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20 11 2020

Madame Bovary y el NODIO


Autor: Eduardo A. Moro









Por sobre las prioridades sanitarias, económicas y sociales, el gobierno se las ingenia para seguir creando nuevos organismos del Estado. De ambiguas funciones. Siempre acompañados de una buena partida presupuestaria. Uno de los más bizarros es el Nodio,  creado en la Defensoría del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual. Es el Observatorio de la desinformación y la violencia simbólica en medios de prensa y plataformas digitales. Este menjunje de palabras que ya es brutal por el sólo hecho de lanzarlo  en la crisis, exhala un auténtico aroma orwelliano e indica la decisión de cercar la libertad de expresión, reduciéndola a la grieta de los deshechos.  

La aparición del organismo circunda la noción del lawfare. Esta expresión hizo camino entre nosotros a partir del momento en que la Señora denunció sufrir una mixtura de abusos judiciales y de los medios de comunicación. Armados -según su criterio- por los poderes concentrados,  para desprestigiarla y debilitar su operatividad política. Maniobra que en sentido lato  puede llegar al  llamado golpe blando.  

El apogeo de la expresión se dio desde comienzos del presente siglo, pero mucho antes se  registran episodios acerca del difuso fenómeno de la influencia simultánea de acciones judiciales y de la libertad de expresar –públicamente- lo que se opina sobre un mismo asunto. A veces controlando la regla moral propia de la  época en  literatura.  En otras ocasiones disfrazando discriminaciones encubiertas bajo sórdidas acusaciones  de traición a la patria. En otros términos, episodios trascendentes para la cultura, que han puesto en tensión la confianza en la acción de la justicia y en el valor de la libertad de expresión. Atribuyéndoles malos o buenos usos y resultados, según los intereses que las instrumentaron.  

Traigo al recuerdo el famoso proceso por “Madame Bovary”, la mítica novela de Gustave Flaubert,  aparecida por entregas en la Revue de Paris  a fines de 1856. La obra narra la transformación de Emma.  Divina esposa provinciana - decepcionada de la gris atmósfera matrimonial- que deviene en  amante rebelde. Busca la felicidad en otros brazos y consuma  adulterios desafiantes.  Desde entonces pasa a ser  una de las pecadoras más célebres de la literatura. Empujada  por su insatisfacción crónica se lanza a la peligrosa búsqueda de una plenitud ideal. Que concluye en el suicidio.  

Corría el Segundo Imperio Francés, Napoleón III ya era “príncipe-presidente”, etapa dura de su “bonapartismo”, caracterizada por limitar las libertades individuales y los derechos civiles, censurar a la prensa, limitar el poder del parlamento y silenciar a la oposición. En este escenario se mueve con “imprudencia” la protagonista de Flaubert, repitiendo gozosa: “¡Tengo un amante! ¡Un amante!”, deleitándose con ello como si hubiera iniciado otra pubertad.

Más rápido que tarde comenzó el juicio penal, por afrenta a la decencia y la moral religiosa- que se producen  en la ficción, obviamente- no sólo contra el autor, sino contra el editor León Pichat y el impresor Auguste Pillet, que, claro está, pertenecen a la realidad.   

Durante el juicio el famoso Fiscal Ernest Pinard se puso de pie en la Sala Judicial y –entre otras cosas- dijo en su acusación: "El arte que no observa las reglas deja de ser arte; es como una mujer que se desnuda completamente. Imponer las reglas de decencia pública en el arte no es subyugarlo sino honrarlo".  

Paradojalmente el creador de la magnífica  novela, para evitar su condena –y la de sus “cómplices”- debió refugiarse en un argumento incompatible con su grandeza. Se vio impelido a sostener  que el final de la aventura hacia la libertad –el suicidio de Emma- demuestra que el propósito de la novela fue el de castigar la infracción moral, tratándose por ello de una obra ejemplificadora.  

Años después, otro proceso resonante -y mucho más dramático al tratarse de un episodio real - exhibió un ataque del sistema controlador, ya no sobre el plano de la libertad del arte, sino invocando  la defensa del patriotismo, adulterando de este modo la realidad. Así, se sentó en el banquillo del acusado a Alfred Dreyfus, militar de origen judío encausado falazmente como espía en 1894. Tras largos enrosques de la justicia militar  y esferas de influencia, fue la ardiente denuncia pública  de Émile Zola con su sonoro J´accuse! (Yo acuso), publicada en L´Aurore en 1898, lo que hizo dar un brusco giro  la causa armada  en el marco de la persecución racial, aunque nunca llegó a reinar en ella la verdad.  

Alfred Dreyfus es  primero condenado con atenuantes, y Zola, por separado  -como difamador- a raíz de su tonante denuncia contra la cúpula militar interviniente. En su valiente alegato, dijo: "No ignoro que, al formular estas acusaciones, arrojo sobre mí los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa del 29 de julio de 1881, que se refieren a los delitos de difamación. Y voluntariamente me pongo a disposición de los Tribunales”. Hacia 1899, Dreyfus debió acepar la gracia Presidencial, admitiendo -tácita e injustamente- cierta culpa. Para poder recuperar la libertad perdida.  

El sistema de control cobra sus víctimas en todos los tiempos.  Con tal crudeza, que no sólo censura sino que lleva a mortificaciones humillantes, como las vividas por Flaubert, Dreyfus y Zola. Por la necesidad de escapar, finalmente y en cada caso, de las garras opresivas. Frecuentemente invoca lo contrario de su real propósito, que es inhibir la libertad, vigilarla o disminuirla, y con ello obtener el temor –o el murmullo- de los desobedientes. Siempre se inventa una gran causa justificante –de momento- para los peores fines subalternos de fondo.

Ahora tenemos quien desde un panóptico faccioso, observará el muro de opiniones para que no se ofenda “al público” o se lo induzca a la violencia, al odio o a la desinformación.  

Se dice que Nodio no fue creado para vigilar y atemorizar a la libertad de expresión, sino para cuidarla. También para preservar  al público, ambos amenazados de padecer abusos desinformativos. Pero la prosapia de la idea nos agrega sottovoce: para manejar la cosa all´uso nostro, hace falta algo más sofisticado que la Constitución y el Código Penal, cuando el poder vigente se empeña en hacer marcar su paso a las opiniones y a los medios.  

La convicción republicana requiere que los problemas de la democracia se afronten con más democracia. Y –valga la redundancia- los de la libertad de información con más libertad e información. No con tutorías castrantes .  El escenario del poder debe estar iluminado a pleno y constantemente. “La mente como un paracaídas,  sólo funciona si la tenemos abierta” (A. Einstein).  

Un 11 de agosto de 1810, el Nº 24 del Correo de Comercio de Buenos Aires –en una de sus notas- decía: “La libertad de prensa no es otra cosa que una facultada de escribir y publicar lo que cada ciudadano piensa y puede decir con la lengua (…) Solo pueden oponerse  a la libertad de prensa los que gusten de mandar despóticamente (…) Ningún tirano puede haber donde ella [la libertad de prensa] esté establecida y ningún tirano ha dejado de quitarla con todo cuidado a sus súbditos, porque son incompatibles entre sí".  La  escribió su Director: Manuel Belgrano.