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16 10 2020

Paren el mundo, me quiero bajar


Autor: Eduardo A. Moro









Libération, el diario parisino fundado por Sartre, ilustró la muerte de Quino –(a quien en los años sesenta atribuían poner en boca de Mafalda la frase que titula esta nota)- con otra frase del humorista Juin que decía: “Quino ha muerto, la argentina todavía no”. El sintético y fenomenal reconocimiento a su talento, significó que además de humor, las elocuentes estampas de Quino durante años, fueron un reflejo de la historia de diversos sucesos del mundo en general y de nuestro país en especial.  Recalco esto porque nuestras  riquezas naturales  no han sido suficientes para impedir una espiral de decadencia permanente. El origen de esa tendencia fue también iluminada por Quino: “Cuidado: irresponsables trabajando”.  Nada parece haber cambiado. La sensación de querer bajarse por estos días de este mundo  nuestro  se parece mucho al infierno tan temido.  Más generalizado que el que describió Onetti en aquel cuento magistral. 

Mucho tiempo antes, varios siglos atrás , el gran Dante Alighieri (1265-1321) en La Divina Comedia, nos sume en tres instancias literarias supremas: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Vale la pena destacar que -lo que comienza  como una tragedia voraz– termina en un final feliz ,  de sublime inspiración religiosa. Por cierto, una suerte de consolación para cualquier sujeto del planeta capaz de transitar la vida y sus durezas.  

Lejos de la literatura y de algunos mitos europeos clásicos, se conocen como  Eddas a las narraciones del universo escandinavo, en prosa  menor y en verso mayor, referidas a las leyendas sobre dioses y seres del Norte provenientes de Asia. De exhuberantes giros paganos, irracionales y vitalistas. 

Los grandes mitos y representaciones del mundo se dan la mano con frecuencia  en la pretensión de imaginar tiempos y asuntos parecidos con  formas y nombres distintos. Hay en ellos algún comienzo incierto o difícil. Pero por lo general, existe algún final, con o sin diluvio,  o migraciones planetarias, y  el arribo  a  un paraíso. O en el otro extremo, a un apocalipsis.   Incluso hasta fue posible imaginar la idea de un cosmos  inmutable, sin principio ni final, representado felizmente por el gran árbol  de la vida en el film Avatar, llamado Yggdrasil en las leyendas escandinavas. 

Parece claro entonces que la persistencia de nuestra dirigencia en explicar lo inexplicable, se inspira en legendarias tradiciones, pero sin su belleza poética ni su grandeza. Refugiada en escapismos y muletillas vulgares, tales como: “a ver…”, “digo…”, “nada…”, “claramente …”, “la herencia de ...”, sus pretextos y galimatías para eludir -precisamente, la claridad- sorprenden por lo cursi, mientras la crisis sustentable –gran creación de la economía política criolla- seguirá pero nunca terminará. El parloteo acostumbra también echar la culpa a otros, prometiendo baños redentores para siempre. Mientras vamos no viendo lo importante, ni pensando en germinar acuerdos racionales, el ojo de la doncella está fijamente puesto en la impunidad que asegure el ombligo de su bolsillo. 

El reemplazo de jueces y la cobertura de sus cargos a piacere, restaurando la justicia elegida por la juzgada, no debería sorprendernos en estas tierras. Recordemos que -en 1839- quince siglos después de ser designado Obispo en 371, y dos siglos y medio más tarde de la fecha en que el Cabildo lo nombró Patrono de Buenos Aires en 1580, “el francés unitario San Martín de Tours” fue destituido como Patrono de la ciudad de Buenos Aires por haber “perdido la confianza del pueblo y del gobierno, abandonado por sus compatriotas (…) para siempre”. Todo esto fundamentado en el hecho de ser  francés, en el bloqueo al puerto, no haber librado a la ciudad de pestes y desgracias, ni ayudado a combatir las invasiones  de los indios en la frontera, entre otras causas. 

Para ser sinceros, tampoco se trata de tomar la calle, ni de reclamar la república en nombre del pueblo como se escucha en estos días. La calle y la noción de pueblo, república, o Argentina, no tienen un dueño. Pertenecen a todos, salvo que se consiga la soñada reforma o abolición directa  de la Constitución Nacional, por ser conservadora de privilegios. Mayoría no debe confundirse con unanimidad. Y si de minorías se trata, es respetándolas como se cumple con la regla de oro de la democracia. 

Es absurdo quitar valor al mérito. Y  abusivo refregarlo como un reproche a quienes no han largado siquiera la carrera para alcanzar las  igualdades posibles. La fijación y el control autoritario del pensamiento único y  la uniformidad disciplinada hizo preguntar a Giacomo Leopardi (1798-1837) en uno de sus “Diálogos”: ¿Así que de encontrarme en un país en el que todos fuesen ciegos de un ojo, sería necesario que yo me sacase uno de los míos, para ser igual a los demás? 

Estamos en tiempos de reacomodamientos difíciles, donde –parafraseando a Rosanvallón- podríamos decir que los partidos políticos se han ido disolviendo poco a poco, no por viejos sino porque las sociedades han cambiado: se han complejizado. Las clases históricas se han diversificado en segmentos variados. Como diría Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire. 

El populismo palpa el malestar resultante de la incertidumbre: ausencia de nuevas agendas y crisis de representación, ante lo que busca simplificar con el método personalista del o la líder. Su modo de confesar su desinterés en un futuro compartido, es simplificándolo con énfasis falsos dirigidos a quienes el poder considera argentinos de bien. El método consiste en reducir todo a una idolatría en la que encarne la sociedad. Lo demás es superfluo. 

Napoleón III, origen del bonapartismo, llegó y gobernó por elecciones, y cuando se instaló en el poder absoluto, declaró : “Yo no soy yo, soy el pueblo”. Así, en condiciones similares y con reglas de juego caprichosamente impuestas a la carta por el neo-populismo vernáculo, el país fracturado celebra el Día de la Lealtad. Diremos: no comments. Que, por cierto,  no es lo mismo que decir bad information en lugar de fake news.