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17 02 2021

A propósito de los economistas


Autor: Alejandro Garvie









En épocas de crisis los economistas revisan sus teorías, muchas de las cuales crujen bajo el peso de la realidad. Como corolario de la crisis actual –con o sin pandemia- irrumpe el populismo como una categoría en auge.

En un reportaje a Ricardo Carciofi publicada en este portal, se recorre el camino de la poca viabilidad de este estadio de la globalización en el que las corporaciones poderosas y los gobiernos débiles son la regla. Si a esto se le suma la injerencia directa de esas corporaciones en el control de las voluntades de los legisladores –vía cabildeo– y de los electorados –vía influencia en redes sociales– un mundo orwelliano o más propio de Phillip Dick es el que no toca en suerte. Las referencias literarias corren por mi cuenta.

Desde fines de 1997 –después de las crisis financieras globales del sudeste asiático, México y Rusia- el economista Dani Rodrik ha estado alertando sobre este fenómeno que se construyó con el rechazo a los controles de capital, la liberalización indiscriminada y la constante reducción de impuestos a los ricos.

Hoy, Rodrik concluye –en línea con Carciofi– que el resultado de que los políticos estén lidiando con una feroz reacción contra la globalización y la creciente desigualdad, es la ola populista. La vertiente del mundo desarrollado es el populismo de derecha que tiene raíces económicas, a pesar de que a menudo se lo considera como producto de un conflicto sobre la identidad y los valores del Estado-nación. Un desocupado de clase media, víctima de la automación o de la tercerización tiende a buscar culpables: los inmigrantes, los judíos, los otros.

En tanto, el populismo de izquierda es –para el economista de Harvard– un ingrediente necesario para “enderezar el barco”. En una entrevista realizada por Martin Sandbu del FT, Rodrik dijo al respecto: “Creo que esa es la gran diferencia entre la derecha y la izquierda, que el populismo de derecha es intrínsecamente contrario a la democracia. No creo que el populismo de izquierda lo sea. De hecho, diría que probablemente necesitemos una buena dosis de populismo de izquierda hoy para salvarnos, de verdad, de la versión de la derecha muy dañina y, en última instancia, mucho más aterradora”.

A los eventuales gobiernos populistas de izquierda les toca la tarea imperiosa de: “alinear el mercado laboral, la política industrial y tecnológica con el objetivo de proporcionar ‘buenos empleos’ y subordinar la política económica internacional a esa prioridad nacional. Quienes insistan con la ortodoxia o su variante de populismo de derecha, crearan consecuencias sociales y políticas que podrían ser nefastas.”

Algunos podrían pensar en el regreso de las políticas intervencionistas del New Deal o las que crearon el Estado de Bienestar en Europa. Pero Rodrik objeta esta tentación, porque todo ese esquema se basaba en la preparación y puesta en marcha de la mano de obra desocupada que fue el gran problema de la Gran Depresión, porque “ahora vivimos en un mundo en el que el problema es que, debido a una serie de tendencias, relacionadas con los cambios tecnológicos y la globalización del mercado mundial, nos encontramos en un estado crónico de escasez de buenos empleos (…) gran parte de este aumento en el apoyo a los grupos populistas de derecha es debido a la desaparición de buenos empleos.”

En la historia del capitalismo, por ejemplo, a medida que el fabricante de velas y el conductor del carruaje perdían su trabajo, se creaban muchos más trabajos en la industria de las lámparas eléctricas o del automóvil. Hoy no queda claro que el desarrollo de las nuevas tecnologías tenga la misma dinámica de antaño. Sobre aquella etapa de la globalización se tenía la misma concepción – dice Rodrik -  “se pensaba que, en conjunto, la globalización crearía nuevos puestos de trabajo o al menos solo cambiaría la composición de los puestos de trabajo y no cambiaría el nivel general de empleo (…). Hoy sabemos que, A, eso no fue del todo correcto y, B, la estructura de los trabajos se alteró de una manera que privilegiaron a relativamente pocos y dejaron a muchas personas sin niveles similares de ingresos”.

Es interesante reconocer, además, tanto en Rodrik como en Carciofi su preocupación por el rol del economista en este ciclo de pensar alternativas en entender que estamos ante un momento de cambio en el que muchos libros se han “quemado” y donde la innovación debe ser parte de la nueva práctica del pensamiento económico.


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