lunes 26 de febrero de 2024
spot_img

Maldita corrupción

La corrupción local no es, como parecen insinuar muchos analistas, el principal factor detrás de la pobreza persistente en el hemisferio sur. El último informe de Transparencia Internacional reaviva el tema en la Argentina.

Transparencia Internacional publicó recientemente su último Índice anual de Percepción de la Corrupción (IPC), elaborado con datos de doce instituciones diferentes, incluidos el Banco Mundial, Freedom House y el Foro Económico Mundial. Es decir, encuestas y entrevistas en donde básicamente empresarios y especialistas dan su opinión respecto de este tema, definiendo así una percepción del fenómeno entendido como “el mal uso del poder público para beneficio privado”.

Si se observa el mapamundi que acompaña el informe, veremos que la mayoría de los países pintados amarillo (bueno) son países occidentales ricos, incluidos los Estados Unidos y el Reino Unido, mientras que el rojo (malo) cubre casi la totalidad de los países subdesarrollados. Esta división geográfica concuerda con una percepción general –instalada– de que la corrupción es un mal endémico del subdesarrollo que impide el despegue económico.

En 2003, esta percepción llevó a la creación de la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, ratificada por ley argentina en 2006 (link http://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/115000-119999/116954/norma.htm). En su prefacio, el entonces Secretario General Koffi Anan, sostiene que la corrupción es un “elemento clave en el bajo rendimiento económico y un obstáculo importante para el desarrollo y el alivio de la pobreza”.

Según el Banco Mundial, la corrupción en forma de soborno y robo por parte de funcionarios gubernamentales, les cuesta a los países en desarrollo entre 20 mil millones y 40 mil millones de dólares al año. Esto representa el 3% del total de flujos ilícitos que se filtran de las arcas públicas. Por otro lado, las multinacionales evaden o eluden más de 900 mil millones de dólares de los países en desarrollo, cada año.

Esta enorme salida de riqueza se ve facilitada por un sistema financiero compuesto de paraísos fiscales, compañías que son una fachada, cuentas anónimas y “fundaciones”, que pueden tener a Panamá, el Estado de Delaware o la City de Londres como centro de operaciones. Con estos mecanismos se oculta un sexto de la riqueza privada del mundo. Pero Londres o los EE.UU. no aparecen en rojo en este informe.

Por supuesto que la corrupción mantiene en la pobreza a los países en desarrollo, pero son los países desarrollados los que sostienen y alientan mecanismos y prácticas corruptas. Por ejemplo, la crisis financiera mundial de 2008 fue precipitada por la corrupción sistémica entre los funcionarios públicos en los Estados Unidos que estaban íntimamente vinculados con los intereses de las empresas de Wall Street. Además de trasladar millones de dólares de las arcas públicas a los bolsillos privados a través de “rescates”, la crisis arrasó una gran parte de la economía mundial y tuvo un efecto devastador en los países en desarrollo, al afectar el precio de sus exportaciones e interrumpir los flujos financieros.

Las reformas económicas impulsadas por el FMI y el Banco Mundial durante las décadas de 1980 y 1990, basadas en el ajuste estructural de los países en desarrollo, hicieron que las tasas de crecimiento del ingreso per cápita colapsen en casi un 50%. Sin embargo, en el mismo período, las corporaciones occidentales se han beneficiado enormemente de este proceso, obteniendo acceso a nuevos mercados, mano de obra y materias primas más baratas y nuevas vías para la fuga de capitales, tal como sostiene Joseph Stiglitz, luego de haber sido el economista jefe del Banco Mundial.

A esta altura podríamos hablar de: una corrupción local de favores y ventajas que sacan los funcionarios, de una mayor que involucra a partes del gobierno –por ejemplo, para financiar las actividades políticas, asunto que merece una nota aparte– y de una corrupción sistémica o global que atañe a la estructura del sistema económico mundial. Todas son condenables y en cada nivel se deben tomar las acciones pertinentes. Pero como en otros aspectos de la criminalidad, no deben ser los “perejiles” los que carguen con la culpa de todos los niveles, por lo que se hace necesario hacer esfuerzos globales –como los que impulsa la ONU– para atacar las raíces del problema.

Ese esfuerzo global requiere de más y mejores instituciones supranacionales con capacidades para limitar los manejos corruptos de personas, gobiernos y empresas, en acuerdo con los Estados parte.

En este sentido, que la Argentina haya mejorado su ranking en el índice de Transparencia Internacional no nos dice mucho, menos cuando en los últimos cuatro años hubo un blanqueo de capitales, los bancos públicos prestaron a empresas por sobre sus topes reglamentarios, se tomó deuda por encima de las posibilidades de repago y se favoreció todo tipo de negocios especulativos en el sistema financiero, cuyos bancos han obtenido enormes ganancias al tiempo que la pobreza, la inflación y la desocupación se dispararon a niveles récord.

spot_img

Veinte Manzanas

spot_img

Al Toque

Emilio Cornaglia

¿Alguien puede pensar en los niños?

Alejandro Garvie

La contra cumbre de Davos

Maximiliano Gregorio-Cernadas

Abordajes de la política exterior argentina