menu
24 05 2020

Laclau en bicicleta


Autor: Eduardo A. Moro









 "Aquel que te creó sin ti, no te puede salvar sin ti". 

San Agustín.

Ernesto Laclau (1935-2014),  filósofo político, con  actuación en la Revista Contorno, en el periódico Lucha Obrera y otras actividades del pensamiento crítico argentino, enseñó en la UBA y en Inglaterra, donde vivió buena parte del final de su vida, junto a su no menos ilustrada compañera Chantal Mouffe (1943). De sólida formación académica, está considerado el mayor expositor de la idea populista.

Contrapuso el populismo al institucionalismo, al que caracterizó por sus fórmulas estereotipadas y erráticas, a través de las cuales se produciría la distorsión del proceso político. Puso foco en el análisis de la relación representativa, afirmando que las instituciones  no son nunca neutrales, porque cristalizan las relaciones de fuerza. Dicha condición de permanencia hace que las nuevas fuerzas sociales choquen contra ellas, recibiendo su rechazo. Por consiguiente: el constitucionalismo busca mantener el poder conservador, para impedir los proyectos de cambio que tiendan a alcanzar un estado integral, con formas dinámicas y hegemónicas, al modo gramsciano. Tal sería La razón populista, título genial o un irónico oxímoron, que da nombre a una de sus obras más difundidas.

Postula transparentar la relación interna de la representación, y señala que la misión del representante no debe ser simple sino doble. Consistiría no sólo en reproducir la voluntad del representado, sino que debe transformarla en organizaciones y espacios colectivos. Así, el papel del representante tampoco sería neutral. Enuncia un discurso nuevo que modula la voluntad de sus representados y con ello adquiere primacía, sobre todo en circunstancias de fuerte disgregación e inequidad social. Advierte como peligros de ese proceso, por una parte, a la reducción estatista que se limita a la lucha parlamentaria, sin reconocer nuevas fuerzas sociales, y por la otra, al reduccionismo ultralibertario que se desentiende del estado general y se condensa en una democracia de base, tipo “vecinalismo” u organizaciones locales.

Rescata las experiencias de la Revolución Mexicana y del Aprismo Peruano,  generados  a comienzos del siglo XX, intentos reconstructores de sociedades civiles desintegradas.  Fidel y el Che serían a su modo populistas avant la lettre. Asimismo recuerda también a la revolución ciudadana de Ecuador, las experiencias bolivianas, y a las misiones venezolanas, que guían la acción de masas a través de organizaciones de constitución y funcionamiento diferentes a las tradicionales.

En paralelo, Chantal Mouffe invita a repensar la frontera entre derecha e izquierda. Sostiene que han caducado el planteamiento anticapitalista ultraizquierdista y el social liberal de centroizquierda. Así  explica el momento populista en tiempos de crisis del neoliberalismo, señalando la desorientación de los partidos socialdemócratas, que se aferran a una concepción inmóvil de la política. Tony  Blair -según Chantal- llegó a decir: “La opción no es entre una política económica de izquierda o de derecha, sino entre una buena o mala política económica”.  De tal modo, sigue Moufee, el espacio de la “centro-izquierda” se desenvuelve con una atonía que la hace inexistente. Semejante confesión (de Blair) acerca del agotamiento de la social democracia  exhibe una pospolítica, factor que explicaría la falta de afecto popular hacia las instituciones. Y produce la creciente legitimación de expresiones populistas, capaces de devolver al pueblo la voz acallada por las élites del establishment. Para sacudir esa modorra intelectual, Mouffe cree necesario romper con el engañoso consenso pospolítico e insistir en la actitud partisana de la política, merced a un debate antagónico y movilizador, que sólo puede sostener un populismo de izquierda  y no cualquier populismo.

En el otro extremo de la pantalla, Loris Zanatta, pensador italiano y cuestionador teórico frontal del populismo, destaca la retroalimentación de la idea amigo-enemigo, pulsión guerrera de herencia religiosa, sin la cual el populismo no puede respirar su ilusión redentora para vencer al mal. Augura que los populismos están condenados a morir, por su visión homogénea del pueblo en sociedades cada vez más fragmentadas, y esa fragmentación -tarde o temprano- se impondría para desenmascarar la falsa idea de unanimidad idílica descifrada por un líder. Vale recordar que el mismo Zanatta denuncia también la existencia de un maniqueísmo ilustrado en el campo opuesto -cierto jacobinismo liberal anticlerical-, nacido con aires populares que luego se desdibujan en el tiempo.

Sin mirar al populismo sólo por lo que dice o por sus apariencias, persuadido de sus  rasgos personalistas y mesiánicos, advierto que es producto de una  esforzada construcción. Por cierto difusa, en cuanto pretende ser la única política éticamente relevante, pero sin llegar a imaginar representaciones que alcancen claridad constitutiva ni funcional, y sin citar un solo ejemplo envidiable de eficacia democrática. Pero el populismo no es una criatura delirante de escritorio. Es una realidad extendida por el mundo, desde siempre. En tiempos modernos, aparece como una respuesta a los traspiés demo-liberales, y a los miedos de sentir agudamente las incertidumbres globales.  Un fuego emocional ahora  atizado por la globalización, y sus pecados e insuficiencias éticas, políticas  y prácticas, como puede apreciarse frente al primer horror universal sentido en tiempo real. La reacción inicial de varios países ha sido  de aislamiento, sospecha o competición antes que de leal cooperación.

Quienes no compartimos la razón populista, preferimos la distribución del poder, los controles institucionales, con solidaridad y en paz. No obstante,  debemos esforzarnos en ver más allá de sus sombras, y percibir que, de izquierda -como lo quieren Laclau-Mouffe-, de punto incierto -como el puzzle nativo-, o de derecha, como Bolsonaro o Trump, tiene vigencia y significación. Parafraseando a Tomás Abraham: “ … nadie va a resolver de una vez y para siempre el problema acerca de qué es el régimen democrático. 2500 años de filosofía no cerraron el bucle …”.