jueves 20 de junio de 2024
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Las elecciones parlamentarias europeas, un desafío a los pilares de la integración

Estamos en la recta final del debate electoral europeo. Mientras los partidos políticos se enfrentan con eslogan de abierta vacuidad (en Italia, por ejemplo, hay quienes prometen “luchar por una Europa más pragmática y menos política”, como si el pragmatismo pudiera sustituir la discusión sobre las metas), abundan discursos y documentos de envergadura sobre Europa y su futuro, escritos por personalidades de prestigio, grupos de estudios y otros conjuntos de ciudadanos voluntariosos.

Cada uno de éstos, con su estilo, trata de poner sobre la mesa nuevas ideas; los unos, para salir del derrotismo europeo (esprit de défaite, según las palabras del presidente francés Emmanuel Macron, quien pronunció un exaltado discurso sobre Europa en La Sorbona), se concentran en planes grandilocuentes que apuntan a “llenar de contenido la soberanía europea” con la ayuda “de la potencia, de la prosperidad y del humanismo”.

Los otros, al recordar que la Unión Europea (UE) nació, precisamente, para denunciar el carácter ilusorio, además de peligroso, de la soberanía (“en contraste insalvable con la idea de una sociedad de naciones” según lo escribió Luigi Einaudi en un texto magistral de 1918 en el cual muestra, con rara eficacia, como “la soberanía plena y absoluta se alcanza solo con la dominación del mundo”) se proponen, más cautamente, limitar sus sugerencias al ámbito privilegiado de acción de la UE, o sea, el mercado común.

Es éste que, al perfeccionarse sus mecanismos de funcionamiento, centrados en la competencia, y coadyuvado por una moneda única, lograría garantizar el desarrollo económico del continente y consolidar el proceso de integración europea.

En las últimas décadas, sin embargo, esta doble promesa ha sido desmentida por los hechos. En particular, varios estudios empíricos han señalado la existencia de una “geografía del descontento” que el mercado europeo, lejos de suavizar, profundiza. Extrema derecha y anti europeísmo prosperan en las áreas que se han “quedado atrás” –concepto que los meros indicadores económicos (la riqueza per cápita, por ejemplo) no logran capturar, ya que se refiere a un conjunto de aspectos demográficos, infraestructurales (accesibilidad y conectividad), sociales, culturales e institucionales. El mercado no tiende, naturalmente, a mejorar estos aspectos, sino a aprovecharse de aquellos que favorecen a los inversores.

Tal como lo expresara Norberto Bobbio con su usual parsimonia, el mercado, “en cuanto mecanismo racional perfecto […] no puede ser sometido a ningún tipo de evaluación moral: […] lo que no quiere decir que sea incompatible con la moral, sino que sea ajeno a toda consideración de orden moral”. (N.Bobbio, “Etica e politica”, en MicroMega, 9 enero de 2014).

Es por eso, quizás, que Enrico Letta, ex primer ministro italiano y presidente del instituto Jacques Delors, en su reciente documento sobre la profundización del mercado único, escrito a pedido del Consejo Europeo después de un año de consultas con sus actores a lo largo de toda Europa, nos cuenta que, a pesar de percibirse “como proyecto de naturaleza técnica, [el mercado] es, por el contrario, intrínsecamente político”; por ende, la UE tiene la responsabilidad de que persiga metas tanto económicas como sociales –por ejemplo al cuidar que los que quieren vivir en un lugar no tengan que desplazarse a otro para trabajar (lo que llama la “libertad de quedarse”, opuesta al mantra que celebra la libertad de “movimiento de los factores de producción” como uno de los motores del desarrollo).

Convergentes parecen ser las ideas de Mario Draghi: al adelantar el contenido de un documento aún por terminar sobre el futuro de la competitividad europea, encargado por la presidenta de la Comisión Europea, el ex director del Banco Central Europeo habló con muchas reservas de esta “obsesión peligrosa”: al tomar prestada dicha locución del economista y premio Nobel de economía Paul Krugman, Draghi explicó que el crecimiento a largo plazo “procede de la productividad, que beneficia a todos, más que de intentar mejorar la posición relativa de uno frente a los demás y acaparar su cuota de crecimiento”.

En Europa, continuó, después de la crisis de 2008, “seguimos una estrategia deliberada de reducción de los costes salariales en relación con los demás” y, al combinarla con una política fiscal pro cíclica (o sea, en esta circunstancia, restrictiva), no hicimos sino “debilitar nuestra propia demanda interna y socavar nuestro modelo social”.

¿Serán estas las chispas de un cambio de rumbo? Es de esperar, ya que la democracia formal no logra, sola, contrarrestar los daños del libre mercado y termina víctima de sus excesos; no es tampoco con proporcionarle a la UE los atributos de la soberanía que se fortalezca la integración, sino con la comprensión de las debilidades de sus planteamientos y la capacidad de reformar sus políticas según el rumbo que tan claramente emana del artículo 3 del tratado de la Unión Europea: “La Unión establecerá un mercado interior. Obrará en pro del desarrollo sostenible de Europa basado en un crecimiento económico equilibrado y en la estabilidad de los precios, en una economía social de mercado altamente competitiva, tendente al pleno empleo y al progreso social, y en un nivel elevado de protección y mejora de la calidad del medio ambiente. Asimismo, promoverá el progreso científico y técnico.” Manos a la obra. Y que los ciudadanos europeos sepan votar a quienes puedan mejor hacerlo.

Publicado en Clarín el 30 de mayo de 2024.

Link https://www.clarin.com/opinion/elecciones-parlamentarias-europeas-desafio-pilares-integracion_0_sbxM1Lft0T.html

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