sábado 22 de junio de 2024
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Parábola del COVID19

Esta es la historia  de un planeta que luego de vivir milenios en modo y tiempo natural, en poco más de un siglo algunos de sus habitantes -los seres humanos-, desarrollamos procesos científicos y tecnológicos artificiales que produjeron cambios vertiginosos, incluida la ingeniería inversa, aspirante a encontrar la chispa de Dios.

Las sociedades entraron en comunicación universal, episódica y fragmentada, en tiempo real y por sobre las fronteras. Se trastocó la gradual sucesión intergeneracional de los códigos de vida. Generó tendencias espirituales y de consumo universales y consiguientes angustias de privación. Impulsó viajes  permanentes y migraciones masivas. Modificó las relaciones de trabajo con el sesgo de la flexibilidad. Expulsó el sentimiento ancestral del arraigo íntimo, su calidez, su cierta identidad moral.

Esa enorme transformación no se ha traducido en mayor igualdad. Fue moldeada por la pulsión líquida del turbo capitalismo recargado: modelo único y global de liberación e interacción entre  “mercados”. El estado se retiró de la economía de los países y hasta del mundo entero. La “globalización”- supuestamente organizada- en la realidad está librada a la suerte de voraces “titanes en el ring”, ahora enmascarados con barbijos. Su gran paradoja es que con sofisticada telaraña en red genera crecimiento sin trabajo, en el sentido orientador de la vida. Y con ello: vencedores y vencidos, desdichados y dichosos, adaptados e inadaptados. Un colectivo que llega cada vez más lejos a mayor velocidad, y en cada parada debe desprenderse de más pasajeros cada vez más lastimados, arriesgando quedarse sin ninguno. Al mismo tiempo grandes logros de todo tipo, como vacunas,  viajes espaciales, robots, inteligencia artificial, mundo digital 5G, la cuarta revolución industrial.

Es de preguntarnos, entonces: con estos “avances” ¿nos hicimos más civilizados? Cuál es hoy  el valor ético que atribuimos a nuestros deseos y a nuestras relaciones con los demás? Somos leales a éstos, tratamos de serlo ? Significa algo estimable para con nosotros mismos y los demás, cuando ya nada -ni el respeto mutuo ni la confianza-  puede alcanzar firmeza 
porque tiempo y espacio se evaporan, y los vínculos también, desorientados por el desapego de los no lugares?

No se sabe bien por qué -es otra paradoja dialéctica-, algunos caminos diabólicos parecen conducir hacia la divinidad. La música de sus sirenas encanta y dulcifica la violencia de los huracanes próximos, desoyendo voces anticipatorias: “Siempre es posible que algún organismo parásito hasta entonces desconocido escape de su habitual nicho ecológico y exponga a las densas poblaciones humanas que han llegado a ser una característica tan llamativa de la Tierra a alguna nueva y tal vez devastadora mortalidad” (Mc Neill, W.H. “Plagas y pueblos”, Ed. Siglo XXI, 2016).

Erik Brynjolfsson, joven experto en economía digital que trabaja en estudios especializados del MIT, frente a los desafíos de la época, a fines del 2019  se preguntó y reflexionó: “¿Dónde estamos parados hoy?  Pueden ser los diez mejores años de la historia de la humanidad o una de sus peores décadas, porque tenemos más poder que nunca en nuestras manos”.

Y ante la pandemia, John Gray declaró: (…) Adiós globalización, empieza un mundo nuevo (…) La hiperglobalización de las últimas décadas se acaba. El capitalismo liberal está en quiebra  (…) Asistimos a un punto de inflexión histórico… Las calles desiertas se volverán a llenar y saldremos de nuestras madrigueras iluminados por la luz de las pantallas parpadeando con alivio. Pero el mundo será diferente de como lo imaginábamos en lo que pensábamos que eran tiempos normales … Esto no es una ruptura temporal de un equilibrio que, de lo contrario, sería estable.  (….) La creencia de que la crisis se puede resolver con un estallido sin precedentes de cooperación internacional es pensamiento mágico en su forma más pura (…) Una ventaja de la cuarentena es que se puede utilizar para renovar las ideas. Hacer limpieza mental y pensar cómo vivir en un mundo alterado es la tarea que nos corresponde ahora. Para quienes no estamos sirviendo en primera línea, esto debería bastarnos mientras dure el confinamiento…”. ( El País,  24.04.2020).

Las parábolas han servido para sacar de ellas alguna enseñanza, cuál será la que saquemos de la pandemia. Dios no sonríe, nos mira con tristeza interrogante, aguardando ver si nuestros próximos pasos demuestran que aprovechamos la enseñanza de la tragedia y tratamos de ser mejores congéneres, nos cuidamos y cuidamos a la tierra. “Hoy en día, la no creencia debería comenzar por cuestionar no a la religión sino a la fe secular” (mismo J.G., en “Siete tipos de ateísmos”).

Parafraseando a gusto a John Locke, decimos: “Si la (naturaleza) no se aviene a coincidir con nuestras acciones, tanto peor para la (naturaleza)”, y malversando entonces nuevamente el péndulo de nuestra libertad –sin reflexión justificante- la marcha veloz hacia adelante, a cualquier costo, sería irreversible. Confirmaríamos que  sus resultados para el género humano son indiferentes al psicótico poder mundial que ocupa  la Nave de los Locos, magistralmente simbolizada por el Bosco.

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