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28 06 2022

La vigencia de Arturo Illia en el aniversario del golpe de Estado que terminó con su ejemplar gobierno


Autor: David Pandolfi









Arturo Illia fue derrocado hace ya muchos años, por un mundo en donde algunas de sus virtudes no eran reconocidas: su honestidad personal y su respeto por las libertades democráticas eran vistas como algo natural, y eso es algo que se ha perdido. Ser honesto era algo lógico. Los políticos importantes eran honestos, no se hacía política para un beneficio económico privado: Hipólito Yrigoyen había muerto pobre “en un cuchitril” de la calle Brasil y sus sucesores Marcelo T. de Alvear o Agustín Justo, no se habían enriquecido, los socialistas o Lisandro de la Torre eran gente austera, que no usaban la política para enriquecerse. Hoy vivimos en el país de los presidentes que se abrazan a las cajas fuertes sin inmutar siquiera a sus votantes y vemos esto como una excepción. 
Así como en su tiempo se naturalizó la honestidad, hoy se naturaliza la corrupción. Algunos se asombran del uruguayo Mujica, los argentinos tuvimos uno mucho más natural que se llamó Arturo Illia. Tampoco sorprendía a nadie que los radicales gobernaran sin estado de sitio, con libertad de prensa, con autonomía universitaria y gobierno tripartito, eran lógicas cuando gobernaba un partido que había hecho de ellas su bandera. Pero pocos ven a Illia hoy como alguien que vino a poner en marcha la economía, a distribuir más equitativamente los ingresos, su gestión económica la minimizaron hasta el hartazgo. 
En 1964 el PBI creció un 10,3% y 1965 un 9,2% al año siguiente. El PBI industrial fue el que más creció entre los dos años, lo hizo un 35,3%. Los salarios como parte de los ingresos crecieron, bajó la desocupación del 8,8% al 6,1% y la deuda pública se redujo un tercio, sin default, ni engaños. 
También eran ejemplos de modestia el médico que Jairo una y otra vez describe recorriendo Cruz del Eje con su sobretodo gastado sobre el pijama en bicicleta, a la madrugada, para visitar a su hermanita que no paraba de temblar, o el que describe Marcos Aguins como aquel que tenía una palangana en un costado del consultorio. Illia no fijaba los honorarios de la consulta, sus pacientes dejaban lo que podían y los que no podían pagar los remedios él solo pedía que tomaran un billete de la palangana. Pero deberíamos de hablar de otra faceta de ese médico, el que investigaba el Mal de Chagas, o aquel que como presidente hizo las ley de medicamentos (que le valió enfrentarse con los laboratorios, y tal vez, le costó la presidencia). Hoy tenemos un gobierno cuyos aportantes principales son los laboratorios y no nos importa, aún en plena pandemia.
Illia había ganado las elecciones con un 25,2% contra un 20% de votos en blanco (donde votaban los salientes desarrollistas, los peronistas, los conservadores populares y los democristianos). Sin embargo, el huevo de la serpiente, las diversas variantes de iluminados y fascistas, se propagaba. La democracia no tenía épica, los atajos eran vistos luminosos. Una extraña mezcla de periodistas, Juan Perón, dirigentes sindicales, militares antiperonistas, universitarios izquierdistas, falangistas, laboratorios farmacéuticos y empresas petroleras terminaron creando el clima para que un gobierno que era eficaz en su acción y legítimo en su origen fuera derrocado. Con la caída de Illia, Argentina decidió salir de la solución política, de la democracia, a la época de los iluminados. Perón desde la España de Franco festejó la llegada de un general falangista a la presidencia, los partidos políticos fueron disueltos, las universidades intervenidas, la democracia había sido derrotada. 
Muchos tras los años advirtieron su error, pero, era tarde: la muerte y la violencia se ensañaron con la Argentina hasta que Raúl Alfonsín nos hizo pintar somos la vida, y la democracia fue un valor aceptado en la sociedad. Recuerdo su velorio multitudinario en un Congreso, cerrado siempre, en enero de 1983, donde me tocó ordenar las filas como parte de esa pequeña juventud radical. Hoy extrañamos a Illia porque ciertos valores con los que se lo representó están ausentes: la democracia sin épica, la libertad y las reglas de juego sobre las excepciones y la honestidad como regla para la acción política. Tal vez, algún día volvamos a esos valores, y un Illia nos parezca algo natural.