 en los que ponderaba una Argentina con una economía regulada y arbitrada por el Estado. Néstor Kirchner leyó una de las notas y le pidió a su amigo Eduardo Valdéz que se lo presentara. Valdéz (el autodenominado amigo del amigo de Dios) organizó una comida en la que Kirchner y Fernández se entendieron bastante bien. Néstor le confesó que tramaba en sueños ser presidente de la Argentina y necesitaba voluntarios. Alberto vio en Kirchner el único referente con peso territorial que podía teñirse de progresismo y que, además, odiaba a Carlos Menem, justo lo que le había pedido Duhalde. A partir de ese momento cada vez que Néstor viajaba a Buenos Aires comían y charlaban de política. En ese entonces empezaba a plantearse la idea de Duhalde Presidente.

Alberto Fernández y Néstor Kirchner sintonizaron la misma sensación: seguir trabajando en el peronismo tal como estaba entonces el partido era frustrante. Cristina opinaba igual. Armaron el Grupo Calafate. Duhalde le había pedido a Alberto Fernández el armado activo de un peronismo menos ortodoxo, más progresista, teniendo en cuenta que Chacho Álvarez con el FREPASO estaba ligando bien en ese momento. Kirchner se interesó y le pidió a Fernández meter a Cristina en el grupo. A Alberto le pareció una posibilidad: una mujer que estaba en los medios, que tenía una buena imagen y además una actitud revulsiva hacia el menemismo. Habló con Duhalde, que puso cara de “¿estamos seguros?”, porque la sabía un poco exaltada. Las reuniones las realizaban en el comedor del Banco Provincia. Comían y hablaban. Comenzaba a diseñarse el proyecto matrimonial presidencial y un destino argentino. En el comienzo se juntaban Julio Bárbaro, Jorge Argüello, Alberto Iribarne y el economista Ignacio Chojo Ortiz. A ellos se les sumó Cristina. La mayor preocupación era darle notoriedad pública al grupo. A instancias de Alberto Fernández realizaron un debate abierto con periodistas. Fernández propuso primero hacer una especie de retiro de trabajo en Tanti, en la provincia de Córdoba, donde funcionaba la Mutual de Empleados del Banco Provincia. Pero Cristina dijo que tenían un lugar muy lindo en el sur. Fueron todos al Calafate. El grupo fue bautizado Grupo Calafate por ese motivo.

Sobrevivieron a la derrota de Duhalde, pero el grupo quedó reducido a pocas personas: Tomada, Oscar Valdovinos, Elvio Vitali, Norberto Ivancich, Julio Bárbaro, Cristina que asistía a veces y Alberto Fernández, el más afín a los Kirchner, a Néstor sobre todo.

Hubo un quiebre a posteriori por las candidaturas a Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, la mitad iba por Gustavo Béliz y la otra mitad por Domingo Cavallo. Alberto Fernández y Cristina habían discutido vivamente. Ella puso el grito en el cielo porque decía que no se podía estar con Cavallo en esas circunstancias. Alberto Fernández le recordaba que junto con Néstor habían querido -antes- proponer al Mingo como candidato a vicepresidente de Duhalde cuando los Kirchner apostaban a un proyecto de centro derecha para competir con chances contra la Alianza que fascinaba a los votantes de centro izquierda.

Al final la fórmula fue Cavallo-Béliz en la ciudad. Los Kirchner creían que Cavallo iba a hacer un papelón electoral. Cavallo, el 7 de mayo del 2000 perdió frente a Aníbal Ibarra, pero sacó casi un 35% de los votos, ganó veinte escaños para sus legisladores, no fue poca cosa. Alberto fue uno de los que entró. Fue su primera y única elección como candidato a algo: legislador porteño en la boleta de Domingo Cavallo, con el copyright de la ley de convertibilidad como tatuaje y recientemente divorciado de Menem. Cuando Alberto Fernández asume la jefatura de gabinete con Kirchner lo sucedió para ocupar su banca, ya que compartían lista, la reconocida actriz del cine de oro argentino, comediante del icónico programa ochentoso “Matrimonios y algo más” y videlista, Elena Cruz, en medio de insultos, abucheos y silbidos.

Dos días después de aquella elección que ganó Ibarra, Néstor Kirchner y Alberto Fernández desayunaron en el café “Ópera Prima” en Corrientes al 1600. Néstor le concedió la razón a Fernández, Cavallo había hecho una buena elección. Pero a Kirchner no le interesaba ese asunto. Le pidió a Fernández que los ayudara y se pusiera a trabajar en su proyecto político en capital, era consciente de que a él “no lo conocía nadie”. El matrimonio vislumbraba una ruta posible para ellos hacia la Rosada. Y ahí empezó la historia. Poco a poco Alberto Fernández se fue convirtiendo en la referencia de Néstor Kirchner en la capital.

