miércoles 28 de febrero de 2024
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Menotti y el Mundial 78

Uno de los temas más visitados cuando se repasa el Mundial 78 es la actuación (o la actitud asumida) de César Luis Menotti durante aquellos tétricos años.
Ya es archisabido que el entrenador argentino era simpatizante de los movimientos de izquierda (era un inorgánico del Partido Comunista) y que había llegado a la conducción del equipo en octubre de 1974, durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón y bajo la presidencia en la AFA de David Bracuto, un médico de la UOM y ex presidente de Huracán, equipo con el que Menotti ganó consenso después del título local con aquel fenomenal Huracán del 73.
Bracuto era presidente de AFA gracias a la rosca que había armado con Paulino Niembro (sindicalista también de la UOM y padre del periodista Fernando). Ambos se ocuparon de dar por cerrada una serie de intervenciones de los militares en la AFA. Cuando llegó el golpe, en marzo del 76, Bracuto resistió unos días el embate de los dictadores, pero poco pudo hacer cuando, a fin de ese mes, le embargaron todas las cuentas de la AFA y sus pares de Comisión Directiva (encabezados por Alberto J. Armando, por entonces presidente de Boca) le quitaron el apoyo y se lo dieron al doctor Alfredo Cantilo, hombre de Vélez y del almirante Alberto Lacoste.
Un jovencísimo Julio Grondona, presidente de Independiente, asumió por esos días como Secretario de Hacienda de la AFA, un puesto desde donde se manejaba la plata para la organización del Mundial 78. Julio, nunca lerdo ni perezoso, comenzó a administrar el dinero que provenía de la dictadura para la realización del torneo, que era tomado por los milicos como una política de Estado porque suponían que un éxito organizativo y deportivo les iba a dar la legitimidad que no tenían por haber llegado al poder por asalto.
Cuando fue el golpe, el 24 de marzo del 76, Menotti estaba de gira con la Selección por Polonia. El presidente de la delegación era Pedro Orgambide, quien se comunicó con Buenos Aires para saber qué estaba pasando. Las comunicaciones por aquellos años no eran sencillas y no obtuvo respuestas claras del momento político que se vivía en la Argentina.
Fue entonces cuando se sumó a la novela el relator José María Muñoz, quien tenía fluidos contactos con el poder de turno y lo tranquilizó con una frase que quedó para la historia: “No hay desgracias personales ni derramamiento de sangre”, le dijo Muñoz imperturbable. La matanza que llegaría después resignificaría esta frase hasta dejarla como una ironía.
El periodista Ezequiel Fernández Moores relató en varias notas qué pasaba dentro del plantel. En una de ellas narra: “Mario Kempes se largó a llorar apenas se enteró del Golpe. Su llanto alertó a varios de sus compañeros.” Orgambide recibió una comunicación telefónica desde Buenos Aires y se le ordenó jugar el partido de ese día con Polonia y seguir con el resto de la gira.
“Algunos jugadores, como Héctor Scotta y el propio Kempes, dijeron que querían volver a la Argentina. Se hizo una reunión y la mayoría decidió que había que seguir adelante. En medio de esa conmoción, revelada por algunos jugadores de aquel equipo, Argentina salió al campo y venció 2-1 a Polonia, dando vuelta el marcador con goles de Héctor Scotta y René Houseman. Aquel partido se jugó en Chorzow, una ciudad industrial de 150 mil personas del sur de Polonia, y sirvió a la Junta Militar para decir que ese día, 24 de marzo de 1976, todo seguía funcionando normalmente en la Argentina.”.
De hecho, el comunicado número 23 de la Junta Militar, que había suspendido todas las transmisiones televisivas y radiales y sólo informaba a la sociedad qué estaba pasando por medio de comunicados, decía que se iba a interrumpir la cadena nacional que sonaba con música clásica en la tele y en la radio 24×24 para permitir la difusión del partido Polonia-Argentina en directo.
Menotti, los jugadores y los dirigentes quedaron en medio de ese tembladeral. La precariedad de las comunicaciones hacía imposible entender la dimensión de los acontecimientos.
Después de aquel partido contra Polonia, Argentina perdió 2-0 en Budapest contra Hungría, el 27 de marzo. El Golpe de Estado había calado duro en el ánimo del equipo, que poco pudo hacer en ese partido. Tres días después, Menotti y la Selección regresaban al país.
