martes 20 de febrero de 2024
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Las corporaciones destruyen la democracia en el mundo

El triunfo de Donald Trump en la interna de Iowa que lo dejan a las puertas de ser el candidato republicano para este año debe haber sonado como música para los oídos de China y Rusia. La democracia vive sus horas más aciagas.

Es un secreto a voces que el sistema político estadounidense está cooptado por los grandes intereses. Desde el discurso de despedida del presidente Dwight Eisenhower – del que se cumplieron 73 años este mes – en el que advertía de la influencia del complejo militar-industrial sobre los destinos del país, ese proceso se ha profundizado. En esa alocución dijo que el “complejo militar industrial” podía poner en riesgo “nuestras libertades o procesos democráticos”. Hoy podríamos agregar a ese complejo – que tiene el presupuesto más alto de toda la administración – al de Silicon Valley, con su inconmensurable desarrollo de la IA y una serie de corporaciones y a los fondos de inversión que manejan más presupuesto que varios países juntos.

Todas esas corporaciones influyen en los PAC, un sistema de financiación de la política que recauda miles de millones de dólares para que, por ejemplo, Donald Trump y Joe Biden sigan estando vigentes como líderes de sus partidos, a pesar de los deseos de muchos de sus correligionarios.

La facciosidad de la pelea por el poder, en el que los acuerdos mínimos son cada vez más imposibles, están, no sólo desacreditando el funcionamiento democrático – ya mellado por la influencia decisiva de las corporaciones – sino atentando contra la seguridad nacional de ese país.

En este marco, los Estados Unidos ven las elecciones presidenciales de este año como una prueba de fuego para su democracia, aunque, desde lejos – Europa, Asia, AL – muchos consideran que el resultado no será auspicioso, con las consecuencias negativas que so acarreará sobre un precario orden mundial en el que el país del norte ocupa un papel regulador – y protector en muchos casos – muy importante.

Los diplomáticos europeos están horrorizados de que tantos líderes estadounidenses permitan que su celo por la política partidista impida las funciones básicas del gobierno.

La marcha de la campaña presidencial de este año, con un Congreso que apenas pudo elegir un presidente de la Cámara o mantener abierto el gobierno y, quizás, sobre todo, el debate estadounidense sobre la ayuda militar a Ucrania ha llevado a los observadores a estar convencidos de que nada bueno está por venir en términos políticos e institucionales. La Argentina ofrece hoy una muestra de este deterioro institucional y de influencia de las corporaciones, y aunque el experimento libertario recién ha comenzado, se ha gestado sobre las mismas premisas.

Una victoria de Trump en 2024 aceleraría la polarización de Estados Unidos, pero es poco probable que una derrota de Trump desacelere o revierta significativamente las fuerzas estructurales que llevan a muchos de sus políticos a pensar el consenso como un pecado. La probabilidad de que la Cámara y el Senado estén estrechamente divididos tras la votación de 2024 se suma al triste panorama.

Lo que parece estar derribándose es la ética discursiva acerca del papel ordenador de los EE.UU. Hoy la guerra de Ucrania es la “guerra de Biden”, no un asunto de seguridad nacional que involucra a todos, de manera que ese tema queda atrapado en la lógica facciosa, porque esas premisas éticas ya no funcionan con la extrema derecha estadounidense.

La acción facciosa y polarizadora sobre el aborto ha retrasado los ascensos de oficiales militares estadounidenses y amenaza con dañar PEPFAR, un programa contra el SIDA que ha salvado millones de vidas en África. Que haya dudas sobre el compromiso de Estados Unidos con la OTAN, y luego están los largos retrasos en las confirmaciones del Senado de los embajadores y otros funcionarios estadounidenses, una tendencia exacerbada por los legisladores de ambos partidos.

“Siempre hubo cierta cortesía por parte del otro partido al permitir que el presidente designara un Gabinete. ¿Qué pasa si estas cortesías no se mantienen? dijo un ex embajador asiático. “Es muy preocupante”, advierte Nahal Toosi en una nota de POLITICO.

A tal punto llega el desacuerdo que los diplomáticos extranjeros “amigos” de los EE.UU. son más reacios a firmar acuerdos con Washington debido a la división partidista. Existe la preocupación de que una nueva administración abandone acuerdos pasados ​​únicamente para apaciguar a bases electorales radicalizadas y activas y no por razones legítimas de seguridad nacional. El destino del acuerdo nuclear con Irán es un ejemplo de eso.

Hacia fines de esta año dos ancianos tozudos y ambiciosas se darán revancha, pero cualquiera sea el resultado nada cambiará demasiado respecto del avance del control de la economía sobre la política.

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