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27 11 2022

Miguel De Luca: Elecciones intermedias en Estados Unidos. De derrota anunciada a remontada emotiva


Autor: Esteban Lo Presti









Entrevistamos a Miguel De Luca, politólogo, profesor titular de la materia Fundamentos de Ciencia Política en la Facultad de Ciencias Sociales y de Teoría del Estado en la Facultad de Derecho, ambas dictadas en la Universidad de Buenos Aires. Observa y estudia las instituciones y la política estadounidense y su impacto y reflejo en las películas, series y literatura desde hace treinta años.

Empecemos con dos preguntas “de color”, ¿cuáles son los motivos del uso del burro y el elefante como símbolos de los partidos Demócrata y Republicano? ¿Y los colores rojo y azul? Muchos suelen confundir las referencias, incluso algunos periodistas y analistas políticos... 

Demócratas y Republicanos son dos de los partidos políticos más viejos del mundo, y a la vez dos de los más longevos junto con los conservadores británicos y los blancos y los colorados uruguayos. Ambos surgieron en el siglo XIX, los Demócratas primero, con el impulso del liderazgo de Andrew Jackson, presidente de los Estados Unidos hacia 1830. Mientras que los Republicanos aparecieron hacia 1850 y llegaron a la presidencia por primera vez con Abraham Lincoln una década más tarde.

Orientados a la movilización electoral en un contexto de voto optativo y de una importante proporción del electorado analfabeta, ambas organizaciones partidarias desplegaron varios recursos destinados a facilitar el sufragio, entre ellos el uso de símbolos de fácil reconocimiento, como el burro y el elefante.

Lo interesante es por qué y cómo estos dos animales se convirtieron en los símbolos más difundidos y los emblemas no fueron otros.

Resulta que los adversarios de Andrew Jackson se referían a él despectivamente como “el asno” o “el burro”. En inglés, en un juego de palabras con su nombre, lo llamaban “A. Jackass”, que significa “un burro”. Y dicen que Jackson se tomó con humor el mote e incluyó la imagen del burro en sus posters y panfletos de campaña. Pero el guiño de Jackson no se extendió en el tiempo.  El empujón le corresponde a un importantísimo caricaturista estadounidense de afinidad con los Republicanos, Thomas Nast, quien varios años después popularizó al burro como distintivo de los Demócratas. Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XIX y hasta los años sesenta del siglo XX los Demócratas también usaron como insignias el gallo y la estrella de cinco puntas en prendedores, afiches y hasta en boletas de votación (de hecho el gallo permanece como símbolo electoral en estados como Oklahoma, por ejemplo y la estrella de cinco puntas en el estado de Nueva York).

Sobre el origen y los motivos del símbolo del elefante existen varias versiones, algunas con evidencia de respaldo y otras más discutidas. Pero de lo que no cabe duda es que fue el mismo Thomas Nast, mediante sus ácidas ilustraciones, el responsable de difundir a este animal como identificación de los Republicanos.

Nast tuvo una influencia muy relevante en la política estadounidense: mediante sus caricaturas respaldó a candidatos presidenciales Republicanos como Lincoln y Grant y criticó duramente al boss Tweed, el jefe del aparato partidario Demócrata en Nueva York.

¿Cómo eran la vida y la política en esos años en que irrumpieron ambos partidos y sus símbolos? Para darse una idea, recomiendo la película Gangs of New York, dirigida por Martin Scorsese.

En cuanto a los colores, en el mundo el rojo está asociado a los partidos de izquierda, centro izquierda o progresistas: durante mucho tiempo a los comunistas y a los socialistas se los llamaba directamente “rojos”. Mientras que el azul identifica a las organizaciones partidarias de centro derecha o conservadoras. Pero Estados Unidos es la llamativa excepción a esta pauta.

Desde la elección del 2000, la de George W. Bush versus Al Gore, el rojo es para los Republicanos y el azul para los Demócratas. Es así porque para la cobertura de esa votación las grandes cadenas de medios de comunicación, como los canales de noticias o los periódicos más influyentes, acordaron mantener esos colores en forma constante. Y lograron que todos los siguieran. Lo reñido del recuento contribuyó luego a fijar esa asignación de colores durante varias semanas y a su exitosa permanencia.

Pero de ningún modo esa división cromática era así antes de la contienda Bush junior contra Gore. Tradicionalmente rojo y azul eran los colores más usados para diferenciar a candidatos y seguidores de uno y otro partido; sin embargo en varios estados los Republicanos usaban el azul y los Demócratas el rojo, e incluso dentro de un mismo estado las divisas cambiaban de tono según el distrito electoral o la ciudad.