El 31 de marzo, ya acosado financieramente por la Junta, renunció Bracuto; y durante un mes la AFA quedó bajo la administración de su gerente, Ernesto Alfredo Wiedrich. El 4 de abril, Argentina le ganó 4-1 a Uruguay por la Copa Lipton, y el 28 del mismo mes igualó 2-2 con Paraguay, por la Copa Bogado. El 3 de mayo se designó a Cantilo presidente de la AFA. Y mientras la Selección seguía su preparación, en los pasillos de la AFA se decidía qué hacer con Menotti.
Cantilo estuvo a favor de mantener a Menotti en el cargo. El almirante Massera, hombre fuerte del gobierno y que estaba a cargo de la organización del Mundial, lo aprobó. Y Menotti siguió. En una entrevista para el Corriere della Sera, el 18 de junio de 2008, Menotti dijo sobre aquel momento: “Fui usado, claro. Lo de que el poder que se aprovecha del deporte es tan viejo como la humanidad. ¿Qué siento hoy? No lo volvería a hacer. Aunque es fácil hablar ahora”.
En otra entrevista, Menotti dijo: “Yo tenía una buena formación política. No era un boludo al que se lo podía engañar fácilmente.
Sabía que históricamente las Fuerzas Armadas argentinas eran el grupo armado de la oligarquía desde cuando mataban a los indios.
Siempre fueron el grupo armado del poder económico”. Pero luego justifica: “Sin embargo nadie podía imaginarse que en esas horas se tiraban a los cadáveres al océano. Si se hubiera sabido, trabajadores, campesinos, intelectuales y futbolistas habríamos salido a la calle a pedir que terminase todo esto”.
¿Qué fue lo que llevó a Menotti a quedarse al frente de la Selección? Nadie está en la cabeza o el corazón del entrenador para saberlo. Tal vez fue vanidad. O inconsistencia ideológica. A lo mejor desconocimiento, más allá de sus contactos políticos y de sus simpatías con la izquierda vernácula. Probablemente una mezcla de todo. Aunque, más allá de la justificación que hace el entrenador sobre la complicidad con la dictadura de los millones y millones de argentinos que gritaron los goles o salieron a festejar por las calles el título obtenido, su responsabilidad fue diferente a la de muchas otras personas. No se puede ni debe decir que fue parte central del genocidio (lejos está en mí afirmarlo) pero sí es cierto que su participación fue vital en el armado comunicacional y de propaganda de la dictadura, tanto internamente como en el exterior.
Hoy, a la distancia, con la certeza de que la dictadura fue una convergencia cívico- militar, hay que hacer diferencias entre los que habitábamos el país por aquellos años y los que estaban en lugares más visibles. No fue lo mismo un diariero que un periodista. No fueron lo mismo los vendedores de televisores que aquellos que se sentaban ante las cámaras a presentar las noticias que emanaban de los dictadores. Como tampoco fue lo mismo Menotti que Martínez de Hoz o Videla, por citar a dos artífices del terrorismo de Estado. Como tampoco fue lo mismo Menotti que el Piojo Yudica; o Kempes que el Indio Gómez. Unos fueron campeones mundiales con la Selección en 1978 y recibieron la Copa de manos de Videla; los otros ganaron un título con Quilmes el mismo año.
Existen grados de responsabilidad en las acciones de unos y otros.
Allí radica la diferencia. Sutil, pero no menor. Con esta última afirmación, insistimos, nadie está poniendo a Menotti, a Kempes o al resto del equipo en un lugar que nos les corresponde. Pero sus acciones aquellos años y fundamentalmente en lo que vino después, los definen a las personas.
Menotti muy pocas veces hizo una autocrítica profunda sobre lo ocurrido. Habló del Mundial 78 pero siempre encontró alguna razón para sostener sus accionar. Y nunca habló de otro momento oscuro también grave: haber ido con la Selección al Mundial de España, en 1982, cuando muchos chicos combatían en Malvinas.
Porque, en el Mundial de la Argentina, siempre queda la duda.
¿Menotti sabía o no sabía? ¿Fue engañado? ¿No vio lo que pasaba? Pero ya, en 1982, tanto Menotti como toda la sociedad estaban al tanto de la guerra. Y pese a todo, el entrenador siguió adelante, como si sus actos no fueran pasibles de revisión. O sea: todos debemos hacernos cargo de nuestros actos. Sean cuales fueren. Y asumir las consecuencias. No se puede andar por la vida haciendo o diciendo cualquier cosa para después quedar solo como un distraído.
