martes 21 de mayo de 2024
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La soledad de los viejos

Las crisis -como la que estamos viviendo- ponen de manifiesto lo mejor y lo peor de la construcción social de los seres humanos, sus virtudes y sus miserias, sus riquezas y sus carencias. Pero además entre sus urgencias específicas se filtran y exteriorizan estados de situación que hasta este momento se disimulaban, pasando entonces a ocupar la atención de quienes ya no podemos dejar de verlos y sentirlos, como una de las tantas promesas incumplidas de la civilización progresiva que compartimos.

Hay algunos paradigmas negativos que la cultura mundial –hoy virtualmente globalizada- ha elaborado instintiva y silenciosamente. ¿Para qué, preguntaría un psicoanalista?  Respuesta: para facilitar –sin reproches- la plenitud del goce individualista de vivir sin barreras ni ataduras, o al menos con las menores posibles. A mi manera diría cada uno, atraído por los senderos del éxito, de la notoriedad, de la juventud, del vigor y la velocidad, o la burbuja elegida, “mi elección al fin”. Está claro que no se trata de la felicidad sino del encandilamiento de alguna de esas u otras imágenes sobre el sujeto elector, que por su atracción inmediata no tiene tiempo –ni ganas- de apreciar sutilmente su derredor.

¿Qué somos -la inmensa mayoría de los viejos- sino todo lo contrario? No lo digo desde el resentimiento, desde la queja existencial ni desde un atril de reclamos, sino del reconocimiento de nuestra lentitud y debilidades, con las cuales existimos, como es natural a esta altura de la vida.

El sociólogo Norbert Elias (1897-1990), construyó una teoría de la civilización desnudando la cosificación económica unidimensional de la modernidad. Allí propone un modelo de análisis del equilibrio de las tensiones políticas, sociales, culturales, emocionales y psíquicas que tome la forma de una dinámica de civilización entre individuos interdependientes. Centra su atención sobre la integralidad de las complejas relaciones entre poder, comportamiento, emoción y conocimiento: una suerte de descosificación para escaparle a la deshumanización. Comprenderlo requiere ponernos en situación de hacernos cargo, cada uno de sí mismo, como una persona entre las otras.

Dulcificar la realidad con palabras banales de complaciente ternura publicitaria –abu, abuelito– disfraza la condición de los viejos, y expulsa una mirada adulta sobre ellos. Elias dice en algunas de sus tantas reflexiones: “menos asepsia y más calor humano (…) más y más aislados de la sociedad, de sus familiares y amistades (…). La relación franca con ellos ha cesado y el final es secreto, anónimo y lejano de lo emocionalmente próximo (…)”.

Niños, jóvenes, adultos y viejos; sanos, enfermos, perfectos e imperfectos, con capacidades y discapacidades diferentes entre todos, tenemos un condición también diferente en cada de las curvas de nuestras vidas. Con crisis o sin crisis –más allá de la pandemia- ¿esa perspectiva, estará presente o debemos actualizarla de modo sensible y respetuoso para que no se la siga ignorando en la agenda pendiente de la posmodernidad?

El tema se parece al smog pero al revés. Sabido es que cuando más se sube en las riquezas cosificadas de la vida, más puro es el aire que se respira. Paradojalmente, cuando más se asciende en la escala de los pudientes sociales, mayor la soledad y el frío  de los viejos, alejados de los paradigmas triunfantes del disfrute rápido y jovial, mientras que en el reducido espacio de los vulnerables, las duras circunstancias que obligan a la convivencia múltiple, permiten con lentitud pero mayor frecuencia y espontaneidad el abrigo de los afectos.

Bobbio decía que la vejez no es un tema académico, y en De senectute prefirió hablar como viejo. Se inclinó por el balance conclusivo, pero “en vena de confesiones” su racionalidad fue vencida por la pasión:  “detesto con toda mi alma a los fanáticos…”.  Gurúes de la auto-ayuda aconsejan: “búscate un proyecto”, no hay vida sin proyecto. Harold Bloom, tratando de responder a la pregunta ¿dónde se encuentra la sabiduría?, refiere a “la benévola intuición de William James de que la sabiduría debía convertirse en la facultad de pasar por alto lo que se hacía insuperable (…). Al menos (dice) nos ayuda a pasar los días duros y aciagos”.

¿Cómo encontrar un proyecto al alcance de nuestras capacidades ? O cómo hacer para pasar por alto lo insuperable ? En ejercicio de la libertad a mi alcance y como a los viejos nos gusta el riesgo, tal como ilustra la película “El cuento de las comadrejas”, opto por la amable invitación caribeña de Nicolás Guillén: Búscame, hermano, y me hallarás / (en La Habana, en Oporto/ en Jacmel, en Shanghai)/ con la sencilla gente/ que sólo por beber y charlar/ puebla los bares y tabernas/ junto al mar.

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