miércoles 19 de junio de 2024
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Lula y la tradición no alineada

El viaje del presidente brasileño a China tiene una faceta comercial incuestionable, pero otra geopolítica que irrita a los intereses estadounidenses en su acercamiento a China, su principal competidor global.

El viaje a China del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, ha concitado un revuelo en las relaciones exteriores con los EE.UU. cuyo Departamento de Estado no ve con buenos ojos la influencia de China en América Latina. El malestar fue público a través de las declaraciones de la vocera de la Casa Blanca acerca del “tono inadecuado utilizado por Lula para referirse al papel de los EE.UU. respecto de la guerra contra Ucrania”. “Aunque eso no afecta la muy buena relación con Brasil”, aclaró a continuación.

El viaje de Lula – antes había visitado a Joe Biden, aunque sin tanta pompa ni comitiva – tuvo como misión reforzar la dañada relación entre la potencia sudamericana y el gigante asiático. Su antecesor, el negacionista y ultraderechista Jair Bolsonaro, que alejó a Brasil de su tradición diplomática relegándolo en el plano internacional (Bolsonaro se abrazaba con Putin y Trump, insultaba a Macron u ofendía a Xi Jinping) había acusado al principal socio comercial de Brasil de querer “comprar todo el país” y durante la pandemia uno de sus ministros expresó su sospecha de que China había liberado el SARS-CoV-2 para dominar al planeta, tal como repetía Donald Trump por aquellos días de “gripe china” – según decía el blondo inmobiliario. Por eso Lula planeó un viaje a Pekín y Shangái con una delegación “que más parece una corte medieval”, según el periodista alemán Christoph Gurk: cinco gobernadores, dos docenas de parlamentarios y 200 empresarios, entre otros.

La prensa brasileña consideró, en general, que este viaje será probablemente el más importante del tercer mandato de Lula con el principal objetivo de estrechar lazos con el mayor socio comercial de su país. En 2022, Brasil registró un superávit comercial con China de unos 32.000 millones de dólares, casi la mitad de toda su balanza comercial.

Sin embargo, el “lado B” del viaje parece haber traspasado los límites de la realpolitik y entrar en el campo ideológico que tanto aterra a la derecha mundial. En su reunión con el presidente de la Asamblea Popular China, Zhao Leji, Lula no sólo destacó la importancia de China – a la que calificó de “socia preferencial” – sino que añadió que quiere equilibrar con ella la geopolítica mundial. “Es con China con quien tenemos el flujo más importante de comercio exterior. Es con China con quien hemos tenido la mayor balanza comercial y es con China con quien intentamos equilibrar la geopolítica mundial discutiendo los grandes temas”, dijo Lula.

Estas palabras, sumadas al hecho de que tanto Ucrania como sus aliados de la OTAN no han dicho una sola palabra sobre la oferta de Lula para buscar un acuerdo de paz – sobre el que dio muchas precisiones – reflotan la política de no alineación, de construcción de un mundo multipolar, tal como ocurrió con la creación del bloque BRIC (Brasil, Rusia, India y China) en 2006, agrupando a los países más poblados y con mayores recursos naturales del mundo (en 2011 se agregaría Sudáfrica para agrandar el acrónimo a BRICS) con el objetivo de influir en la agenda global dominada por el unipolarismo estadounidense. Brasil sigue siendo la sede de BRICS.

Lula, en Shanghái acompañó a quien fue su sucesora y expresidenta Dilma Rouseff en su asunción como presidente Nuevo Banco del Desarrollo, fundado por los BRICS, dentro de la geometría de instituciones patrocinadas desde Pekín para construir un orden internacional alternativo al que impulsó Estados Unidos al término de la II Guerra Mundial. En ese acto, el ex sindicalista metalúrgico, cargó contra el uso del dólar como moneda global, en sintonía con las autoridades chinas, esforzadas en sustituir a la divisa estadounidense por el yuan como moneda de referencia de ese bloque comercial.

Este viaje es un espaldarazo brasileño a los esfuerzos chinos por organizar el mundo multipolar fuera de la tutela de Estados Unidos, expresado tanto en los discursos como en la agenda, que ha incluido una visita de Lula a la sede de Huawei, la compañía telefónica sancionada por Washington por considerarla una herramienta de espionaje del gobierno chino, al igual que la aplicación Tik-Tok, a la que está planeando prohibir.

La declaración final de ambos países menciona expresamente a Taiwán como territorio soberano chino y se limitan al concepto de crisis utilizado por Pekín para denominar la guerra y la invasión rusa de Ucrania. El presidente brasileño, amparado en el peso de Brasil y en su propio prestigio internacional, pretende liderar la negociación y la paz, aunque previamente ya se ha mostrado favorable a la aceptación como un hecho de la anexión rusa de Crimea. A diferencia de Xi Jinping, Lula sí ha condenado la invasión, reconoce que se trata de una guerra y ha efectuado una videollamada a Zelenski.

En su discurso en el Palacio del Pueblo de la capital del gigante asiático, el líder brasileño advirtió que “nadie va a prohibir a Brasil que profundice su relación con China”.

El ministro de hacienda brasileño, Fernando Haddad, matizó esa declaración: “Nuestra intención no es distanciarnos de nadie, especialmente de un socio tan importante como Estados Unidos”. “Queremos restablecer las mejores relaciones posibles y queremos colaboraciones con los tres grandes bloques comerciales: Estados Unidos, la Unión Europea y China”, agregó.

Brasil vuelve al gran juego de la geopolítica encarnando la voz del Sur Global.

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