jueves 22 de febrero de 2024
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2024, más elecciones que nunca

Dentro de un año, el 5 de noviembre, habrá elecciones presidenciales y legislativas en Estados Unidos. Inciertas y trascendentales. Serán la culminación de una serie de elecciones en el 2024 en más de cuarenta países que abarcan a casi la mitad de la población mundial. La lista incluye cinco de las seis mayores democracias: además de EE.UU., los milagros democráticos de India e Indonesia, la vibrante pero insegura UE y el perdurable enigma de México.

También debería haber elecciones en Rusia y en Ucrania; en Israel ha habido cinco comicios en menos de tres años, por lo que nunca se sabe, mientras que en Palestina se han aplazado una y otra vez desde el 2009. Pero, obviamente, las guerras son poco compatibles con elecciones libres.

En EE.UU. ya casi han empezado las campañas electorales. Las presidenciales americanas suelen convertirse en el mayor espectáculo político del mundo, pero los resultados son siempre imprevisibles, más aún en esta ocasión y con tanta antelación.

Es un enorme reto que un país tan grande, con una extrema diversidad de cientos de millones de personas con diferentes actividades económicas, etnias, religiones y culturas, pueda elegir a una sola persona, ¡solo una!, como una agregación colectiva de preferencias e intereses individuales. Las elecciones del próximo año serán especialmente azarosas.

El año 2024 nos dirá si el mundo gira hacia un reencuentro democrático o hacia más populismos. La primera de las nueve citas electorales en Estados Unidos que he seguido de cerca fue en 1988. Llegué a la Universidad de Chicago como becario Fulbright no un año sino solo tres meses antes de la elección.

Las encuestas colocaban al candidato demócrata, el gobernador de Massachusetts Michael Dukakis, 17 puntos por delante del candidato republicano, el vicepresidente George H. W. Bush. Tras dos mandatos de un presidente republicano, Reagan, era el turno de un demócrata. Durante los siguientes tres meses, contemplé, asombrado, cómo la campaña republicana con temas de seguridad y defensa ponía a Dukakis contra las cuerdas y Bush acababa ganando en 40 de los 50 estados.

Cuatro años después, cuando daba un curso de verano en Nueva York, las encuestas eran favorables a un outsider, el multimillonario Ross Perot, que financiaba su campaña con su propio dinero.

Al final, Perot no ganó, pero quitó muchos votos al presidente Bush e hizo ganar indirectamente a un juvenil gobernador de Arkansas, Bill Clinton, con una minoría de un 43% de los votos. Quizá más recordada fue la elección del 2000, en la que George W. Bush, el hijo, ganó con menos votos populares que Al Gore, el vicepresidente de Clinton, mediante el Colegio Electoral, electores elegidos indirectamente en cada estado.

En el 2008, yo estaba en Boston, en la reunión anual de la Asociación Americana de Ciencia Política a principios de septiembre. Las encuestas daban una ligera ventaja al veterano y respetado senador republicano John McCain frente al novato Barack Obama.

Pero unos días después, la financiera Lehman Brothers se derrumbó y, durante las siguientes semanas, tanto las cotizaciones en bolsa como las encuestas de intención de voto a McCain fueron cayendo y cayendo, mientras el apoyo a Obama iba subiendo y subiendo. Se cumplió algo que siempre había parecido imposible: un presidente de Estados Unidos de origen africano.

El día de las elecciones del 2016, el sitio web más recomendado, FiveThirty Eight.com, predecía la victoria de Hillary Clinton con un 98% de probabilidades y la de Donald Trump con un preciso 1,7%. Al día siguiente, había un silencio ensordecedor en Washington. Frente a la Casa Blanca, la gente deambulaba sonámbula, llorando, abrazándose entre extraños.

Durante varias semanas, expertos de campaña, asesores de imagen, consultores de comunicación, comentaristas, encuestadores y estrategas predijeron, con la misma confianza en sí mismos que habían mostrado con respecto al resultado electoral, la muerte de la democracia, la ruina de la Ilustración y el fin de la civilización moderna.

A principios del 2020, de acuerdo con las encuestas y la regla que da ventaja al candidato en el cargo, Trump iba a ser reelegido. Pero una terrible pandemia se extendió por todo el mundo y mató a cientos de miles de personas. Aun con máscaras, la participación electoral se disparó y llegó casi al nivel de un país democrático regular. Joe Biden ganó con el mayor número de votos de la historia.

La ciencia política ha observado regularidades en anteriores elecciones: en Estados Unidos, un presidente en el cargo tiende a ser reelegido, y después de dos términos de un partido en la presidencia, suele ganar el otro partido.

Pero, como se vio en esa serie de sorpresas, la clave pueden ser los manipuladores de campañas, el terrorismo exterior, una crisis financiera internacional, una pandemia, la irrupción de un tercer candidato o cualquier otro hecho inesperado. Esta vez, quizá una de esas guerras no planeadas o alguna interferencia novedosa vía inteligencia artificial.

Las elecciones de los próximos doce meses nos darán la pauta de si el mundo gira, no hacia la izquierda o la derecha, sino, sobre todo, hacia un reencuentro democrático internacional o hacia más nacionalismos y populismos, más inestabilidad y más guerras.

Me comprometo a seguir y comentar, al menos, por orden cronológico: las de India, de la que depende en gran medida el balance global de la democracia; México, que nos puede dar una sorpresa; Europa, que se enfrenta al desafío de desarrollar una política exterior sin haber consumado la unión interna y, como culminación, Estados Unidos, de cuya suerte depende casi todo. Ya saben la maldición china: “¡Que vivas en tiempos interesantes!”. El año 2024 ciertamente lo será. 

Publicado en Clarín el 16 de noviembre de 2023.

Link https://www.clarin.com/opinion/2024-elecciones_0_BU4DIjcihW.html

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