lunes 26 de febrero de 2024
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Maxi Campos Ríos: “Debemos ir hacia un Estado que avance hacia la digitalización, la despapelización y la simplificación”

Maximiliano Campos Ríos presentó su libro El Estado en la era meta: del “Estado Inteligente” al “Estado Inmersivo” y en razón de ello lo entrevistamos para entender mejor las perspectivas a futuro de su rol en la sociedad del siglo XXI. El libro puede bajarse gratuitamente desde este link.

En el prólogo del libro dice que hay que definir un nuevo tipo de Estado, porque el que vieron tus padres y el que verán tus hijos no es el mismo. ¿Qué significa esto?

En los últimos 20 años fuimos testigos del impacto de la robotización, de la creciente digitalización, del surgimiento del ciberespacio y de los algoritmos que marcan el inicio de una nueva era de cambio tecnológico exponencial. Hoy en día, estamos invadidos por datos, tecnologías y nuevos desarrollos que ya no necesitan de la participación humana para procesar nuevos volúmenes de información. En este contexto es donde debemos repensar las capacidades del Estado en la provisión de bienes y servicios hacia la ciudadanía, porque no puede seguir funcionando de la misma manera que lo hacía en el siglo XX. Pensemos, por ejemplo, en algo tan elemental y rutinario como son los trámites. Para ser contratado por el Estado argentino, al aspirante se le exige el certificado de antecedentes penales, que es información del propio ciudadano en posesión del Estado. Sin embargo, el Estado usa al ciudadano como cadete externo de la administración y le cobra para su provisión. Por eso debemos avanzar hacia un nuevo tipo de Estado que, haciendo un uso inteligente de las tecnologías, avance hacia la digitalización, despapelización y simplificación de los trámites. Necesitamos construir un Estado diferente al del siglo XX que conocieron mis padres y que será el que verán mis hijos avanzando en el siglo XXI. En definitiva, significa avanzar hacia un Estado que mejore la calidad de vida de la ciudadanía.

Si bien explicás cómo necesita ser el Estado del futuro para estar a la altura de los desafíos, no es un libro teórico y lo puede leer todo el mundo.

Efectivamente, el libro está pensado como un trabajo de divulgación más que uno estrictamente académico. Espero que permita generar y animar discusiones sobre los temas que para quienes nos dedicamos al análisis del Estado y la administración pública son cotidianos, pero para la ciudadanía no. Está pensado para dirigirse a un doble destinatario: en primer lugar, a quienes van a tomar las decisiones, que son la burocracia y los políticos. Es necesario que comprendan lo importante que es transformar y modernizar la administración pública, ya que en Argentina como en América Latina, prácticamente más del 40% del producto bruto depende directa o indirectamente del Estado. Si el Estado no se transforma, no se desarrolla, y no baja los costos de transacción, será muy difícil mejorar la calidad en la prestación de servicios públicos. En segundo lugar, trata de impactar en la ciudadanía. La calidad de las políticas públicas también tiene que ver con la calidad de la deliberación pública y de sus requerimientos. Los Estados fuertes no surgen de la mera imposición, sino también de escuchar a una ciudadanía más comprometida en la coproducción de políticas públicas.

¿Qué es un Estado inmersivo?

Para comprender el Estado inmersivo primero tenemos que pensar en el metaverso y en la era meta que se viene. El metaverso es el resultado de la revolución tecnológica de las últimas décadas y se basa en la construcción de una realidad virtual descentralizada, que apunta a ser la evolución natural de internet como la conocemos hoy en día. Significa la integración ciberfísica de ciudadanos y trabajadores públicos en un espacio virtual, por lo que es fundamental preparar a la burocracia y al Estado para esta nueva era. Por eso debe ser, ante todo, un Estado inteligente, con capacidad de direccionar los cambios tecnológicos y transformarlos en herramientas de gestión adecuadas para adoptar a tiempo políticas públicas e implementar las regulaciones que permitan controlar su ritmo y dirección. Haciendo un uso inteligente de la tecnología, se podrán desarrollar nuevas formas de relaciones sociales que van a dar origen a nuevos modos de interacción con el Estado, que no requieran la presencia física de los ciudadanos y, aun así, les asegure la prestación de servicios acorde a sus necesidades: esto es el Estado inmersivo. Es hablar también de un Estado invisible, orientado a la demanda personalizada y virtual de los servicios públicos más que a una oferta estática y física.

¿Cuáles son los desafíos que enfrenta la siguiente transformación del Estado?

