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21 03 2020

Peste negra, la gran pandemia del siglo XIV de la que podemos aprender una lección


Autor: Luciana Sabina









A mediados del siglo XIV la muerte llegó por mar y sus repercusiones -tanto económicas como sociales- dejaron patente la debilidad del sistema feudal hundiendo a Europa en las garras del terror. A medida que el mal avanzaba se cometieron extravagancias y atrocidades, con el único fin de sobrevivir a la epidemia. Hoy, en tiempos de coronavirus y cuarentenas es importante observar como respondió la humanidad a diversas pandemias, principalmente para no cometer los mismos errores y darle al tema la importancia que merece.

Existe un consenso bastante generalizado a la hora de fijar el origen de la peste negra en la región de Yunnan, (sudoeste de China). Desde allí, probablemente a través de caravanas comerciales, atravesó todo el Imperio Mongol llegando hasta la colonia genovesa de Kaffa, en el Mar Negro. Aunque cabe la posibilidad de que la enfermedad penetrara en esta ciudad a través de una de las cruentas incursiones de los tártaros, que tenían por costumbre catapultar cadáveres o moribundos hacia el interior de las murallas de ciudades enemigas. Motivo por el cual, diversos historiadores, los consideran como padres de las guerras bacteriológicas.

En octubre de 1347 varias naves genovesas llegaron al puerto siciliano de Mesina, procedentes precisamente de Kaffa. Traían consigo un inesperado e invisible polizonte: la yersinia pestis, nombre científico de la enfermedad descubierta recién en 1894 por Alexandre Yersin. Cuatro años más tarde, el bacilo se adueñó del Viejo Mundo y causó la muerte de aproximadamente 20 millones de personas.

De aldea en aldea, de ciudad en ciudad, la guadaña avanzaba sigilosa. Fiebre, escalofríos, náuseas, sed, agotamiento… eras sólo los primeros síntomas. Después sobrevenía el infierno: inflamaciones dolorosas y supurantes del tamaño de un huevo –conocidas como bubas o bubones- aparecían en las ingles, las axilas y bajo las orejas, es decir, en los ganglios linfáticos; siendo esta la forma bubónica de la enfermedad. Además estaba la variante septicémica, caracterizada por manchas púrpuras o negras –de allí el nombre-, que no eran otra cosa que necrosis en distintas zonas del cuerpo, es decir que el enfermo comenzaba a descomponerse antes de morir. Algunos no desarrollaban bubas: tras la fiebre sufrían ahogos, ataques de tos y expectoraban sangre, habían contraído la peste neumónica, originada por una mutación con neumonía. 

Nadie sospechaba por entonces que el origen estaba en las ratas, llegadas al continente en las bodegas de los barcos. En realidad, las pulgas de los roedores actuaban como vector de la enfermedad: tras infectar al animal, podían saltar a un humano y picarlo ocasionándole la peste. Luego, esta se trasmitía en su forma neumónica a todos los que inhalaban partículas de la saliva del enfermo o a través del contagioso líquido que expulsaban los bubones.

Como vimos la causa de la enfermedad y el modo de contagio serían descubiertos recién 400 años más tarde, lo que llevó a los hombres y mujeres de entonces a buscar posibles explicaciones y curas. La ira de Dios se posicionaba como el desencadenante principal de semejante flagelo.

Algunos pensaban que se debía a vapores insalubres provenientes de las profundidades de la tierra, los cuales se habrían liberado gracias a recientes temblores. Con el fin de combatir estos aires nocivos, comenzaron a usar ramilletes de aromas y perfumes de especias en los interiores. En este sentido los médicos se colocaban máscaras especiales –aquellas que simulan picos- buscando precisamente aislarse de estas emanaciones. 

Muchos decidieron salir en peregrinación y entregarse a diversas formas de penitencia tratando de evitar el “castigo divino”. Por ejemplo, se colocaban sapos o gallos desplumados junto a los bubones para que absorbiesen los venenos, propagando el contagio. También se realizaban las famosas sangrías y purgas, lo que debilitaban más al enfermo y  contaminaba a los sanos. Los llamado “flagelantes” realizaban marchas golpeándose sus espaldas descubiertas con látigos y salpicando a todos los que estaban cerca. 

Con toda esta historia por detrás, cuando en 1899 se detectó un foco de Peste Bubónica en Rosario, el presidente Julio Argentino Roca decretó el aislamiento total de la ciudad del resto de la República. Por suerte, para entonces ya existía cura y no fueron muchos los afectados. 

Publicado en Los Andes el 21 de marzo de 2020.

Link https://www.losandes.com.ar/article/view?slug=peste-negra

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