miércoles 24 de abril de 2024
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Oxímoron libertario

No hay Estado democrático sin una burocracia que esté al servicio de ciudadanos y usuarios. No hay economía capitalista que funcione bien sin empresarios y trabajadores invirtiendo, produciendo, consumiendo y ahorrando. Y no hay democracia verdadera sin mayorías y minorías alternando en el ejercicio del gobierno y de la oposición según lo determine la voluntad popular expresada en las urnas. Quienes hoy cumplen un rol, mañana pueden cumplir el otro. Unos y otros con igual legitimidad.

Las sociedades modernas occidentales que alcanzaron niveles altos de desarrollo lo hicieron conjugando las tres cosas: democracia liberal, economía capitalista y estado responsable. Es un sistema de intercambios en el que todos los actores persiguen sus propios intereses, exponen sus ideas y objetivos, defienden sus intereses, a sabiendas de que su defensa y prosecución depende de que esos intercambios no se pierdan, no se quiebren, no se interrumpan, no se corrompan.

Y es, como tal, un juego de suma cero (lo que unos ganan, los otros lo pierden) que puede devenir, cuando fructifica, en uno en el que todos ganan. Lo que no puede existir es un sistema que funcione prescindiendo de alguno de los factores y actores intervinientes.

Robert Alford y Roger Friedland, en un texto clásico de la ciencia política (“Los poderes de la teoría”), sintetizan la idea: en las sociedad contemporáneas hay tres lógicas que coexisten; la del Estado, la del capitalismo y la de la democracia. Una gestión de gobierno debe lograr que esa tres lógicas sean como las ruedas de un engranaje que mantiene el funcionamiento del sistema social, sin confundir unas lógicas con otras.

No lo entienden así quienes suponen que es posible subsumir la lógica del mercado a la del Estado y que sea este el que imponga sus condiciones a la economía. Tampoco quienes sostienen que puede haber una economía de libre mercado sin un Estado que garantice las condiciones, marcos y reglas de la convivencia y la acción social.

Y tampoco quienes supeditan la lógica de la democracia a la de la razón de Estado o del mercado, tomando como un estorbo, una expresión espúrea o una pérdida de tiempo la deliberación pluralista, la negociación y la búsqueda de acuerdos, el control de poderes y la rendición de cuentas. Menos aún quienes sostienen la razón de Estado mientras descreen filosóficamente de su existencia y necesidad.

El Estado ha dejado de ser la solución a los problemas, para ser un problema más a resolver. La inflación y el déficit fiscal son expresiones de ello. El asesor presidencial “estrella” Federico Sturzenegger lo dijo de otro modo esta semana en A dos voces al hablar de la batalla cultural que el Gobierno está librando para dejar atrás “el relato” preexistente, en el que “durante 20 años se escuchó que el Estado era la solución a los problemas”, para pasar “a uno en donde se dice que le Estado puede ser el causante de los problemas”.

Pero el tratamiento puede ser por demás contraproducente si se cree que la solución es terminar con él, desmantelarlo, llevarlo a su mínima expresión, planteando la utopía (o distopía) de un capitalismo sin Estado. Eso puede conducir al camino contrario al que se dice querer marchar. A otro tipo de Estado, diría Hobbes: el estado de naturaleza donde impera la ley del más fuerte.

Publicado en Clarín el 23 de marzo de 2024.

Link https://www.clarin.com/opinion/oximoron-libertario_0_L9ADTgsoiJ.html

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