martes 25 de junio de 2024
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La seguridad estadounidense en falta

Se acaban de escurrir por las rendijas del Pentágono un centenar de documentos secretos que revelan dos cosas: lo mal que están guardados los archivos clasificados de la seguridad de ese país y el contenido explosivo de dicha documentación.

Con respecto a lo primero, los congresistas han puesto el grito en el cielo, mientras que el presidente Joe Biden ha guardado un gran silencio respecto del tema. Este lunes, el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, John Kirby, sugirió a los periodistas que miraran para otro lado. Negándose a confirmar la procedencia de los documentos, Kirby dijo: “No tiene nada que hacer – si no le importa que lo diga – en las portadas de los periódicos o en la televisión. No está destinado al consumo público, y no debería estar disponible”. Aunque no escondió la preocupación que también respondió: “La verdad y la respuesta honesta a su pregunta es: no lo sabemos. ¿Y eso nos preocupa? Por supuesto que sí”.

Ni los oficiales del Pentágono, ni Kirby, un ex analista de asuntos militares y diplomáticos de la CNN, tienen la mínima idea de cómo estos secretos escaparon de la fortaleza de cinco caras y parecen resolver el asunto – por ahora – adhiriendo al pensamiento mágico del avestruz.

El Pentágono ha recurrido al manido slogan de que las filtraciones “podrían llevar a que la gente pierda la vida”, que es el comentario oficial estándar cuando se filtran secretos y la razón implícita por la que los funcionarios como Kirby no quieren que la prensa informe sobre ellos. Estas afirmaciones de “vidas perdidas” siempre se cuestionan, como cuando se revelaron los cables de Wikileaks de 2010 a 2013 con algo más de 250.000 documentos filtrados del Departamento de Estado. En ese entonces, las advertencias se degradaron de “vidas perdidas” a “daño causado”.

Vayamos a los secretos. Los archivos robados – al fin y al cabo son un robo – contenían una gran variedad de intimidades de la seguridad nacional estadounidense, que van de la conducción de la guerra en Ucrania; el éxito de ese país en penetrar la maquinaria de guerra rusa; el conocimiento sobre las maniobras clandestinas de Israel y Corea del Sur; el impulso que le dio el Mosad – servicio de espionaje exterior de Israel – a las movilizaciones contra la reforma judicial del primer ministro Benjamín Netanyahu; pistas sobre una tecnología de vigilancia satelital previamente desconocida; el intento de derribo de un avión espía británico por parte de los rusos; un acuerdo de armas pendiente entre Egipto y Rusia y uno entre contactos turcos y el grupo Wagner; un esfuerzo ruso para piratear instalaciones gasíferas canadienses; hasta fuentes y métodos de inteligencia. Todos ellos fluyeron hacia sitios en línea, convirtiendo al Pentágono en el cuartel del Super Agente 86 y poniendo en peligro misiones secretas en curso, en todo el mundo.

Enemigos y aliados, todos espiados por igual, como lo fueron Dilma Rousseff o Ángela Merkel en el pasado, en el caso de los aliados. Algo que todos sospechan pero que la filtración ha dejado al desnudo.

Dicho esto, es indiscutible que, durante la guerra, la información clasificada que se libera puede ser utilizada por cualquiera de los bandos para lanzar ataques mortales. Pero en este caso, algunos de los “secretos”, como que tanto Ucrania como Rusia se están quedando sin municiones, ya se habían informado previamente en la prensa. Del mismo modo, los rusos sabían desde los albores de la guerra de Ucrania que los espías del Pentágono estaban leyendo sus correos electrónicos porque la administración Biden lo convirtió en una herramienta de diplomacia para informar al mundo que los planes militares “secretos” de Rusia tenían a Ucrania en la mira.

Las filtraciones pueden resultar desastrosas para Estados Unidos, Ucrania y sus aliados de la OTAN en la guerra. Pero hasta que eso se demuestre, lo que ya ha quedado a la vista es la incompetencia y el intento oficial de ponerlo bajo la alfombra. Aunque también podríamos pensar: una vez consumado el hecho, ¿Había otra salida? Tal vez no, por eso se aplicó lo que se llama la “estrategia de contención de daños”, poco amable con la libertad de expresión, pero indispensable para no incrementar el deterioro sufrido.

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