lunes 17 de junio de 2024
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Matías Bauso: “Se añoran figuras que representen la institucionalidad como Alfonsín y Strassera”

A próposito de la publicación de su nuevo libro, El Fiscal, sobre Julio César Strassera, entrevistamos al escritor Matías Bauso.

Más allá del estreno de la película 1985, ¿Cuáles son los motivos que te llevaron a escribir sobre el fiscal Julio César Strassera?

Strassera siempre fue una figura que me intrigó. Cuando se cumplieron cinco años de su muerte me pidieron una breve semblanza para Infobae. Cuando investigo para una nota, suelo leer primero artículos de mi archivo, entrevistas en la web, buscar libros sobre el tema en mi biblioteca y recién después, al final, recurrir a Wikipedia para chequear datos puntuales y verificar que no pasé por alto ningún episodio relevante: no quiero que ese resumen me influya demasiado. Cuando leí la entrada sobre Strassera me sorprendió lo mezquina (casi canallesca) que era. Citaban como fuente a Aníbal Fernández, despachaban el Juicio a las Juntas en un párrafo y después transcribían acusaciones de Fernández y Lidia Papaleo sobre su supuesta complicidad con la Dictadura. Años después, para compensar, agregaron una cita de Moreno Ocampo hablando del Juicio. Entonces me pareció interesante, además de contar a la persona, indagar sobre cómo y por qué cambiaron las cosas en nuestra sociedad para que personas que hasta principios de este siglo eran consideradas héroes de los derechos humanos fueron denostadas por una buena parte de la población que hasta no dudaban de tildarlos como autores de delitos de lesa humanidad. Graciela Fernández Meijide o Magdalena Ruíz Guiñazú son figuras con un derrotero similar al de Strassera. De hecho, Magdalena murió mientras escribía el libro y buceé en las reacciones en las redes sociales de los fanáticos del oficialismo para entender cómo fueron las reacciones tras la muerte de Strassera. La grieta, la adscripción política, terminó siendo para mucha gente el único parámetro para juzgar a las personas, sin importar lo que hubieran hecho antes.

Fuera del héroe en que se convirtió para la gente de nuestra generación y aunque no lo conociste personalmente ¿cómo era Strassera de carne y hueso?

A mí me interesaba mucho, casi te diría que es el gran motor del libro, entender cómo este hombre que hasta los 52 años (cumple 53 el día que finaliza el alegato, el día de “Señores Jueces Nunca Más”) había pasado desapercibido, era un funcionario más de la justicia, estuvo a la altura (sideral) en el momento oportuno. Debió soportar la presión del poder, de la prensa, de la exposición pública, desempeñarse con probidad en un desafío técnico muy complejo, manejar a los periodistas y educar al público con sus declaraciones explicando el proceso judicial, demostrar que se había tratado de un plan sistemático, y dominar un arte que él nunca había frecuentado porque el procedimiento penal en nuestro país era escrito: el juicio oral.

Por eso tenía, necesariamente, que descubrir cómo era el hombre, para entender cómo fue que dio la talla. Era recto, terco, muy calentón, fumador empedernido, melómano, arrebatado. Por algo le decían El Loco. No era ambicioso y le molestaban bastante las luchas de poder. Es uno de los pocos de los que estuvo en esa sala ocupando un rol relevante que nunca incursionó en política. Y el único que no se hizo millonario.

Tu libro refleja mucho mejor el clima de época de los años ochenta que la película 1985. ¿Cómo trabajaste ese tópico para lograrlo?

La magnitud de lo que hizo y los desafíos que debió afrontar se entienden en su medida justa sólo si entendemos la época. No se puede explicar a ningún personaje si no se entiende el mundo en el que se desenvolvió. Recordamos el tiempo pasado como algo mucho más uniforme de lo que fue. En el 85 los militares conservaban poder, la oposición criticaba todo (con posiciones que estaban a 180 grados de lo que habían sostenido durante la campaña electoral), los organismos no tenían una postura uniforme sobre el Juicio, la prensa ejercía presión para olvidar todo, para que triunfara la impunidad, y el clima era inestable, de una violencia contenida con amenazas permanentes y en la que la publicación en televisión y grandes medios de informes sobre la represión ilegal no era tan habitual.

La película tiene una sólida investigación histórica detrás. El cine es otro lenguaje y debe concentrar datos e ideas. La elipsis es su gran arma. Los guionistas, el director y los productores optaron por una historia que siguiera al héroe, representar el Camino del Héroe, con sus dudas, sus peligros hasta la gran concreción. Y decidieron, en una sociedad muy dividida, no poner de mal humor a ningún espectador, no molestar a (casi) nadie. Y eso lleva a algunas imprecisiones que terminaron molestando a algunos.

Volviendo a la época. Traté de mostrar varias cosas en el libro: a Strassera, a la época, el Juicio que fue su gran ámbito de actuación, los personajes secundarios que también me sirven para hablar de él (Somigliana, Orgeira, los jueces, su hijo Julián, Magdalena, Alfonsín, etc), qué pasó después del Juicio, por qué cambió la mirada sobre él, cómo afectó la Grieta estas opiniones y la discusión pública. Y, por último, las dificultades y dilemas que afrontó quién pretende contar una vida ajena; esto está en seis capítulos situados a lo largo del libro que son una especie de diario de escritura.

Hasta 1985, nuestro país no era un ejemplo de justicia. Además de la figura de Alfonsín, del impulso y de sus promesas de campaña, ¿qué pasó en ese momento para que confluyeran un grupo de jueces y un fiscal con la decisión de llevar a buen puerto el juicio?