Conclusión para extender el análisis sobre los particulares partidos protagónicos en Estados Unidos: los dos partidos no decidieron los colores que los identifican hoy, sino que los medios de comunicación como el New York Times o USA Today lo hicieron por ellos, los “pintaron”.

¿Cómo fue esa peleadísima elección del 2000 que fijó el uso del rojo y del azul? Recomiendo una película para TV titulada Recount (Recuento), dirigida por Jay Roach.

¿Qué evaluación general hace de estas elecciones de mitad de mandato presidencial? 

Podría presentarla como uno de esos guiones cinematográficos que a Hollywood le encantan. Así que hago el intento. Placa en negro. Una voz en off resume la situación. Estados Unidos, 2022, midterm elections, elecciones de mitad de mandato. Se renueva un tercio del Senado y toda la Cámara de Representantes. Fondo de música dramática. Tradicionalmente en las midterm elections el partido del presidente pierde bancas en el Congreso. El tamaño de la derrota está muy asociada al nivel de aprobación presidencial en la opinión pública al momento de votar. Joe Biden registra uno de los niveles históricamente más bajos de aprobación: apenas supera a Trump (2018) e iguala a Clinton (1994) y Reagan (1982), tres casos de derrotas contundentes. La inflación es la más alta en cuarenta años. Después del aumento del costo de vida, de las tasas de interés muy altas y del temor a la recesión las encuestas señalan como principal preocupación el liderazgo del gobierno. Música dramática in crescendo. Biden tiene 80 años. En el Senado, Demócratas y Republicanos están empatados en 50 bancas y la vicepresidenta Kamala Harris ya votó 26 veces para desempatar. La pérdida de una o ambas cámaras del Congreso dañaría seriamente la capacidad de Biden de promover su agenda política en los próximos dos años. Los Republicanos esperan una avalancha de votos. Silencio. Música épica in crescendo. Esta es la historia de una derrota anunciada que terminó en remontada emotiva. Títulos.

Y efectivamente así fue. En el Senado los Demócratas se aseguraron una mayoría. Y todavía está pendiente el resultado en el estado de Georgia, con lo cual Biden logró un objetivo estratégico. En la Cámara de Representantes los Republicanos se impusieron y tendrán el control. Pero en contraste con las expectativas pre-electorales, y también en comparación con las midterm elections de las últimas décadas, este triunfo tiene gusto a poco y a amargo. Y la diferencia numérica entre ambos bloques partidarios es tan estrecha que el jefe de los Republicanos en la Cámara es muy vulnerable a cualquier defección.

A diez días de la elección en los EEUU todavía no se tenían los resultados finales. ¿A qué se debe? ¿Es por el federalismo extremo del país?

Hay varios motivos. El federalismo es un primer factor a considerar, pero no el único. No existe una ley o regulación nacional relativa a las elecciones, sino que cada estado fija las reglas de la competencia política y está a cargo del conteo de los votos. Y como la velocidad del escrutinio varía según el procedimiento, basta la demora en un par de estados para no obtener un resultado definitivo o cuasi definitivo. En particular cuando, por ejemplo, en el Senado la diferencia de bancas es tan ajustada.

El segundo factor es que en ciertos distritos de varios estados la elección es muy reñida, las bancas se definen por pocos votos, y entonces el conteo se torna más lento. Recuérdese que cada uno de los 435 representantes (el equivalente a nuestros diputados nacionales) se eligen en distritos uninominales a mayoría simple, con lo cual un voto, un único voto, puede ser la diferencia entre conseguir la banca o quedarse sin nada. Es un sistema de “winner-take-all”, es decir donde en cada distrito “quien gana se lleva todo”. Una gran proporción de las bancas a renovar son “bancas seguras”: quien compite por la reelección, el incumbent, tiene una amplísima ventaja. Y unas pocas bancas son las que están realmente en discusión, las que conforman el genuino “campo de batalla”. Sin embargo, como el sistema es bipartidista esa pelea por esa cantidad relativamente pequeña de bancas es la que define qué partido obtendrá el control de la Cámara.

Un tercer motivo es el voto por correo. Los votantes pueden mandar su voto con anticipación. Pero luego cada uno de esos envíos debe someterse a una verificación: la de comprobar que la firma del votante coincida con la que figura en el registro electoral. Luego pasa por la fiscalización de los partidos y, finalmente, se pasan a contar. Además, en algunos estados donde está habilitado el voto por correo, si bien la fecha de envío certificada por el sellado postal debe ser previa al día de la elección, existe un plazo de espera para recibir los votos de hasta cuatro días, con lo cual el escrutinio también se hace más largo.

