miércoles 28 de febrero de 2024
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Sergio “el Ruso” Karakachoff: el legado de un militante que se convirtió en héroe

Hace 44 años, un grupo de tareas integrado por casi cuarenta hombres -fuertemente armados y a bordo de diez autos sin identificación- irrumpió en el domicilio del abogado Domingo Teruggi para secuestrarlo. Apenas enterado del hecho, su socio, Sergio Karakachoff, desoyendo el consejo de sus amigos, fue hasta el lugar para intentar ayudarlo, pero termino siendo presa de los captores junto con “Mingo”. Al día siguiente, sus cuerpos -ya sin vida- fueron encontrados a la vera de la Ruta 36, en el Partido bonaerense de Magdalena, con señales de tortura y mutilación.

Ambos estaban desde un tiempo atrás en la mira de la Dictadura. Su accionar profesional desde el Estudio Jurídico configuraba una amenaza para el objetivo del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”: su participación como defensores de trabajadores en diversos juicios laborales se sumaba a la interposición de recursos de hábeas corpus que develaban el siniestro accionar de las fuerzas armadas. Cada uno de ellos llevaba una vida comprometida con los Derechos Humanos y la lucha por una sociedad mejor: Teruggi había sido Presidente de la FUA por el Socialismo en el ´71, luego se vinculó al peronismo revolucionario; el “Ruso” comenzó a militar en las filas del radicalismo en su temprana juventud, pasó por el Centro de Estudiantes de Derecho de la UNLP y siguió militando en la UCR con una fuerte impronta popular.

Su actividad como Abogado en defensa de dirigentes gremiales que eran perseguidos políticamente lo llevó a compartir preocupaciones y trabajo junto a grandes abogados del rubro como Mario Abel Amaya y Ricardo Cornaglia, ademas de vincularse con grandes figuras del sindicalismo argentino, como dirigentes de la CGTA o el mismísimo Agustin Tosco; también se interesó por el periodismo, como una tribuna desde la cual denunció el accionar represivo de las dictaduras, participando de redacciones de importantes diarios como El Sureño de Bahia Blanca o La Calle, de La Plata -luego censurado-, y fundando su propio periódico llamado “En Lucha”.

Su trayectoria militante en el radicalismo estuvo basada en el trato directo y cotidiano con el pueblo, sin el aislamiento olímpico que practicaban algunos viejos dirigentes, en un ejercicio humilde y desinteresado de la política como herramienta de transformación social. Una escena común, que sin embargo pasó a la historia, ilustra su forma de pensar y actuar: en el marco de una acalorada discusión, soltó la frase “No hay nada que conversar, ya conversamos bastante, ahora hay que dejarse de joder y salir a trabajar con la gente”.

Esa vocación militante estaba signada por su entendimiento de que la política no necesitaba héroes ni mesías, la política estaba hecha por personas cuyos ideales daban sentido a sus luchas cotidianas. En otro párrafo que se volvió paradigmático dijo: “Un militante no es un héroe. Simplemente quiere vivir. Simplemente no se conforma con aceptar que otros han decidido ya su vida, su futuro, sus módicas ambiciones y su muerte”. Su militancia y su compromiso con la democracia y los derechos humanos fueron, en ese contexto, un acto de profundo heroísmo que hasta el día de hoy marcan la senda de los jóvenes radicales. Vivió y murió como un militante, lo recordamos como un héroe.

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