menu
Opinión 13 05 2020

Las tres razones de la cooperación


Autor: Andrea Oelsner









Grandes crisis internacionales condujeron a grandes soluciones internacionales. Tiempos de gran incertidumbre llevaron a la construcción de instituciones complejas para que, a través de la cooperación internacional, el pasado no se repitiera. Lo mismo va a ocurrir ahora. Bastan tres ejemplos contemporáneos.

La segunda guerra mundial, con indescriptibles horrores y destrucción, llevó a la creación colectiva de nuevos actores internacionales: la ONU, cuyo objetivo ha sido, desde entonces, mantener la paz y el orden internacionales; y la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, hoy convertida en la Unión Europea, que se proyectó para para evitar otro conflicto franco-alemán.

En 1962, el mundo estuvo a un paso de una guerra nuclear. Ese año, durante la crisis de los misiles, Estados Unidos y la Unión Soviética casi lanzan ataques atómicos que habrían provocado una destrucción mutua intolerable. 

Al volver del abismo, las superpotencias decidieron tomar una serie de medidas cooperativas. Por ejemplo, crearon una línea de comunicación directa (el ‘teléfono rojo’) entre el Kremlin y la Casa Blanca. Pero hubo más: durante las siguientes décadas firmaron tratados bilaterales para regular la proliferación (como los acuerdos de SALT I y SALT II) y crearon instituciones y acuerdos multilaterales incluyendo a muchos otros países (como el Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares y el Tratado de No Proliferación Nuclear).

Otras grandes crisis fueron económicas, y también sirvieron como incentivos para la cooperación. En 1973, países de la OPEP decidieron cuadruplicar el precio del petróleo. La crisis que siguió forzó a los países más desarrollados a tomar conciencia de su vulnerabilidad. En un contexto de (ya entonces) acelerada internacionalización e integración de la producción y el comercio, quedó en claro que ningún Estado era totalmente autosuficiente.

Para transformar las incertidumbres económicas en oportunidades compartidas, los Estados buscaron coordinar sus acciones, cooperar, y así construir un contexto más predecible.

Recurrieron a tratados internacionales o a la creación de organizaciones regionales como una estrategia para mitigar la vulnerabilidad. De hecho, a partir de los ’70, el número de tratados de comercio internacional y de organizaciones multilaterales creció aceleradamente.

¿Y ahora? ¿Por qué deberíamos esperar cooperación internacional cuando, en cambio, lo que abunda es un sálvese quien pueda nacional a nivel global? Por tres motivos relacionados: un sentido de humanidad compartida, un sentimiento de solidaridad transnacional, y un cálculo racional de riesgos. Veamos.

La pandemia (noten que, hasta aquí, había logrado no nombrarla) nos dio a todos, pero sobre todo a los ciudadanos de los países del norte, un sentido muy real de humanidad común. La miseria y la muerte ya (o más bien, todavía) no tienen la cara de niños africanos o refugiados sirios, sino de neoyorquinos afluentes, de genoveses y madrileños de clase media, de primer ministro británico en terapia intensiva. Les pasa a ellos igual que a los chinos de Wuhan o a los brasileños de Sao Paulo.

Esta conciencia de vulnerabilidad común pone de manifiesto, súbitamente, nuestra humanidad compartida; un buen incentivo para que la solución también se busque de manera conjunta. Esto me lleva la segunda razón: un sentimiento de solidaridad transnacional.

El ciclo de esta enfermedad, que llegó antes a Europa y a Estados Unidos que al sur global, también se va a ir antes de allá que de acá. Cuando esto suceda, el sentido de humanidad compartida se transformará en un sentimiento de solidaridad.

Aun en crisis y heridas, las sociedades del norte van a sentir el dolor de las del sur, más golpeadas y mucho peor preparadas para enfrentar un virus que, incluso por varios meses, no tendrá cura. Bill Gates nos recuerda que ‘hay más camas en la terapia intensiva de un solo hospital de Manhattan que en la mayoría de los países africanos.’ La solidaridad y la compasión moverán a la cooperación y la ayuda internacional. Pero no será solamente altruismo, porque este ciclo de enfermedad no será el último. Esto me lleva a la tercera razón: un cálculo de riesgos.

Después de hacer estragos en un sur con enormes deficiencias sanitarias y menor capacidad de aislamiento social, la pandemia volverá al norte. Y quizás tampoco el año que viene haya vacuna. O quizás no sea este virus sino otro, un poco diferente.

Si nada cambió hasta entonces, si sigue primando la estrategia del sálvese quien pueda, las escenas de hoy se repetirán mañana. Semejante riesgo no le conviene a nadie.

Como en los casos anteriores, esta gran crisis global intensificará esfuerzos de cooperación internacional. Una vez que haya vacuna, tratamiento o tests domésticos, también habrá mecanismos internacionales institucionalizados para que sean distribuidos globalmente.

Los países más ricos querrán asegurarse de que los más pobres tengan acceso a estos avances y estemos todos mejor preparados para la próxima pandemia. En última instancia, la conciencia de una humanidad compartida, la solidaridad transnacional y un cálculo de riesgos harán imperativa la cooperación internacional.

Publicado en Clarín el 10 de mayo de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/razones-cooperacion_0_OEom9RoNg.html