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Opinión 11 05 2020

Los fantasmas "iliberales"


Autor: Gonzalo Berra









Con la empatía de un burócratra exhausto de su rutina, el despertador cumplió a las siete am. Era dos de abril y la clase de caligrafía me esperaba a veinte cuadras, dentro de cuarenta y cinco minutos. Por suerte había conseguido terminar las treinta hojas de letra impuesta. Quizás podría empezar a compensar el cero con el que aquel psicópata llamado Moreno, profesor del Carlos Pellegrini me había calificado hace unos días por no tener un lapicero completamente recto, por utilizar uno diseñado con una cuña para apoyar los dedos. Aquel cero fue acompañado de tres días de suspensión. “Niñito, retírese inmediatamente del aula, diríjase a celaduría y esperéme ahí”.  “Celaduría”. El  lugar de los preceptores, una pequeña habitación en la esquina del edificio con una ventana que a pesar de dar a  Marcelo T. de Alvear no lograba ocultar la oscuridad del segundo piso de la escuela.  Mi preceptor era el hijo de Albano Harguindeguy, el Ministro del Interior de Videla, y Sanchez que era su jefe estaba sentado en el sillón de cuerina verde exánime aferrada a la madera mediante unas tachas de metal tan cuadradas como desgastadas. “El Chancho” Sanchez, apoyaba sus codos en ese escritorio cuadrado de madera opaca carente de toda amabilidad, sobre el que descansaba una 38 recortada, la que siempre llevaba en la sobaquera. “Pase, qué quiere” dijo, y terminó de marcar mi vida para siempre. 

Aquel dos de abril, mi viejo estaba despierto escuchando la radio. “Tomamos las Malvinas!” me dijo y yo también me entusiasmé. 

Cuando llegué a la escuela nos formaron una vez más en los pasillos a un brazo de distancia, de menor a mayor, hombres por un lado, mujeres por el otro y como siempre nos revisaron uno por uno. El pelo de los hombres dos dedos arriba del cuello de la camisa, las polleras por debajo de la rodilla, las corbatas de todos, alineadas, “señores, firmes y en silencio” antes de que sonara el himno nacional y luego la marcha de Malvinas. Cantamos. El parlamento llevaba clausurado años y la igualdad frente la ley había sido reemplazada por la fragilidad homogénea ante el estado de ánimo de los psicópatas que tenían en sus manos nuestras vidas, los Moreno, los Sanchez, los Harguindeguy, los Acosta, Barreiro o Astiz y también del zumbo que te paraba en cada control en la calle y que te podía meter preso, matar, violar sin demasiado inconveniente. Lo que te tocara. No había celulares. No existía Internet, había cuatro canales de TV, todos en poder del estado y los medios gráficos apoyaban explícitamente la gesta,“estamos ganando”. Aquellos 76 días no fueron muy disitintos de los 2198 previos, seguíamos siendo sombras en la oscuridad guiadas por una voz que murmuraba monocorde “documentos, contra la pared, si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla, y vos no te hagas el loco porque te hago mierda”. 

Dieciocho meses después de aquel 2 de abril, elegimos vivir en libertad, en una democracia basada en la justicia y en la unidad, en juzgar los crímenes de lesa humanidad, lejos de las falsas antinomias, que era la forma en que Alfonsín llamaba a la grieta peronista - antiperonista. Así ganó las elecciones del 83, con cientos miles de votos que nunca habían votado por un radical, así perdieron las elecciones los que quemaban cajones mortuorios en actos públicos, los que querían la amnistía para los militares. 

Durante los 36 años posteriores, nuestra democracia, nosotros, vivimos momentos difíciles, asonadas militares, hiperinflaciones, crisis financieras, crisis de representación, pero siempre resistimos y cada momento de tensión nos hizo mejores, aprendimos, hizo mas sabia a la democracia. Ya nadie defiende la amnistía que defendió el PJ en el 83, aunque  lamentablemente  algunos no terminan de entender que la construcción de minorías intensas, basadas en el antiperonismo o cualquier otra forma que adopte el “anti” degrada nuestra forma de vida y como en el 30 de octubre de 1983 sigue siendo la forma más obvia de perder elecciones.

Nuestra democracia no es perfecta, siempre viviremos en transición, porque perfecta es utópica, pero como forma de vida es real y cotidiana y tan imperfecta como son los hombres y la mujeres que la forman. Los pueblos pueden equivocarse y se equivocan a menudo los dirigentes. Y el error, cuando rige la libertad, se corrige, porque la opinión pública o las instituciones advierten que las cosas van o pueden ir mal. Probablemente se equivocó el gobierno argentino  al inicio de la pandemia. Como la gran mayoría de los argentinos, la subestimó. Lo corrigió. Se equivocó el gobernador de Jujuy con algunas declaraciones que en pocas horas también reparó con humildad. Así como se equivocó el Gobierno de la Ciudad al pretender exigir el permiso de circulación web para los mayores. Su error duró menos de una tarde. Las compras con sobreprecios en la Nación o la Ciudad, tardaron días, no años, en ser expuestas.  Los funcionarios sospechados, fueron removidos de sus cargos en horas. Tenemos que vigilar que la justicia siga haciendo su trabajo en estos casos.

Algunas voces se alzan en defensa de la libertad contra la amenaza de un régimen autoritario que encierra a las personas en sus intimidad, marca los hogares, confina a los mayores, mientras consuma hechos de corrupción. Alertan por la salud de la república y la amenaza chavista. Son casi las mismas que hace unas semanas señalaban el espíritu malvinero de la situación que vivimos. 

Se equivocan. Quedarse en casa es la única medida sanitaria que ha probado eficacia. Su establecimiento ha sido consensuado por todas las fuerzas políticas que gobiernan el país. Y la ley que se aplica para evitar las actitudes irresponsables de algunos, como todas las leyes democráticas, son las que garantizan la libertad. No estamos frente a un gobierno ilegítimo llevando a la muerte en la ilegalidad a cientos de jóvenes. Son distintos niveles de gobierno, todos legítimos, defendiendo la vida de las personas.Y los errores, que no nos asusten. No se trata de síntomas de “iliberalidad”.Se trata de personas ante una pandemia global inédita que tienen que tomar decisiones bajo una gran presión y una inmensa responsabilidad. La democracia argentina y el desarrollo de las comunicaciones, garantizan que todos los errores sean marcados casi al instante. Los decisores no tienen margen para ser autoritarios o ladrones sin ser castigados. Parte de la presión que tienen es que la opinión pública, más que nunca, los tiene contra la pared.La pandemia es una tremenda prueba para todos. La política ha actuado con madurez, ha optado por el diálogo, la unidad y la defensa de la vida de las personas. 

Otras democracias, de la región y del mundo, han elegido el camino de la confrontación interna, la mezquindad del dinero o el beneficio electoral.
El camino que nos queda hasta la vuelta a nuestra vida anterior o a una nueva normalidad probablemente será largo. Habrá marchas y contramarchas.
No hay que tener miedo a los errores, seguirán sucediendo. Miedo daría escuchar solo una voz, que nos dice lo que tenemos que hacer, una voz monolítica que nunca se equivoca.
El mandato fundacional de la Democracia Argentina no es la paz de los cementerios, ni la libertad de los lobos en el gallinero. Su mandato es que liberados del temor y de la miseria, disfrutemos de la libertad de palabra y de la libertad de creencias.