En aquella declaración a Corriere della Sera Menotti dice: “¿Qué siento hoy? No lo volvería a hacer. Aunque es fácil hablar ahora”. Si efectivamente considera que es fácil hablar ahora, ¿por qué no lo hace? Pero en serio. Y no para la tribuna o para seguir quitándose una responsabilidad, que por más chiquita que fuere, la tuvo en el armado de un sistema que ayudó a sostener a la dictadura. Porque hasta le podíamos llegar a creer que, en aquellos años, Menotti no sabía; pero ahora sí sabe, y su silencio es molesto e incómodo.
Y ni siquiera vamos a incluir en esta revisión el análisis de los hechos que se sucedieron tras Mundial Juvenil de 1979, y que sirvieron para tapar las denuncias de los familiares de los detenidos/desaparecidos a la Comisión de Derechos Humanos mientras Muñoz, el relator de América, al compás de los goles de Maradona y Ramón Díaz, vociferaba “¡los argentinos somos derechos y humanos!”. O lo que pasó contra Holanda, en Suiza, también en el 79, que sirvió para que se fletara un chárter de notables que le contaría al mundo que en el exterior había una campaña de difamación contra el país.
Algunos de los jugadores del equipo ensayaron autocríticas.
Otros fueron más tibios. Nadie les pide que en aquel momento denunciaran lo que estaba pasando en la Escuela de Mecánica de la Armada porque no lo sabían, pero después del camino recorrido ya es hora de hacer un mea culpa por aquella situación incomprensible de gente festejando por las calles o gritando los goles en el Monumental mientras, a pocas cuadras de allí, se torturaba en un campo de concentración comparable al de Auschwitz.
Osvaldo Ardiles dijo, allá por 1998, cuando dirigía en Japón: “Todavía duele saber que fuimos un elemento de distracción para el pueblo mientras se cometían atrocidades. Pero también hay que aclarar que los jugadores y el cuerpo técnico fuimos víctimas de la manipulación. Hoy duele, pero también puede decirse que quizá servimos como bálsamo para mucha gente oprimida que pudo volver a salir a la calle envuelta en banderas argentinas. Sabíamos que lo nuestro no tenía nada que ver con lo que estaban haciendo los militares, algo que por otra parte desconocíamos. Pero de alguna manera, a los que medianamente teníamos cierta conciencia de quiénes se trataba, nos hacía sentir mal”.
A Daniel Alberto Passarella no le gusta hablar demasiado del tema, pero alguna vez se lo escuchó decir que “el Mundial del 78 sostuvo el régimen, tapó todo…”. También está el caso del Pato Fillol: “Yo ignoraba todo, como la mayoría. Nos empezamos a enterar de las cosas que pasaban después del Mundial. No había difusión, porque los militares manejaban todo. Después se fueron destapando algunas cosas hasta que cayó el gobierno, pero en el 78 no sabíamos nada”.
Un defensor de Menotti fue Leopoldo Jacinto Luque, quien poco antes de morir, dijo: “Me da bronca que se le quite mérito a Menotti, porque ni él ni nosotros tuvimos la culpa de que el Mundial se desarrollara en pleno proceso militar. ¿A quién no le hubiera gustado jugar y salir campeón mundial con un gobierno democrático? El Mundial lo ganamos Menotti y los jugadores, no los militares. Yo tiraba paredes con Kempes y Bertoni, no con la Junta”.
Julio Ricardo Villa no le escapa al bulto: “Asumo mi responsabilidad individual. Era un boludo que no veía nada más allá de la pelota. Lamentablemente, uno se acostumbra a todo. En la concentración teníamos que dejar el auto a cien metros y después nos encontrábamos con dos controles del Ejército que nos palpaban y revisaban los bolsos. A la noche, veíamos a los centinelas y escuchábamos tiros. Nos usaron para tapar las desapariciones de personas. Me siento engañado. A nosotros nos daban la pelota, jugábamos y no pensábamos en nada más. Me hubiera gustado luchar para que la Argentina se diera cuenta de lo que pasaba”.
Y el Loco René Houseman, como siempre, nunca gambeteaba sus sentimientos: “No sabía qué pasaba en el país. Hoy que lo sé y me da asco. Le di la mano a Videla; ahora querría cortármela”, dijo antes de morir.
En el libro César Luis Menotti, dejar correr la pelota y al contrario, del periodista austríaco Harald Irnberger, Jorge Valdano trata de desentrañar ese intríngulis llamado Menotti: “En España me di cuenta de que era un hombre de izquierda. En todos los problemas del fútbol ponía en claro su pensar progresista. Él comenzó a hacerse conocer como de izquierda cuando la dictadura entró en problemas. Allí Menotti comenzó a hablar y a exigir el regreso de los intelectuales exiliados, así como declaró que la dictadura había perseguido a la cultura. Pero, claro, en tiempos de los militares, en el 78, Menotti se encontraba en una situación esquizofrénica, la cual no se puede describir en forma abstracta.