La gran decisión original fue de Alfonsín. El grupo de juristas que lo asesoró (Nino, Malamud Goti, Farrel, Genaro Carrió) primero sentó las bases filosóficas de la Justicia Democrática. Que no hubiera impunidad fue el principio. Pero también que la justicia se combinara con la prudencia. Sabían dónde estaban parados. Y creo que corrieron bastante los límites: se consiguió más de lo que la mayoría hubiera imaginado. La constatación es que es un proceso inédito no sólo en Latinoamérica sino en el mundo. Nunca la justicia civil juzgó a los ex comandantes militares. Ese grupo de juristas después de sentar las bases filosóficas y jurídicas, desarrolló los mecanismos prácticos para llegar al fin. Reforma del Código de Justicia Militar, Avocación de la Cámara Federal, la Conadep, conformar tribunales y Cámaras con profesionales jóvenes y capaces.

Después vino la decisión del fiscal y de los jueces de ponerse sobre las espaldas el Juicio y bancar lo que viniera, poner el cuerpo y extremar su astucia y su capacidad técnica para demostrar el plan sistemático, para develar el entramado de crímenes atroces.

¿Crees que hay un “revival” alfonsinista?

Existe, claramente, una revalorización de la figura de Alfonsín. Tras su salida del gobierno se impuso en la mirada el descalabro económico, la hiperinflación sobre el resto de su gestión. Tal vez ayude a mirar a Alfonsín de otra manera el severo deterioro institucional que sufrió la democracia en las últimas décadas. El respeto de Alfonsín por la República, su esfuerzo por institucionalizar el país hoy son valorados especialmente. Durante años se lo vio como algo natural, como algo que venía dado con la democracia pero ya se descubrió que no es así. Y esas actitudes de Alfonsín, de demócrata, de estadista, alejadas del personalismo y de la mezquindad, reconociendo la existencia del otro y fomentando al diálogo, hay son añoradas por muchos.

Hay un capítulo que me emocionó particularmente del libro y es el que se refiere a la hermandad que se mantiene en el tiempo de quienes trabajaron en la preparación del juicio. ¿Eran conscientes en ese momento del trabajo que estaban llevando adelante?

A Strassera no lo quiso acompañar ningún consagrado en su aventura. Recurrió a chicos muy jóvenes y sin experiencia. Esos chicos hoy son hombres grandes, algunos ya murieron. Y todos reconocen que ese trabajo fue el más importante de sus vidas. Se mantienen unidos y muy amigos. Creo que es el único grupo en que la Grieta no ha percudido amistades, afectos y admiraciones. Su como una cofradía, muy consciente de que hicieron historia.

¿Por qué crees que se tardó tanto en reivindicar la figura de Strassera? ¿Crees que hay un lazo que conecta los libros aparecidos este año (el de Torre, el de Gerchunoff, el de Gil Lavedra y el tuyo) y esta reivindicación tardía de Strassera y Alfonsín?

Strassera era muy cabrón. Era frontal y confrontativo. Y tenía poca (escasa sería más preciso) tolerancia a la injusticia. En 1990 renuncia a su puesto como embajador de Derechos Humanos de Argentina en Ginebra ante la ONU tras los indultos de Menem. Cedió una vida apacible y un sueldo de 10.000 dólares mensuales para regresar al país sin nada fijo. A partir de ese momento se convirtió en fuente habitual de consulta del periodismo ante los desaguisados y delitos del poder, tanto ejecutivo como judicial. Con la llegada del kirchnerismo siguió haciendo lo mismo. Pero con la polarización brutal su figura fue empezada a mirar de otra manera y sus opiniones comenzaron, para muchos, a sentirse demasiado recalcitrantes. Él siguió haciendo lo que había hecho toda la vida, los que cambiaron fueron los otros.

Esta profusión de (buenos) libros sobre la época es parte obra de la distancia, de que todavía quedan protagonistas y testigos de esa época, de la posibilidad de que las nuevas generaciones se enteren de cosas que no vivieron y por supuesto de que estos tiempos son muy diferentes a aquellos. Y se añoran figuras que representen la institucionalidad como Alfonsín y Strassera.

Sos probablemente la persona que más escribe sobre la segunda mitad del siglo 20 en nuestro país. Tus crónicas sobre los Beatles o el libro sobre el Mundial 1978 son, no solo monumentales, sino también absolutamente necesarios. Pero además este año publicaste dos libros con poco tiempo de diferencia ¿Tenés algún método específico de trabajo?

Me gusta (mucho) hacer lo que hago. Tengo la posibilidad de vivir de lo que me gusta y es un privilegio. Y tengo también la chance de que me publiquen. Sólo trato de aprovecharla. Las lecturas de muchas décadas confluyen en estas notas y libros. Escribo, por lo general, sobre temas que me obsesionan hace tiempo y de los que tengo algún tipo de conocimiento previo. Con el trabajo en Infobae adquirí algo que no tenía: un oficio para escribir diariamente. Escribo los siete días de la semana. Lo único que sacrifiqué fueron las lecturas más lúdicas o recreativas. Ahora casi que no leo más que profesionalmente, para escribir sobre eso. Tengo varias rutinas que me ordenan. Y algo fundamental: una familia que me apoya y soporta mi ausencia a programas de fin de semana, algún viaje corto y varios asados, aunque nunca a los partidos de Racing.

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