Finalmente, en el estado de Georgia, la elección de los senadores no se define por mayoría simple, sino por mayoría absoluta. Por lo cual, si ninguna candidatura supera ese umbral está prevista una segunda vuelta. Este año esa segunda vuelta en ese estado se fijó para el 6 de diciembre. O sea, el desenlace se alarga un mes. Esta peculiaridad de Georgia no sería relevante con otra distribución de bancas en el Senado. Pero dada la paridad existente, se convirtió en crucial para la definición del resultado.

En los últimos veinte años, dos candidatos a la presidencia (Bush hijo y Trump) obtuvieron menos votos que sus rivales, pero se impusieron en el Colegio Electoral y llegaron a la Casa Blanca ¿Por qué no avanza una reforma que suprima la elección indirecta del presidente?

Como dice el politólogo Josep Colomer, el colegio electoral para consagrar presidente en los Estados Unidos es una reliquia de la Edad Media. Los que promovieron la constitución de los Estados Unidos, Alexander Hamilton y James Madison, y los convencionales que la debatieron y aprobaron, afrontaron el problema de darse una jefatura de Estado que no podía ser de naturaleza monárquica (aunque sus funciones estaban inspiradas en la monarquía). Sin Corona, sin casa real ni una sucesión hereditaria, el mecanismo que conocían, y al que terminaron recurriendo, fue el mismo que se empleaba para seleccionar a ciertos reyes medievales, a los Papas y a los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. Una asamblea, un colegio de pares, como el colegio de cardenales para elegir al Papa o los príncipes electores para decidir la cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico.  

El colegio electoral combinó bien con la república federal que armaron los fundadores del nuevo país, se adaptó sin muchos traumas a la emergencia y consolidación de la política partidaria y a la progresiva democratización del sistema político. Incluso sirvió de modelo para varias repúblicas de América Latina (como Argentina, donde la reforma constitucional de 1994 lo reemplazó por una votación directa a dos vueltas). Y así llegó hasta hoy.

Políticos, partidos y votantes se mueven según estas reglas. Los candidatos concentran sus esfuerzos en los estados en disputa (los swing states) y no en los que más poblados. Los votantes saben que no votar por Demócratas ni por Republicanos es desperdiciar el voto.  Los políticos que quieren llegar a la Casa Blanca, al Capitolio o a una banca de legislador estadual saben que esos partidos y únicamente estos dos partidos son el medio para hacerlo. Los estados menos poblados aprovechan su momento de relevancia en el calendario de las primarias.

Cualquier modificación que suprima el colegio electoral debería ser promovida y aprobada por los mismos actores que desde hace muchísimo tiempo están adaptados a estas reglas y las aprovechan, las explotan al máximo. No los veo emprendiendo una reforma con consecuencias de gran magnitud, que atenten contra sus posiciones de poder o que pongan en riesgo sus expectativas de competir con éxito.

¿Qué escenario proyecta para la próxima elección presidencial? ¿Cuál de los dos partidos tiene más consolidado su frente interno? Donald Trump lanzó su campaña para el 2024, ¿posibilidades de obtener la candidatura de los republicanos? También parece que los republicanos se encaminan a una carrera sangrienta por la nominación. ¿Pueden dividirse?

Apenas está concluyendo este ciclo electoral. Hoy, cualquier análisis prospectivo sobre la próxima elección presidencial es aventurado. Por supuesto, existen ciertos factores que ya pueden considerarse para evaluar potenciales candidaturas. Uno es la avanzada edad de eventuales aspirantes, como lo son, naturalmente, el presidente Biden, que cumplió 80 años y Donald Trump, que tiene 76 años. Otro factor es el pobre desempeño de los candidatos trumpistas en estas midterm elections. Tercero, Ron DeSantis, republicano y gobernador reelecto en FloridaEs joven, graduado en Yale y Harvard, condecorado por su servicio en las fuerzas armadas.

Y no solamente falta un buen tiempo para 2024. En Estados Unidos la carrera presidencial es un proceso complejo, mucho más complejo que conseguir la mayoría de los 538 electores en el colegio electoral. Está el crucial proceso de selección de candidaturas que empieza un año antes del recambio presidencial: las primarias. Y antes de estas votaciones en primarias (¡y, por supuesto, en el caucus de Iowa!), están las “primarias invisibles”: es así como llaman a los esfuerzos de los candidatos por conseguir financiamiento, mucho financiamiento, para sus campañas. En esas “primarias invisibles” pueden caerse candidaturas con proyección.

Finalmente, sobre este tema, pero también para darse una idea general sobre el funcionamiento de la política en Estados Unidos recomiendo la excelente serie de TV de la NBC The West Wing, probablemente una de las mejores series políticas. Por ejemplo, los últimos episodios de la temporada 6 y algunos episodios de la temporada 7 ilustran muy bien los problemas de financiamiento de los candidatos en campañas electorales larguísimas y muy costosas.