miércoles 24 de abril de 2024
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Milei y el Ministerio del Tiempo

1. Es muy difícil, por no decir imposible, diferenciar la personalidad del personaje. Si esto vale en general, vale con particular intensidad en el campo de la política, y ni hablar si el personaje en cuestión se llama, por ejemplo, Javier Milei. Insisto en este último aspecto, porque por las modalidades de la llegada a la presidencia del líder anarcocapitalista los rasgos de su personalidad para mal o para bien son decisivos. Por lo general los presidentes marcan con su personalidad los tonos de su gestión. Este principio vale para Milei más que para cualquier otro presidente. Y vale para Milei por su condición de outsider, es decir, de un político forjado al margen de las tradiciones partidarias clásicas, pero sobre todo porque, convengamos, su personalidad exhibe detalles, rasgos que en el más suave de los casos merecen calificarse de excéntricos cuando no de extravagantes. Analistas, políticos y periodistas se esfuerzan para distinguir la persona de sus actos oficiales. El principio sería; “Juzgarlo a Milei por lo que hace y no por lo que dice”. Sus exabruptos, sus vulgaridades, su agresividad, no afectarían su gestión y, en más de un caso, solo llegarían a ser detalles anecdóticos que impiden observar con nitidez lo importante, es decir, su lucha contra la inflación y el déficit fiscal, además de sus ataques a la corrupción del “antiguo régimen”, e incluso su decisionismo, como, por ejemplo, ordenarle a Martín Menem y Victoria Villarruel que no habiliten el aumento a los legisladores, una decisión que significa un atropello al Congreso, más allá de que se invoque una causa justa o que el Congreso esté merecidamente desprestigiado. Una vez más recuerdo: al poder hay que limitarlo; sin olvidar sus astucias, es decir, ese talento que dispone para expandirse en nombre de causas justas hasta el momento en que, con el mismo desparpajo e impunidad empieza a barrer con todo.

II. Milei hoy disfruta de su luna de miel con el poder. Sus arrebatos, sus desequilibrios emocionales son mirados con simpatía o consentidos con cierta resignación, pero la experiencia me ha enseñado mucho acerca de la volubilidad de la opinión pública y la rapidez con la que condena aquello que hasta ayer aplaudió. ¿Qué puede demorar o detener esa reacción? Los resultados. Así de materialista y rapaz es la vida. En su momento Menem fundó algo así como una estética presidencial que incluía tilinguería, cholulismo, vulgaridad, exhibicionismo ramplón. Y esa estética fue exitosa porque no solo muchos se reconocieron en ella, sino, y en primer lugar, porque la Convertibilidad funcionaba. En 1995 nadie ignoraba que Menem era el presidente más corrupto del siglo veinte, pero ello no impidió que ganara las elecciones con millones de votos porque, bueno es saberlo, la corrupción y el cualunquismo indignan a muchos, son motivos de largas tertulias en mesa de café o en sobremesas de amigos después de un asado dominguero, pero a la hora de la verdad pareciera que debemos admitir que la gente vota con el bolsillo, y si esa víscera anda bien las peculiaridades pintorescas de un presidente o sus rasgos detestables no importan demasiado a la hora de emitir el voto.

III. Milei, a diferencia de Menem, le falta obtener resultados. Nada más y nada menos. A su manera, él mismo lo dijo: “Lo que diferencia la locura de la genialidad es el éxito”. Pues bien, el “éxito” por ahora es una materia a aprobar. O loco o genio. Así están planteadas las cosas. Pareciera que a Milei le gusta que la moneda en el aire incluya esas posibilidades. Habría que preguntarse si los argentinos también estamos dispuestos a palpitar los caprichos del azar, cuando sabemos que las consecuencias de esos caprichos nos pueden salir muy caros. Por ahora el hombre mantiene los niveles de adhesión que lo llevaron a la presidencia. Por ahora. La macroeconomía pareciera que lentamente empieza a ponerse en orden, pero las vicisitudes de la microeconomía, es decir, aquella materia con lo que los ciudadanos y consumidores tenemos que lidiar todos los días, son cada vez más duras. Duras y en algunos casos impiadosas. Milei dispone de algunas ventajas con relación a Macri: dijo de entrada que no había plata y pintó con los tonos más sombríos la herencia dejada por el peronismo; cuando Macri asumió el poder el kirchnerismo se sentía entero y dispuesto a librar una épica populista para terminar lo más rápido posible con el “régimen usurpador”; hoy está en ruinas, su jefa corre el riesgo de ser definitivamente condenada y, además, no se les ocurre una idea para superar el desafío de Milei.

IV. La pregunta del millón es cuánto están dispuestos a soportar los argentinos los rigores del ajuste o, si será posible que los supuestos beneficios del derrame que provocaría una economía capitalista en expansión lleguen antes de que las amplias clases medias y los sectores populares se consideren estafados por Milei. Hoy el termómetro del humor popular es el supermercado. Allí donde la gente va inevitablemente porque se puede prescindir de todo menos de los alimentos, se libra la batalla sorda entre los que consideran que mientras los precios se han ido a las nubes sus sueldos son los mismos. Todos nos hemos achicado. Compramos menos y compramos más barato; salimos menos a cenar y reducimos los gastos de vacaciones o fines de semana largos. Para los veteranos, nada nuevo bajo el sol. Yo era un purrete cuando los escuchaba a mis padres renegar por la consigna “hay que pasar el invierno”; y era un adolescente, cuando nos dijeron que había que ajustarse el cinto; y ya era un boludo grande, cuando un periodista, entonces famoso por su incondicional simpatía a Menem, nos aseguraba que “estábamos mal pero íbamos bien”. Digamos que, para verle el lado positivo a la cosa, a estas recetas ya la hemos probado y de ella podemos decir muchas cosas menos que sean agradables. Al ajuste cada uno lo hacemos de acuerdo con nuestros ingresos, pero lo hacemos porque no nos han dejado otra alternativa o porque nos han convencido de que es necesario hacerlo porque “la luz está al final del camino”. Después están aquellos para quienes el ajuste incluye desempleo, inseguridad o incerteza acerca de si se podrán acercar un plato de comida a la mesa esta noche. No quiero ser dramático, ni desconozco que no se le puede exigir a un gobierno que resuelva en cien días lo que algunos vienen destrozando desde hace por lo menos veinte años. No quiero ser dramático y estoy dispuesto a admitir que algunas iniciativas o denuncias de Milei son justas, entre otras cosas porque ha ventilado negociados y estercoleros que todos sabían que existían pero nadie parecía dispuesto a ponerle fin. No quiero ser dramático, pero lo que insisten en su condición de dramáticos, y a veces de trágicos, son las cuentas de la luz, el agua y el gas; o los precios de los artículos de primera necesidad en las góndolas de los supermercados. Admito que sigo dispuesto a responsabilizar a las gestiones peronistas del actual desastre, pero…¿saben qué?, ya me estoy cansando de practicar esta gimnasia retórica, no porque no sea verdadera, sino porque a la hora de resolver los problemas actuales sirve cada vez menos.

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