 

El gran operador

Se puede empezar por cuando se lo apuntó como inventor, junto a la SIDE K, de que Enrique Olivera, rival por el ARI de Carrió del kirchnerismo temprano, tenía cuentas no declaradas en Suiza. Era falso de toda falsedad, pero el daño estaba hecho. Olivera perdió prestigio y las elecciones. Cuando se descubrió la verdad, y el denunciante Daniel Bravo, hijo del socialista Alfredo, se retractó, ya era tarde para lágrimas.

Perseguidor de periodistas, sostenía que la agenda oficial la debía manejar Néstor Kirchner y no los medios autónomos del gobierno, Fue Alberto Fernández quien ordenó echar de Radio Nacional a Pepe Eliaschev, después de que el periodista diera a conocer el terrible pacto con Irán en el diario Perfil.

También fue Alberto el que censuró en Página 12 a Julio Nudler, gran maestro de periodistas de economía, honesto, cuando escribió ese artículo feroz por la designación de Claudio Moroni, el “incondicional y apolítico Moroni” como lo adjetiviza el propio periodista en su nota, al frente de la Sindicatura General de la Nación. Calificaba a Moroni de títere y a Alberto Fernández de titiritero. Nudler, que estaba enfermo de cáncer, dio a conocer su nota por redes sociales. El censor no tuvo en cuenta el elemental juego de las redes que traslucieron -y todavía deja a dos clics de alcance- su maniobra oscura.

Fue Alberto Fernández el que humilló en público al periodista Claudio Savoia en casa de Gobierno y ante las cámaras del país, simplemente por estar allí y porque trabajaba para Clarín. Gran amigo político de Enrique Albistur, el “arquitecto” del gran aparato de propaganda K en la provincia de Buenos Aires (como bien detalló María O’Donnell en su libro al respecto), Fernández configuró una idea de la difusión verticalista, propagandista y “esloganista” desde el poder político. Hoy vive en un gran departamento en Puerto Madero con vista al río, propiedad de Albistur.

Según la mirada kirchnerista, Alberto, hace un mes atrás, era el gran traidor, un acopiador de traidores hacia el seno del cristinismo íntimo. Fue Fernández el que acercó a Lousteau y a Cobos al gobierno, ambos protagonistas del inmenso affaire de la 125. Cristina Fernández se había opuesto, intransigente, a la posición negociadora de Cobos y Lousteau, y a la de Alberto también, cuando la crisis del campo.

Es hincha de Argentinos Juniors, y como cualquier hincha fanático haría cualquier cosa por el cuadro de sus amores. Alberto lo hizo durante la gestión de Luis Segura como presidente del club. La inauguración irregular del estadio junto al entonces intendente Aníbal Ibarra, la venta a precio irrisorio de once hectáreas del Bajo Flores en la víspera de Navidad del 2004, la condonación de la deuda millonaria de ABL, a través del diputado albertista Diego Kravetz y una supuesta reunión con Grondona, el titular de vitalicio de la AFA para un “ayudín” como se dice en la jerga futbolera para que “el Bicho” se mantenga en primera son los goles más recordados del zaguero Alberto Fernández.

Alberto Fernández también escribe en la historia de la mafia de los medicamentos. Como Superintendente de Seguros de Carlos Menem era asesorado por Néstor Vázquez. Luego, en 1996, fue Presidente del Grupo Bapro, donde fundó las Empresas Provincia Salud y Provincia ART siendo Vázquez presidente de esta última.

Su amigo Héctor Capaccioli, recaudador de la campaña “Cristina, Cobos y Vos” designó a Néstor Vázquez como gerente general en la Superintendencia de Salud. Creó un sistema para suprimir a las farmacias como intermediarios entre las droguerías y los pacientes o centros médicos. Ese fue el objetivo declamado, la realidad según las investigaciones de la época era derivar el royalty farmacéutico hacia las arcas propias. El Hospital Francés estaba entonces fusionado con la empresa Provincia Salud, creada por Alberto Fernández manejado por un leal, Eduardo Pupo. Lo fundió rápidamente. Decidieron con Néstor Kirchner intervenir el Hospital Francés, salteando al Ministerio de Salud. Tomaron el hospital a través de militantes patoteros que lo ocuparon durante semanas. Un escándalo que fue tapa de diarios y zócalo urgente de los noticieros. Apostaron a todo o nada para quedarse con el negocio. Fueron punteros propios los que empezaron a manejar el oscuro negociado de la efedrina.

Alberto Fernández no padece incriminación jurídica alguna. No tiene causas en su contra. Reaparece ahora como precandidato a presidente evocando a Néstor como prócer y adalid.

Cristina Fernández es su candidata a vice. Afirman que ella habrá de manejarlo como a una marioneta. Los que lo conocen bien dicen que será a la inversa. Que será el Jefe, en el caso de vencer. Voluntad de poder no le falta, ni tampoco le faltan mañas para manejarlo todo, aunque nadie se de cuenta.

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