viernes 23 de febrero de 2024
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No somos hormigas

Contiguo a las esperanzas de una importante porción de la sociedad ante el reciente cambio de Gobierno, camina un Presidente legítimo pero que carece de poder político e institucional. Su primera tarea debería ser conseguirlo, construirlo. ¿Y qué está haciendo? Milei embiste contra casi todos y casi todo partiendo de un diagnóstico impreciso, careciendo de un programa de gobierno y sin contar con  un equipo formado acorde al desafío transformador que pregona. A esto hay que añadirle en segundo orden, aunque no menos preocupante, su impronta caligráfica autoritaria, sus ademanes impertinentes y su retórica chantajista sobre la desaparición de la Argentina.

Al Presidente lo asiste la razón respecto de los pésimos resultados del gobierno anterior y de la profunda crisis estructural que atravesamos. Dictó un Decreto de Necesidad y Urgencia, y envió un proyecto de Ley Ómnibus al Congreso en el que se concentran las medidas que desregularán la economía y desarticularán el Estado, que es la fuente de todos los males según su credo ideológico. En conjunto propone derogar cientos de leyes que afectan a todos los sectores económicos y sociales, y lo hace sin dialogar, sin debatir, sin acordar ni consensuar con otros sectores de la representación política,  teniendo sólo con el 15 por ciento de los diputados y el 10 por ciento de los senadores. Es, cuanto menos, raro. La política sin política. Mal pronóstico.

Respecto de su visión de los problemas estructurales, se lo ha escuchado decir que comenzaron con Hipólito Yrigoyen, porque hasta ese momento el país había crecido sin la intromisión del Estado en las cuestiones privadas y, con el triunfo de la UCR, se había inaugurado el ciclo populista vernáculo que continúa hasta hoy.  Diagnóstico errado: Yrigoyen fue el primer presidente elegido en elecciones democráticas libres, fue popular y no populista, y la Generación del 80 contaba con un Estado fuerte para nada prescindente de la vida económica nacional. Una mirada histórica simplista y falsa.

El Presidente no tiene un programa de Gobierno, o si lo tiene es un no-programa. Firmó un listado de medidas, algunas contradictorias entre sí, que ni siquiera fue elaborado por su propio equipo. No hay propuestas de políticas públicas que expliquen los lineamientos de desarrollo que debemos seguir. No hay una visión de la sociedad que deseamos ser. No hay una evaluación de los incentivos que corresponderá aplicar y no hay modelo de crecimiento estratégico económico para los próximos años.  Sólo hay un intento fiscalista de bajar costos. “No hay plata” no es un programa de gobierno, no alcanza.

En cuanto a quiénes van llevar adelante estas medidas también hay desazón: funcionarios del gobierno anterior que continúan en sus puestos, funcionarios que nunca fueron funcionarios, y funcionarios que son y no son, que asumen y no asumen. La mayoría de ellos se entera de las  iniciativas de su propio gobierno a través de los medios de comunicación. Mucha improvisación.

No hay duda de que la crisis argentina necesita cambios profundos. Lo sostuvo la plataforma de la UCR para estas elecciones. Los desvaríos económicos, la baja calidad institucional y los crecientes porcentajes de pobreza y malestar de vida, son inadmisibles. Pero no es reemplazando un populismo por otro como vamos a recuperarnos. No es con delegación de poderes como vamos a resolver esta encrucijada. De hecho, con excepción de Alfonsín, De la Rúa y Macri, todos los gobiernos desde 1983 tuvieron poderes especiales. No podemos asegurar que hay una relación directa entre el ejercicio de los poderes delegados y el crecimiento de la pobreza y la desigualdad, pero sí podemos asegurar que hay una relación directa entre la calidad institucional, la división de poderes y la transparencia de gestión con el progreso del conjunto de los argentinos.

No es una buena idea que los cambios respondan exclusivamente a la impronta del Gobierno sin ser debatidos por las otras fuerzas políticas y sin escuchar a los sectores involucrados en las reformas. Si no se intenta construir consensos, las transformaciones, si ocurren,  no serán sostenibles y por lo tanto no generarán certidumbres. Milei puede terminar perdiéndose en la desesperada convicción de sus fantasías libertarias en lugar de hacer frente a las urgencias del agobio cotidiano argentino.

Cuando uno observa la marcha de las hormigas, sorprende la rectitud y el paso alineado con el que se desplazan una detrás de la otra. Eso es así porque las hormigas sólo pueden y saben organizarse de una manera. No tienen alternativas. La reina es reina, la constructora es constructora y la recolectora es recolectora. La reina marca el camino y todas las demás siguen ese camino único. El Ejecutivo propone un camino único: el DNU no se puede tocar y la Ley Ómnibus tiene que salir o salir. El Presidente olvida que no somos hormigas. Las hormigas no cambian, no se rebelan nunca. Por el contrario, las personas cambiamos, pensamos diferente, tenemos múltiples intereses, formas de organizarnos y de cooperar y detentamos razones y emociones para elegir cómo queremos vivir. Eso que llamamos Cultura.

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