viernes 24 de mayo de 2024
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Reformistas, con ideas y propuestas

Las circunstancias políticas y económicas argentinas nos vuelven a poner ante el imperativo y el desafío de una transformación profunda. La llamada “Ley Bases”, impulsada por el Gobierno y que ha tenido el acompañamiento de una mayoría parlamentaria en la Cámara de Diputados, se propone como la herramienta institucional para implementar esos cambios y salir de nuestro obstinado ciclo de empobrecimiento y fracasos.

El radicalismo ha sido históricamente una fuerza política reformista. A veces, liderando las reformas; en otras ocasiones, como la que nos toca en la actualidad, acompañando críticamente y con propuestas. En este sentido, las reformas estructurales del Estado, la necesidad de contar con un marco que libere a la producción de toda atadura burocrática y regulativa, no es algo nuevo. Es una materia pendiente de la democracia, reconquistada en 1983. El presidente Raúl Alfonsín, en un memorable discurso ante la Asamblea Legislativa, un 1º de mayo de 1988, propuso a los representantes del pueblo y de las provincias cuatro ideas fuerza para sentar los fundamentos de una renovada economía: nuevas reglas de juego entre el Estado y el mercado; racionalidad en la administración pública; achicamiento del Estado y supresión de subsidios; y una redistribución del gasto social para recuperar la justicia como objetivo.

Raúl Alfonsín sabía de los obstáculos que tendría en ese camino y, alertó en ese discurso: “La política de reformas estructurales ha sido y es una decisión nuestra en la cual habremos de persistir, sabiendo que tropezaremos contra la resistencia de los intereses creados, pero sabiendo también que es una empresa contra la decadencia y en favor del crecimiento y del progreso social”. Esas ideas y propuestas fueron bloqueadas por “intereses creados”, obstaculizando una reforma y modernización profunda del Estado.

En la historia de nuestro país, encontramos al radicalismo asumiendo la responsabilidad de promover o acompañar críticamente distintas encrucijadas de transformación. No podemos olvidar la Reforma Universitaria de 1918, aquel movimiento inescindible de la apertura democrática que trajo Yrigoyen, permitió mucho más que una renovación académica a escala continental, propiciando la remoción de lastres escolásticos en nuestra cultura; Amadeo Sabattini, comprendiendo la complejidad de un mundo envuelto en guerra, y todavía sin haber salido de los efectos de la Gran Depresión, manifestó su apoyo a políticas de industrialización sectorizadas, en los tiempos de la “Ley Pinedo”; Arturo Illia se puso al hombro un ambicioso programa de progresividad tributaria, que de haberse aplicado podría haber redundado en beneficios para toda la sociedad, en años de sostenido crecimiento económico. Lamentablemente, sus reformas fueron saboteadas por grupos concentrados del poder económico y sindical.

La “Ley Bases” ofrece una oportunidad excepcional de exponer, ante una ciudadanía cansada y hasta irritada con la clase dirigente, un producto político que ha sido fruto de la discusión, del diálogo y el consenso.
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