El avance de la digitalización se dio por procesos desiguales en los distintos niveles del Estado, pero también dejó en claro la necesidad de promover una nueva gestión pública que se nutra de las nuevas tecnologías y cuyo foco sea el ciudadano. En este sentido, un primer punto que debe tenerse presente es la necesidad de preparar a la administración pública para estar a la altura de las nuevas demandas sociales, muchas de ellas producto de los cambios tecnológico, para las que todavía no está actualizada. Los Estados deben preparar a sus administraciones públicas para el mundo inmersivo, a través de un nuevo modelo de gestión que incorpore herramientas basadas en la inteligencia artificial, el big data y el internet de las cosas, entre otros avances, con el fin de rearmar su diseño institucional en función de los desafíos del siglo XXI. La gran apuesta del Estado en esta nueva era será convertirse de forma gradual, pero eficiente y eficazmente, en un Estado inmersivo. Para eso, se requiere de tres pilares: los arreglos institucionales necesarios, la implementación de nuevas tecnologías de gestión con una burocracia altamente capacitada, y una nueva cultura del Estado que agilice los trámites ciudadanos. Debemos pasar de un Estado fragmentado, con áreas que no se conectan entre sí, sin sistemas interoperables y sin procesos establecidos, hacia un Estado orgánico y holocrático, en donde la autoridad y la toma de decisiones se distribuyan de forma horizontal en lugar de ser establecida jerárquicamente.

Me interesa el planteo que hacés entre el panóptico digital y “el gran hermano del algoritmo”, ¿podés profundizarlo?

El gran hermano del algoritmo se refiere a los peligros que podría acarrear la falta de control por parte del Estado sobre los procesos de transformación digital, el big data y la inteligencia artificial. Estas tecnologías necesitan de un gran volumen de datos personales, lo que puede afectar la privacidad de las personas si no se implementan más y mejores marcos regulatorios. No debemos dejar de lado los riesgos que podría acarrear el cambio tecnológico si no es tratado de manera inteligente por la burocracia y los políticos. La tecnología no es mala o buena per se, sino que su impacto negativo o positivo en la sociedad, va a depender de la capacidad estatal en anticiparse a estos cambios. Debemos aprovechar las oportunidades que genera el desarrollo tecnológico y al mismo tiempo pensar estrategias para evitar sus posibles riesgos. En este sentido, el marco normativo debe acompañar el cambio. La transformación digital nos pone ante la difícil tarea de generar un marco jurídico básico que nos establezca seguridad, pero de un modo adaptativo, y que garantice la protección de los derechos fundamentales de los ciudadanos, sin que esto genere un contrapeso a las oportunidades de innovación. No podemos pensar un Estado inmerso en la era meta sin un andamiaje legal que proteja, salvaguarde, brinde seguridad y garantice la privacidad de los ciudadanos. Necesitamos marcos regulatorios que permitan tener control sobre los procesos de transformación digital y, a la vez, gobernar el big data y la inteligencia artificial.

Le asignás un rol destacado a la educación con un capítulo entero que la aborda. ¿Vamos hacia un tipo de educación híbrida en el mediano plazo?

Sí, la educación híbrida es el futuro. Los últimos 25 años han hecho tambalear el clásico paradigma de educación presencial y la crisis del COVID-19 significó un salto en la utilización de un sinfín de avances tecnológicos, que nos posibilitaron estar presentes en diferentes espacios sin salir de nuestras casas. En todos los niveles educativos se pudo asistir a clases manera virtual con una computadora y conexión a internet. Todo esto sería imposible si no hubiera habido varias décadas de avances tecnológicos y desarrollo de redes de conectividad fija o móvil. A más de dos años del inicio de la pandemia, no deberíamos caer en el error de pensar en volver a la vieja normalidad, porque quedó demostrado que muchas tareas y actividades pueden realizarse desde la comodidad de los hogares, entre ellas, la educación. La educación híbrida combina los formatos presencial y remoto a través de distintos medios, además de utilizar plataformas de aprendizaje en línea. Pero para hacer realidad los formatos híbridos y que signifiquen una verdadera revolución en la educación, deben darse algunas condiciones y características. En primer lugar, es necesario desarrollar nuevos modelos pedagógicos que alienten la autonomía de los estudiantes y promuevan un aprendizaje alrededor de la cultura digital. Para ello y, en segundo lugar, deben redefinirse las formas de trabajo y las tareas docentes hacia una construcción colectiva y horizontal. Por último, es importante comprender que estos modelos permiten el desarrollo de nuevas formas, alternativas y flexibles, para agrupar a los estudiantes y bregar por una personalización de la enseñanza y asegurar el acompañamiento en el proceso de enseñanza-aprendizaje. El resultado es una formación mucho más personalizada y flexible que la que brinda el sistema tradicional, lo que implica estudiantes más motivados y, por tanto, con mejores resultados académicos.

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