Por ejemplo: con el tiempo, leímos el sufrimiento de los torturados que en la cárcel oían los gritos de júbilo de los hinchas cuando fuimos campeones del mundo. Esto es algo terrible.
En defensa de Menotti debo decir que yo oí las palabras que él dirigió a los jugadores antes de la final. Él dijo: ‘Nosotros somos el pueblo, pertenecemos a las clases perjudicadas, somos las víctimas y representamos lo único legítimo en este país: el fútbol. Nosotros no jugamos para las tribunas oficiales llenas de militares, sino que jugamos para la gente. Nosotros no defendemos la dictadura, sino la libertad’”.
También opinó sobre aquellos días horrendos Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz dos años después, en 1980: “Los presos políticos, los perseguidos, los torturados y los familiares de los desaparecidos esperábamos que Menotti dijera algo, que tuviera un gesto solidario, pero no lo hizo. Fue doloroso y muy jodido. Él también estaba haciendo política con su silencio”.
Pérez Esquivel logró salir vivo de la Unidad 9 de La Plata gracias a la presión internacional, el 23 de junio de 1978, dos días antes de la final. De su cautiverio recuerda que “los guardias escuchaban los partidos y el relato radial nos llegaba por altoparlantes. Era extraño, pero en un grito de gol nos uníamos los guardias y los prisioneros”. Y admite algo que todos todavía nos preguntamos y para cual no encontramos respuesta, como si el Mundial 78 fuera un laberinto imposible de desentrañar: “Me da la sensación de que, en ese momento, por encima de la situación que vivíamos, estaba el sentimiento por Argentina”.
Un aporte más para entender las cosas que se hablaban en ese momento: “Yo le decía: ‘César, los militares te están usando’.
Pero él me respondía que no había problemas, que los tenía controlados”, contó poco antes de morir João Saldanha, miembro histórico del Partido Comunista Brasileño y que se alejó de la conducción técnica de la selección de su país poco antes de México 70 por el golpe de Estado del general Emilio Garrastazu Médici.
Ese no fue el caso de Menotti quien, con su particular forma de ver las cosas, pasa de la reflexión al enojo cuando habla de aquel tiempo: “Sabía de la represión, de la persecución a compañeros. La desaparición de militantes siempre existió. Lo que desconocía era la magnitud y la locura de la represión. Esto lo supe después, cuando se terminó de descubrir el desastre. Lo que sí me molesta es que los medios de comunicación cómplices de la dictadura hoy la saquen de contexto para relacionarla con el fútbol. Es una actitud cobarde. Si queremos hablar de política, primero tenemos que ver por qué aparecen los Golpes de Estado, a quién representan: no los hacen cuatro militares locos que toman un fusil. Un Golpe necesita de muchas complicidades, las que primero usan al neoliberalismo de derecha y que cuando se agota esta posibilidad recurren a los militares. Es muy bueno tener memoria, pero si queremos debatir analicemos por qué Argentina tuvo a Aramburu, a Onganía, a Lanusse, a Videla y luego vinieron años y años de políticas neoliberales. Relacionar el Mundial 78 con la dictadura es una postura cómoda, porque si en el último minuto la pelota de Rensenbrink entraba, ¿qué iban a decir? Es minimizar las luchas de los pueblos, como cuando se discute de Cuba: vamos a tener puntos de coincidencia y otros no, pero sacar del contexto una discusión de ideas porque fusilaron a tres, es como decir que el general San Martín era un tirano porque tuvo que matar a muchos españoles. Los analistas cayeron en la facilidad de recordar a la dictadura a través de la Copa del Mundo. A mí no me hace falta el Mundial para recordar la dictadura. La recuerdo porque a mis amigos los torturaban por pensar distinto, los encarcelaban y los militares combatían a la izquierda de una manera criminal”, dijo en el libro César Luis Menotti, dejar correr la pelota y al contrario.
A muchos argentinos los torturaban por pensar distinto, los encarcelaban y los militares combatían a la izquierda de una manera criminal. Menotti dirigía a la Selección argentina. No fue el peor pecado que se haya podido cometer en esa época de entregas y asesinatos. Ya fue dicho: Menotti no fue Videla. Pero tampoco fue Yudica.

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